El final del terrorismo vasco

La huella que dejó ETA en Málaga

  • La disolución de la última banda terrorista de Europa deja un sabor agridulce en los supervivientes, que afirman que el Estado ya la anuló y piden que se cumplan las penas

Momento de la explosión del artefacto colocado en una arqueta de Puerto Marina, en agosto de 2008. Momento de la explosión del artefacto colocado en una arqueta de Puerto Marina, en agosto de 2008.

Momento de la explosión del artefacto colocado en una arqueta de Puerto Marina, en agosto de 2008. / MIGUE FERNÁNDEZ (Málaga)

La banda terrorista ETA ha cerrado una de las páginas más desoladoras de la historia de Euskadi, con un reguero de más de 800 víctimas durante sus 60 años de actividad, cerca de 300 asesinatos sin resolver y una disculpa selectiva a través de un comunicado. Los supervivientes que en Málaga  sufrieron el terror en primera persona asumen con escepticismo la disolución y critican que se pretenda poner el contador a cero pese a los crímenes, extorsiones y secuestros que han jalonado su trayectoria.

“No me creo nada de ellos. Es verdad que están abatidos, pero no porque sean muy buenos y quieran acabar con esto, sino porque las fuerzas de seguridad lo han conseguido. De democráticos no tienen nada. Son unos verdaderos asesinos”, asevera José María Gómez (PP), que habla con la dureza propia de alguien que se cruzó con la muerte y pudo salir ileso. ETA se empeñó en acabar con su vida. “Intentaron secuestrarme y no pudieron. Después, pusieron una bomba en mi coche y tuvimos la suerte de no cogerlo aquel día. Aparecimos en varias listas más. Había que quitar de en medio a José María Gómez, había que eliminarlo”, recuerda.

Pese a que la organización haya anunciado su final, ésta –denuncia– “no ha reconocido sus errores ni pedido perdón”. “No van en serio. Que empiecen por cantar sobre los 300 muertos que no se sabe quiénes son y paguen su culpa. A las víctimas no nos parece bien que acaben así porque ellos lo decidan. ¿Quiénes son para imponer su desaparición cuando existe la ley de estado? Hay delitos y penas que deben cumplir”, asevera el popular.

El 8 de septiembre se cumplirán 21 años desde que volviera a nacer, pero la banda ya arruinó aquel día su vida. Desde entonces reclama una indemnización que, subraya, le corresponde. “He tenido ya cuatro sentencias en contra. Yo no soy el etarra, vinieron a por mí. Hemos tenido que perder nuestro patrimonio para subsistir. Hay familias enfermas psicológicamente. Más vale que me hubieran cortado una pierna, estamos enterrados en vida”, apostilla.

En julio del año 2000, ETA volvía a sembrar el terror colocando una bomba lapa en el vehículo del que entonces era el secretario provincial del PSOE, José Asenjo. El fallido atentado se producía cuatro días después de la muerte a tiros del edil del PP José María Martín Carpena.

La banda deja atrás, en palabras de Asenjo, “un programa de devastación mortal y unas heridas sin curar”. “Basta con ver los homenajes que se hacen a los asesinos cuando cumplen condena y vuelven a sus pueblos. Los reciben como héroes”, se lamenta. Y ello evidencia “un síntoma de apología social”. “Lo trágico es que tanto sufrimiento haya sido en vano. No han conseguido sus objetivos. Han perdido, el Estado los ha anulado”, destaca.

También Celia Villalobos fue objetivo de ETA, que intentó, relata, acabar con ella en dos ocasiones. “Pusieron un coche bomba la noche anterior y, cuando fueron a conectarla, alguien le había robado –una pieza– y no me pudieron matar. La segunda vez fue el día en que me hicieron ministra de Sanidad”, detalla.

Según su testimonio, los etarras confesaron al ser detenidos que habían decidido “pegarle un tiro en la plaza del Obispo”, donde ella vivía. “Salía todos los sábados a las 8:00 a ver cómo había quedado la ciudad con los botellones. Juré el cargo un viernes pero por desgracia mataron a mi gran amigo Martín Carpena”, señala la diputada del PP. Todavía recuerda la llamada del ministro del Interior, que le advertía de que habían intentado asesinarla. “Recuerdo que salí del despacho para respirar, me tomé un café en calle Larios y pensé: ‘Se acabó’. Si vives con miedo, no vives. El miedo paraliza”, sentencia.

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