Málaga

El mar en su dominio

  • Entre los Baños del Carmen y el Arroyo Jaboneros Málaga es una sucesión azul de calas, chiringuitos y academias de idiomas con la burguesía decimonónica en el recuerdo

Una mujer baja por la calle Pepote en dirección al Lirio, menuda, gruesa, aspirante a la divinidad, con muchos años pero igual cantidad de determinación, melena rizada sospechosamente rubia, brazos abultados que atraviesan una masculina camiseta blanca y chanclas sucias de arena. Fuma con obsesión el resto último de una colilla mientras arrastra un carrito de la compra lleno de ropa. Tuerce después hacia la calle Bolivia y se encuentra en el cruce con otra mujer cortada por el mismo patrón, todos los turistas que abarrotan los chiringuitos en este mediodía caluroso palidecen a su lado. Y comienzan a hablarse, a gritos, con precisión mediterránea, a felicitarse por cierta onomástica, a reprocharse la ocasión en que una no llamó a la otra, a preguntarse por los hijos, son todos unos golfos, los nietos, más todavía, la ausente vecina en potencial discordia que completaría la Santísima Trinidad. Esto es Pedregalejo y el verano ya ha entrado a saco; la mayoría de la gente camina con cara de no ser de aquí, pero a tenor de encuentros como el descrito uno comprende que en este barrio sobrevive, aunque sea en la clandestinidad, una Málaga intacta, arcana, patrimonio de la tradición oral menos refinada y de la complicidad contraria a las formalidades vanas.

El enclave de pescadores que buena parte de la burguesía del siglo XIX que se instaló en el valle de los Galanes se empeñó en conservar como capricho antropológico estalla a veces en las miradas, las pieles morenas, los niños que circulan en bicicleta y sortean raudos a los amantes del pescaíto que han venido de lejos por el paseo marítimo. También en los artistas del espeto, los habitantes de las casas junto a la playa que fresquean en sus puertas, los hombres silenciosos que ocupan los bancos, capaces de no cruzar una sola palabra durante horas. Es otra paradoja de esta ciudad: en el estío más florido, cuando Pedregalejo se llena de elementos ajenos para su contraste, es más fácil adivinar en sus estrías los rastros inmaculados del pasado.

Este barrio es el mar. Tanto que algunos vecinos aseguran que Pedregalejo es sólo su paseo marítimo, incluso la arena, y que el resto es El Palo, o Málaga, da igual. Y lo cierto es que el Mediterráneo se revela aquí doméstico, entrañable, en el pequeño formato que acuñan las numerosas calas que conforman el paisaje. "Lo malo es que la playa siempre está sucia", se lamenta uno de los vecinos para el que no parece haber un septiembre, sentado en la puerta de su casa, delgadísimo y moreno para confundir respecto a su edad. "Es una pena porque a veces ya por la mañana hay una manta de nata; la imagen que se ofrece a los turistas es pésima".

No obstante, cuando el periodista pregunta a otros vecinos por los problemas del barrio la mayor parte se encogen de hombros o hacen referencia somera al mismo asunto. "No sé, se vive bien aquí, si es que nos dejan", responde una señora misteriosamente retocada con un crucifijo demasiado grande colgado al cuello. Uno no advierte sin embargo complacencia ni pasividad, sino otra emoción seguramente cercana a esa característica malagueña por la cual se determina que no merece la pena intentar cambiar lo que no puede ser cambiado. Esa sabia rendición previa al tiempo nació seguramente aquí. En el Hotel Cohiba todas las butacas de mimbre han sido ya ocupadas por amantes del pareo y los relojes caros que apuran sus cocktails y sus batidos sofisticados mientras miran a través de sus gafas oscuras. Justo en este recodo hay mucha gente en la playa y algunos bañistas, pero efectivamente el agua está sucia. Resulta más ilustrativo prestar atención a la gente que en las calles Jábega y Menita, y en el mismo paseo marítimo, simplemente no hace nada, o en los corrillos de jovencitas que celebran el fin de las clases con unos tanguitos en un escalón demasiado apretado para todas, o en los hombres de camisa abierta y pantalón corto que en El Cabra y en Maricuchi, donde corren ya las bandejas de frituras como alma que se lleva el diablo, discuten sobre fútbol en la barra mientras se resisten a terminar la segunda caña. Esta placidez horaciana, por la que Fray Luis de León habría entregado a las llamas su Oda a la vida retirada, ha inspirado e inspira a no pocos poetas y músicos. Si se le pregunta a cualquiera con pinta de vivir aquí por La Mari de Chambao te jura y perjura que la conoce desde chiquitilla y, sobre todo si es del género femenino y de la misma quinta, que jugaba con ella al elástico. De toda la vida.

Es hora, por qué no, de viajar a la frontera y visitar los Baños del Carmen. Uno se sienta en la admirable y ruinosa terraza, con esas columnas que acentúan su milenaria disposición costera, y de repente comienza a escuchar pulcros acentos castellanos por todas partes. Los ocupantes de las otras mesas, arropados por sus toallas y algún polo de Lacoste, demuestran un manejo proverbial de las eses líquidas y hasta de la más correcta pronunciación del participio, como si nunca hubieran salido de Valladolid. Todos los camareros son magrebíes y muy amables. Para una cocacola light, el servicio es óptimo. Y mientras el oleaje rebasa generoso los límites del maltrecho dique para alegría de la chiquillada allí reunida, uno se deja embargar por la melancolía de algunas noches que ocurrieron, en las que hubo música, posiblemente hasta cine. Citar aquí cualquier referencia a un plan de recuperación significaría recurrir más al cinismo que a la ironía, pero hay que admitir necesariamente que reivindicar este sitio y luchar para que en el futuro vuelva a brillar sin perder un ápice de su esencia es una de las mejores tareas a las que cabe dedicarse en Málaga hoy día.

En la arena de la playa de las Acacias se disponen las jábegas, en las que los niños juegan a ser capitanes dignos de Julio Verne. Al pasar por la hamburguesería Mafalda uno recuerda ciertas noches de pandilla, pero en Miguelito el Cariñoso el ambiente es de nuevo familiar. Tierra adentro, entre la calle Bolivia y la avenida Juan Sebastián Elcano, las academias de idiomas y los institutos internacionales compiten en las aceras con las mansiones acaudaladas y los preciosos jardines. El antiguo local del Bobby Logan es otro argumento para la memoria, que delata que Pedregalejo fue, allá por los 80, destino proverbial de salida nocturna en plena competencia con el centro, aunque aquí terminaron retirándose los puretas que se resistían al perentorio compromiso familiar. En la calle Juan Valera se pueden encontrar numerosos testimonios de aquella burguesía pujante que sometió a la ciudad al empuje industrial que tanto disgustó a Rubén Darío, palacetes de torres y vidrieras, algunos visibles para curiosidad de los peatones, otros sustraídos tras diversas vallas y murallas. Hay fachadas en las que uno podría recrearse días enteros. Pero entre el mar y el sol, Pedregalejo es la prueba más evidente de que Málaga es una ciudad excelente para no hacer nada, lo que algunas filosofías orientales reclaman como primer motor del mundo. Algo cambiará desde aquí.

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