calle larios

Lo que no mata, engorda

  • El acoso y derribo contra el Estado del bienestar continúa con algunos apuntes originales

  • Con los sueldos estancados y los precios por las nubes, ahora podemos comer insectos

  • Todo encaja

Pues a lo mejor de uno de éstos salen unos callos como para mojar pan, oiga. Pues a lo mejor de uno de éstos salen unos callos como para mojar pan, oiga.

Pues a lo mejor de uno de éstos salen unos callos como para mojar pan, oiga. / m. h.

Pues sí, resulta que en el Carrefour Los Patios, tal y como contaba en estas páginas hace unos días mi compañero Carlos Pajariño, además de los tomates, los yogures, los calabacines y la rica variedad de galletitas de chocolate, el cliente puede echar al carrito grillos y gusanos, convenientemente sazonados y aderezados para su ingreso directo en el coleto. No hace mucho aprobó el Gobierno la normativa que permite la comercialización directa y en grandes superficies de estos productos y allá que se han lanzado los pioneros a ponerlos al alcance, convencidos de la existencia de una masa potencial de consumidores adscritos a los nuevos modos de alimentación y singularmente interesados en apuntarse. De hecho, los bichos salen a la venta en clave gourmet y con precios en consecuencia: la cajita con quince gramos de carne de grillo cuesta siete euros, lo que pone el kilo a quinientos del ala. Los gusanos salen algo más económicos, a siete euros los dieciocho gramos; pero cabe la posibilidad de adquirir unas barritas con grillo espolvoreado a dos pavos la unidad, por si alguien quiere matar el gusanillo (con perdón) sin dejarse el salario. Con semejante margen de beneficio, intuyo que a partir de ahora más de cuatro irán al monte a pillar algo más que espárragos; pero es precisamente esta tasación la que contribuye a fijar la imagen del insecto como alimento de alta calidad, en plan delicatessen. La tendencia a favor de su degustación se extiende a la velocidad del rayo fuera de Asia mientras sus defensores recuerdan que grillos y gusanos aportan al organismo vitaminas, hierro y nutrientes como el Omega 3. Un servidor todavía se resiste a meterse un caracol en la boca por muy bueno que esté el caldillo (por cierto, resulta significativa la escasa penetración del consumo de moluscos gasterópodos en Málaga; los fans todavía están a tiempo de dar una escapada al quiosco de Los Patos en Córdoba y ponerse púos), así que lo de los insectos ni lo contemplo. Para el Omega 3 prefiero las sardinas. Eso sí, los devoradores de tan exóticas chucherías merecen todo mi respeto y consideración. Lo que pasa es que resulta difícil desvincular la tendencia de marras y el canto de sus bondades gastronómicas de la coyuntura socioeconómica del presente, marcada a fuego por el acoso y derribo del Estado del bienestar (por cierto, les recomiendo encarecidamente la lectura del ensayo Abajo el sistema, altamente ilustrativo al respecto, que acaba de publicar el escritor malagueño Álvaro Campos). Mi sospecha es la siguiente: mientras nosotros comemos los grillos del cortijo convencidos de que vamos en la cresta de la ola, alguien, en otra parte, se acaba el jamón.

Es un poco como aquel reportaje que publicó cierto medio de poderosa influencia sobre la tendencia urbanita de consumir potitos para bebés. Sus promotores defienden que los potitos son sabrosos y alimentan. Pero todos sabemos que la alimentación que aporta un potito es insuficiente para un adulto. Lo que pasa es que si disfrazamos la carestía, la desnutrición, los sueldos estancados, los precios por las nubes y la pobreza pura y dura de trending topic entra más fácil. Ahora, los defensores del consumo de insectos recuerdan que grillos, hormigas y cucarachas formaban parte de la dieta natural de nuestros antepasados prehistóricos; pero éstos también se consumían entre ellos, así que a ver cómo colamos el canibalismo en Masterchef para hacerlo chachipiruli (esto me recuerda a aquella película de Charlon Heston tan premonitoria, Cuando el destino nos alcance). Desde entonces, ha sido el progresivo abandono de los insectos a favor de los cultivos de frutas y verduras y carnes ricas en proteínas el que ha garantizado el desarrollo de la especie. En este contexto, ¿cuándo comen insectos los seres humanos? Exacto: cuando no hay otra cosa. Contaba mi padre que en la época de la hambre, en la calle Granada, no sólo desaparecían misteriosamente los gatos, sino prácticamente cualquier bicho viviente que anduviera descuidado. Y en aquellos mismos años había que ver de qué echaban mano en el campo cuando pasaban los días sin otra cosa a la que hincar el diente. Es verdad que en China se devoran grillos a punta pala, pero también que el consumo de jamón ibérico crece en China a paso de gigante: cuando los chinos puedan escoger entre una cosa y otra, adivinen qué preferirán (los chinos, sorpresa, son tan listos y tan tontos como otros cualesquiera). Aquí, mientras, regresamos a la posguerra molona y pagamos por ello un ojo de la cara. Aleluya.

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