Málaga

El pulmón verde ganado al mar

  • La ampliación del puerto de Málaga a finales del siglo XIX, que impulsó el político malagueño Cánovas del Castillo, costó 6 millones de pesetas y permitió construir el Parque de Málaga

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El auge que experimentó el tránsito marítimo de Málaga en la primera mitad del siglo XIX durante la etapa de desarrollo económico liderado por empresarios como Larios, Heredia o Loring hacía patente la necesidad de su reforma mucho antes de que se planteara. Fue el entonces presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo, quien impulsó un ambicioso proyecto para ampliar el recinto portuario y conformar la estructura moderna que ha conservado hasta la actualidad.

La idea visionaria del político malagueño se convirtió en una realidad gracias al proyecto que el ingeniero Rafael Yagüe terminó en el año 1876. Su propuesta incluía el diseño de un puerto amplio que contemplaba la construcción de los muelles 1 y 2 tras una compleja obra para la época que hacía necesario ganarle al mar unos 150 metros de longitud. Todo un reto. Sólo había un inconveniente: la financiación. Unos 6 millones de las pesetas de entonces que obligaba a vender parte de esos terrenos conseguidos al rebajar la línea de muelle.

El escollo parecía solucionado cuando sobrevino una grave crisis que únicamente se pudo salvar gracias a que el Estado adelantó el dinero necesario a la entonces Junta de Obras del Puerto para que pudiera terminar la obra. Ese último empujón al proyecto por parte de Cánovas del Castillo evitó que hubiera que vender los terrenos ganados al mar y que fueran regalados a la ciudad para construir el que hoy es uno de los jardines de flora subtropical más importantes de toda Europa. Fue, según el ingeniero técnico industrial y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, Manuel Olmedo Checa, “el mayor cañonazo urbanístico de la época” en el que se trataba de aprovechar una superficie de 900 metros de largo por cien de ancho.

Pero aunque la plantación del parque comenzó en 1899, el terreno se había empezado a rellenar veinte años antes con los restos del derribo que se llevó  a cabo de las casas de la falda sur de la Alcazaba y los acarreos que se extrajeron tras el dragado del cauce del río Guadalmedina. Para construir las escolleras de los nuevos diques del puerto se utilizó, en cambio, el material procedente del monte de El Morlaco que tuvo que ser llevado en barcazas hasta el puerto y más tarde por tierra desde la cantera de Almellones, en el barrio de El Palo.

La ciudad recibía esta majestuosa obra por parte del Estado el 2 de agosto de 1897 y, paradojas de la vida, justo seis después el que fuera su mayor impulsor murió asesinado a manos de un anarquista italiano cuando veraneaba en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda.  Varias remodelaciones más le siguieron hasta que hace varios años comenzó un ambicioso plan para mejorar el puerto tras dos décadas de continuados retrasos.

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