Mi reino por un clínex: memoria de la bacanal
Parecía que el fragor iba a reducirse un tanto ayer en el Centro, pero llegaron refuerzos a última hora Y por la noche en el Real, la distinción entre el ambiente familiar y el juvenil no siempre hace honor a la verdad
UNO de los argumentos a los que suelen recurrir los feriantes de pro para cantar la singularidad tradicional de la fiesta tiene que ver con los biznagueros: aquí van estos hombres, con su fajín rojo, ofreciendo a las damas la fragancia de tan floral y por tanto efímero ornamento, plantando cara a las hordas enfervorizadas por la melopea para mantener intacto el frescor de sus mercancías. Y sí, el biznaguero es un elemento muy malagueño. Cuando encuentro uno por la calle (y que conste que soy de los que suelen comprar para su señora), casi imagino a su lado a un cenachero pregonando sus boquerones, y hasta al Piyayo recordando que las espinitas también se comen. Cosas, en fin, de la memoria sentimental y de lo que las abuelas se empeñaban en contarle a uno. Lo cierto es que a esas horas en que la calle Santa María huele ya como un búfalo matado a pellizcos, el paso de un biznaguero brinda una oportunidad de oro para olfatear aunque sea fugazmente la jazminería y burlar así el cáustico tronar de la vinagreta. Sin embargo, por más que a algunos les duela, conviene recordar que la biznaga no es un invento exclusivamente malagueño. Cuando viajé a Túnez hace unos años me llamó la atención que allí también se reunían así los jazmines, mediante el mismo procedimiento, aunque en conjuntos menos abultados, como una versión mini de nuestras biznagas. Los destinatarios de las mismas, curiosamente, no son las mujeres, sino los varones, y éstos las llevas sostenidas en la oreja (sí, igual que el carpintero se pone el lápiz) en virtud de un código semiótico de sencilla traducción lanzado a las mujeres (o a quien quiera darse por enterado): si el presunto lleva los jazmines en la oreja derecha, es que está soltero; pero, si los lleva en la izquierda, significa que está casado, o al menos prometido. Pero no crean, los jóvenes feriantes malagueños saben ser igual de sutiles: muchos de ellos ya dan cuenta en sus explícitas camisetas de cuál es su postura favorita, y con eso se ahorran algunos trámites. El macho alfa de la Feria es, en su deriva judeocristiana, de pocas palabras. No necesita explicarse porque espera que la parienta lo entienda sin necesidad de abrir la boca. Visto en el escaparate que ofrece la calle Larios, sorprende, sin embargo, su empeño en desplazarse en manada, tanto para importunar a quien se le cruce por delante (especialmente si es del sexo opuesto: ayer mismo, en la calle San Juan, una murga de seis o siete merodeadores descamisados daba pelos y señales de sus intenciones, no precisamente galantes, a un trío de señoritas que se limitó a seguir dándole al rebujito antes de perderse en dirección a Félix Sáenz). Se percibe, no obstante, que en estos rituales de galanteo el varón todavía demuestra algunos signos de visibles de sobriedad. Para cuando el alcohol ha terminado de surtir sus efectos, idos al fin los pesados de Limasa a otra parte, la confusión respecto a los sexos es mayúscula: todo el mundo, sea hidalgo o doncella, se limita a hacer lo que puede, como si las gónadas y los hipotálamos también confundieran sus funciones. El retablo que a partir de la tarde dejan la plaza de Uncibay y la del Siglo, por ejemplo, merecería ser pintado por El Bosco o Brueghel El Viejo. Una vecina de la calle Compañía que soporta con un estoicismo digno de Marco Aurelio estos días me dice que cada jornada, a eso de las siete de la mañana, los afectados de la cogorza de la noche anterior se dirigen a la vía como guiados por un misterioso impulso, tal vez la pía atracción que ejerce en sus mermadas conciencias la iglesia del Sagrado Corazón, y se ponen a dar tumbos, a un lado y a otro, salidos de una película de George A. Romero, demasiado tarde para buscar otra botella, demasiado temprano para pedir un café. Una cosa es segura: los amantes de las cuestiones esotéricas y parapsicológicas deberían buscar psicofonías en el Centro de Málaga cuando acabe todo este tiquitaca. El número de almas en pena que dejará, seguro, la contienda, llegará a enternecer el corazón de John Milton.
Tradicionalmente, la Feria de Málaga relaja un tanto sus fuegos fratricidas los jueves por aquello de que los acólitos deciden darse un respiro para terminar de quemar las naves el fin de semana. Y ayer, de hecho, al mediodía, parecía que ésa iba a ser la tónica: a las 13:00 todavía se podía tomar uno un café o una cerveza con tranquilidad en la mayor parte de los bares del Centro. Sin embargo, todo formaba parte de la más fútil ilusión y un par de horas después la bacanal volvió a convertirse en lo que viene siendo desde el sábado. Uno no se explica cómo ya a las 16:00 había una pandilla de bacines celebrando una despedida de soltero en Beatas atizándose unos a otros con las botellas vacías de Cartojal y con serios problemas para mantenerse en pie, pero así era. Y, hablando de pies, como es costumbre el río de detritus orgánicos (los practicantes de la micción urbana volvieron a hacer de las suyas cerquita del Teatro Cervantes; cualquier día consagran la disciplina como deporte nacional o intervención artística) que corre invariablemente por la calle Calderería, especialmente después del baldeo de Limasa, volvió a cundir ayer con los mismos caudales. Una jovencita con camiseta de Stradivarius y peineta de cartón tuvo el escaso acierto de bajar a la Feria del Centro en sandalias, y claro, no sólo tuvo que prestar toda su atención para no cortarse con los restos de las botellas destrozadas que cundían por la misma calle, sino que, irremediablemente, sus pies se contagiaron de la apestosa marea. La muchacha indagó en su bolso y descubrió, consternada, que no llevaba nada con qué limpiarse. Entonces pidió un clínex a sus compañeros, casi todos maromos de luces cortas, y éstos respondieron riéndose con estertores o mirando para otro lado. El berrinche que pilló la chica, claro, fue mayúsculo: en los bares que quedaban a mano parecían haberse agotado las servilletas. Al final, la víctima decidió aliarse con el verdugo y dar por buena su penitencia. Al cabo, es un problema de alquimia: si negamos que una sustancia sea tal, posiblemente termine convirtiéndose en otra. En resumen: los entusiasta siguieron bebiendo hasta que sus cuerpos aguantaron, el Centro se quedó hecho unos zorros y quienes consideran que se puede presumir de ello lo hicieron. Vaya que sí.
En el Real, caída ya la noche, el territorio de la especulación que es la Feria también se hace notar. Las fronteras que presuntamente delimitan la zona de la juventud de la familiar son más permeables de lo que el Ayuntamiento promueve, y a veces ni siquiera existe. Ciertas casetas de la zona familiar montan unas rave de aúpa allí donde uno espera encontrar un sitio idóneo para dar con una ración de jamón y queso. Y también por las áreas de los carricoches campan por sus anchas, bastante más temprano de lo razonable, escuadrones de malapartes dispuestos a estrujar el condimento de los mojitos y a meterse con cualquiera que se cruce en su camino. Pero, ¿qué sería, acaso, una Feria bien ordenada, previsible, cómoda y eficaz? Algo muy distinto a una Feria. O, mejor, a esta Feria. Pero ya queda menos.
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