La rueda de la vida: antes y después de Toledo
Discapacidad
Casi 2.000 personas al año quedan en silla de ruedas y todos pasan por Toledo l Todos los años viajo a Toledo, cuna de una nueva vida l Una ciudad donde las familias vagan fuera del horario de visitas buscando en la cara de un doctor que no conocen una sonrisa que les dé esperanza
HASTA los nativos olvidan su lengua de origen si no la practican. Uno se cambia de ciudad y con el tiempo acaba recitando refranes o dichos populares que acreditan una verdad encubierta: que uno es de donde reside.
Claro que con volver un rato a la ciudad de origen, también nos hacemos fieles defensores de un patriotismo resurgido, que carece de otros motivos que no sean los sentimientos.
Y son esos sentimientos los que mueven realmente las cosas, los que defienden a capa y espada nuestras creencias, las convicciones propias, que toman fuerza cuando se defienden con sentimientos esas raíces que tan a menudo olvidamos.
Jamás deberíamos olvidar de donde venimos, quienes somos, qué hacemos y, lo que quizás es más importante, jamás podemos olvidar por qué lo hacemos. Y reconozco que a veces lo olvido.
Pero como cada mayo, con el fin de las lluvias, con los primeros calores y síntomas de bochorno veraniego, hago una visita a Toledo.
Una ciudad llena de castillos, murallas, de brujas escondidas en rincones reconquistados por caballeros defensores de un cristianismo totalitario, que con la bandera de la pureza, destruyó miles de encantos, lapidó cientos de historias que pudieron ser y que hoy sólo son leyendas de esta ciudad embrujada.
Y un malagueño de nacimiento, como el que escribe, encuentra como cuna de su nueva vida esta ciudad.
Una ciudad donde miles de familias vagan por los rincones en horarios fuera de visita, buscando brujas que les cuenten que las leyendas pueden ser verdad, que les cuenten que soñar es gratuito, y buscando en la pureza del cristianismo, la explicación de los dogmas. Necesitando la fe más que nunca y entre plegaria y plegaria, con las manos bien apretadas, buscan en la cara de un doctor que no conocen una sonrisa que les dé esperanza ante lo que ven y no quieren ni pueden entender.
Cuentan que el acero toledano podía sesgar los materiales más duros con una facilidad asombrosa, y podemos dar fe de ello. Y el acero, como todo en la vida, evoluciona, se ha reconvertido para sobrevivir, como muchos hicieron hace tiempo, ocultando sus creencias bajo el manto de una repentina fe cristiana.
Esas hojas afiladas se han unido mediante tornillos y engranajes que han limado sus afilados bordes, se han convertido en mecanismos que han incorporados partes móviles, pero guardan su capacidad para herir. He aquí, que en este entorno inaccesible a primera vista, se encuentra el Hospital de Parapléjicos de Toledo. Donde las brujas no han de esconderse, donde los conversos somos todos, donde los artesanos del acero, hacen su agosto.
Sí, para un malagueño de nacimiento, volver a Toledo de vez en cuando, es recordar por que luchó, es saber que merece la pena. Es recordar que cualquier tiempo pasado no tiene por qué ser mejor. Es, después de todo, sentirme inferior ante tanto luchador por la vida.
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