La expansión de las autocaravanas transforma Sacaba en un asentamiento estable: “Cada vez somos más los que vivimos aquí”
Medio centenar de vehículos con familias permanecen en el aparcamiento en el terreno, de titularidad privada
El herido por arma de fuego junto al Martín Carpena se disparó de forma accidental y acabó detenido
Sacaba despierta lentamente. Algunos de sus inquilinos viven desde hace 14 años en una de las más de 50 caravanas que se vislumbran. No llegaron de paso ni para un verano ni tampoco para un fin de semana largo. Se asentaron cuando el solar junto al mar aún estaba casi deshabitado y han sido testigos de cómo, con el paso del tiempo, estos vehículos se han multiplicado hasta convertir el enclave en algo parecido a un poblado. Hoy, en un espacio privilegiado entre la playa, el río y el estadio Martín Carpena, conviven quienes han hecho del nomadismo una elección y los que han hallado en cuatro ruedas la última salida ante la falta de vivienda. “Aquí cada vez somos más”, reconoce uno de los residentes en declaraciones a Málaga Hoy.
Son las 12:20. El cielo aparece limpio, despejado, como si quisiera borrar el recuerdo de las noches previas pasadas por agua y tormentas. El sol cae sin estridencias sobre Sacaba. La calma engaña. Aquí, donde el azul del Mediterráneo se mezcla con el verde del paraje natural y el gris del asfalto, se acumulan decenas de historias. Tantas como personas que han acabado sobreviviendo en una caravana. Algunas por decisión propia, otras por mera necesidad. Todas comparten un mismo escenario: un enclave, de titularidad privada, junto a la playa que se reparten entre turistas de fin de semana y vecinos sin casa.
Sacaba Beach, el solar de los antiguos terrenos de Butano y el entorno del Carpena concentra buena parte de las autocaravanas desde que se prohibió pernoctar en el aparcamiento del recinto deportivo. El descampado que quedó baldío tras el desmantelamiento de los depósitos de gas en 2007 ha vuelto a convertirse en uno de los grandes polos en Málaga. Un paseo intuye que se cuentan por decenas. Manuel, uno de sus inquilinos, atiende a este periódico mientras fuma un pitillo junto a una hoguera improvisada. El fuego combate el frío y también espanta el silencio. Su piel curtida habla de una vida difícil. Frente a su caravana, un andador, una silla de oficina y varias sábanas sujetas con cuerdas forman una barrera para protegerse de robos. “Aquí no estamos de paso, Esta es nuestra casa desde hace seis meses”, sentencia.
Llegó, junto a su mujer y sus dos hijos, después de un largo periplo. “Venimos de La Corta. Allí nos habíamos liado a tiros. Estuvimos por la zona de la feria y Sacaba ha sido la última parada. Dormimos bien. He puesto chapones y lo he apañado yo. Tenemos más de 3 metros de cama para nosotros cuatro. Ni entra agua ni pasamos frío”, describe orgulloso.
Son pensionistas, con discapacidad reconocida. En su caso, aquejado de un cáncer de piel. “Mi hijo tiene un 75% de minusvalía, yo un 71 y el otro un 65”, afirma. Están a la espera una vivienda de protección oficial en la barriada de Soliva. “Hasta que no nos la den, de aquí no nos movemos”, advierte.
La vida diaria se organiza como dictan las circunstancias. Cocinan con hornilla y bombona: “Hoy mi mujer ha hecho lentejas”. Para ducharse y lavar la ropa, dependen de familiares. “Voy a casa de mis hijas. La ropa la lavo allí y me la traigo para tenderla aquí”, explica Manuel.
"Hay gente mafiosa en busca y captura"
Fuera, la Policía le insta con relativa frecuencia a que retiren sus enseres. “Nos dejan la caravana, una mesa y cuatro sillas. Las sábanas con las que cubro la caravana me sirven para que no me roben los platos y las cosas”, argumenta. La inseguridad –reconoce– es una sombra constante. “Aquí hay quien duerme con una pistola. Se vive bien, aunque no te puedes fiar; hay gente mafiosa en busca y captura”, precisa. Duermen con la ventana abierta y, si escuchan un ruido, coge las esposas “y le cortan el rollo a quien sea. Hace dos meses “pegaron cuatro tiros a uno en el espigón”. ¿Susto? “Ninguno”.
–Y usted, ¿ha tenido problemas con la Justicia?– Sí, y grandes. Hace 20 años, por un atraco de 9 millones en una sucursal. No entré en la cárcel porque la jueza me perdonó después de llegar al Supremo. Los dos a los que amarré declararon que no les hice daño;sólo se asustaron porque entré con una pistola”, relata. Una vecina, asomada desde un balcón, lo delató.
Manuel asegura que ya se ha reformado. Y ensalza el orden que en Sacaba él y su familia tratan de mantener: “Mi mujer es muy limpia. No tiramos ni colillas al suelo”. Y subraya la convivencia con los foráneos: “Nos llevamos bien. Ellos vienen a disfrutar y nosotros a sobrevivir”.
Para completar sus ingresos, Manuel sale a buscar chatarra. “Limpiamos locales y almacenes. Cogemos lo que valga dinero y lo vendemos en La Palmilla. Ganamos 40, 50 ò 60 euros al día”.
José tiene 38 años y vive en Sacaba desde el solsticio de verano. Antes estuvo en Torremolinos. “Todo está carísimo”, resume. Compartía piso, pero acabó cansado. “Yo pagaba y los demás no. Era una ruina”, reconoce. La caravana, dice, es su única opción. Vive sin luz fija. “Tengo una placa solar, aunque sale poco el sol. Aquí hace mucho frío y las ventanas no aíslan como una casa”, relata. Trabaja cuidando a una señora mayor cuatro horas.
Antes, reflexiona, había más familias asentadas. “Con el viento y el río, muchos se asustaron y se fueron”, recuerda. Él sigue reclamando una solución a la vivienda: “No puede ser que la gente moleste en todas partes. ¿Dónde se va entonces? Me compré la caravana para un año y ya llevo tres viviendo en ella”. Su propuesta es clara: “Un terreno con normas, controlado y vigilado. El 90% de la gente aquí es buena. El problema es ese 10%”.
Vivir en seis metros cuadrados
Silvio, 54 años, barba gris y gafas azules, abre a este periódico la puerta de su casa, de apenas seis metros cuadrados. De lo alto cuelga un llavero con la S de Superman. Una manta hace las veces de de cortina. Dentro, orden y menaje justo. “Esto es una elección de vida”, explica. Él trabaja como repartidor, ella está jubilada. “Tenemos dos hijos ya independizados y preferimos esto a una casa”, manifiesta.
Llegaron desde Argentina hace 25 años. “Nos pasamos la vida trabajando. Ahora queremos conocer mundo”, asegura, si bien reconoce las sombras de Sacaba: “Aquí hay gente con problemas de alcohol y drogas. Es como un barrio bajo”.
Sobre el crecimiento del fenómeno, no duda: “Cada año hay más vehículos. Antes en invierno no se veía esto”. Entre semana y fines de semana, el paisaje se transforma. Llegan turistas en caravanas de alta gama. “Venimos desde hace dos años” –cuenta una pareja–. “La convivencia es estupenda. Aquí te llevas mejor con la gente que con tu familia”.
A la preocupación urbanística y social se añade la visión de las fuerzas de seguridad, que observan con inquietud la consolidación del asentamiento: “Aquello es un pueblo”. Y advierten de la dificultad de control. “Allí podría esconderse cualquier malo, es un poblado ilegal en toda regla”, señalan fuentes policiales. La acumulación de vehículos, muchos de ellos fijos desde hace años, ha generado una estructura que va más allá del estacionamiento puntual. “Dudo que exista un censo real de las personas que hay allí”.
La normativa distingue entre autocaravanas y caravanas con remolque. Pueden estacionar libremente, siempre que no desplieguen toldos, mesas, sillas u otro mobiliario. Es decir, pueden aparcar, pero no instalarse.
El responsable del distrito de Carretera de Cádiz, Francisco Pomares, explica que el principal foco del problema en Sacaba está en que se trata de parcela privada. “Al ser privado, no se les puede prohibir la entrada salvo que cometan una ilegalidad”. Urbanismo negocia para que el suelo pase a ser municipal. “Lo primero será sacar de ahí las caravanas”, anuncia. Mientras tanto, el margen de actuación es limitado. “Si el propietario del terreno no denuncia, la Policía solo puede intervenir en caso de delito”. Lo hace para evitar que pernocten menores.
El Ayuntamiento tuvo que ordenar el año pasado el desalojo de todos los vecinos, coincidiendo con la primera alerta roja por fuertes lluvias. “Se habló con ellos y se fueron. Luego volvieron. Los que sacamos del entorno del Martín Carpena se han ido al parking abierto de Carrefour o a Sacaba”, recuerda Pomares. En Torremolinos, otro enclave se suma al mapa: Los Álamos, un gran aparcamiento que actúa como frontera informal entre la capital y el municipio vecino. Un espacio repleto de caravanas que linda, paradójicamente, con promociones residenciales de gran lujo.
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