La Cañeta y José Salazar, la pareja flamenca que cantó y bailó hasta los 84 años

La cantaora y bailaora de El Perchel y el cantaor de fandangos, que actuaron en Nueva York, Japón y Latinoamérica, han tenido dos tablaos en Puerto Banús, donde bailó Liza Minelli

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José Salazar y La Cañeta
José Salazar y La Cañeta / Archivo Personal

“La Cañeta y yo nos casamos en Málaga. El torero Gitanillo de Triana nos prestó dos mil pesetas; compré una garrafa de vino, nos fuimos a una casa de vecinos y empezamos a cantar. Yo tenía una camisita, que los gitanos me rompieron cuando me escucharon cantar”, recuerda José Salazar, marido y pareja artística de María Teresa Sánchez Campos, La Cañeta de Málaga. Están próximos a cumplir los noventa años. Actuaron juntos hasta hace seis años. José sube las escaleras hasta la primera planta del bloque de pisos, donde le espera su mujer, que ahora pasa gran tiempo en cama.

Lo poquito que aprendí, lo aprendí de la vida. Mi padre era un tratante gitano, iba a todas las ferias y tenía hijos en cada sitio.Yo nací en Madrid, de chiquitito me llevaron a Huelva, ni siquiera me apuntaron en el registro civil, lo hice ya de mayor, con veinte años, cuando volví a Madrid. Desde los cinco años ya cantaba en las tabernas, porque no había qué comer. No teníamos nada, dormíamos detrás de las paredes, poniendo una manta. Éramos cinco hermanos, yo el más chico. No pude ir a la escuela porque si iba al colegio, en mi casa no se comía. Nos buscábamos la vida en el cante. Mi hermano, Manuel, se fue con una troupe; mi hermana Margarita, también cantaba, pero no como profesional. Me quedé en Huelva, cantaba fandangos con Paco Isidro y Antonio Rengel.

La Cañeta y José Salazar, homenaje en 2018
La Cañeta y José Salazar, homenaje en 2018 / Miguelón

En Madrid, empecé trabajando con Concha Piquer. A mi madre le mandaba dinero para comer y a los amigotes yo les compraba las gabardinas y los pantalones. En Huelva me daban tres duros, mientras que en Madrid cobraba 25.

¬Hay un chaval que canta muy bien, le hablaron de mí a Gitanillo de Triana y Pastora Imperio, que eran los dueños del tablao El Duende de Madrid. Me escucharon y me quedé allí. Ahí conocí a La Cañeta. Su madre era La Pirula, cantaora de El Perchel; donde ella se crió con la Repompa, La Quica, Pepito de Málaga, El Duende y Carrete, éste todavía baila, aunque lo que más hace es hablar.

La Cañeta solo bailaba, escuché su voz flamenca, y ya de novios, le dije: ¿por qué no coges temas de Julio Iglesias, de Los Brincos y de los mexicanos?. Empezó a cantar y se hizo imprescindible en El Duende. Mientras, yo le cantaba a la bailaora Maleni Loreto, que estaba casada con el torero Julio Aparicio.

La Cañeta, como artista, era diferente a todo. Los compañeros, cuando la escuchaban cantar, temblaban, por las facultades que tenía su voz flamenca y sus piernas. Me enfadaba con ella, le pedía que no hiciera actuaciones tan largas, que reservara sus facultades. Yo sabía cortar, pero ella no, lo daba todo. A veces se pasaba 45 minutos cantando y bailando, es lo más difícil que vi. Cuando se lo recordaba, me ponía como un trapo. Delante del público me decía: siéntate mariquita. Me sentaba, y la gente se echaba a reír.

Yo tenía una exclusiva con la discográfica Zafiro y quería que le dieran esa posibilidad a La Cañeta. Hablé con Marisol y Miguel de los Reyes, la llevaron y ha grabado catorce discos. Yo también grabé con Antonio Mairena. Hemos actuado con Antonio Gades, con Juanita Reina y Lola Flores.

En Madrid nos salieron contratos para Nueva York, Francia, Alemania, Japón, Argentina, Colombia y Ecuador. En Nueva York, estuvimos con Manuela Vargas, Naranjito, Fosforito, El Lebrijano, Juan Amaya, Juan Habichuela, el guitarrista poeta, lo pasamos de miedo. Después de 55 días Antonio Gades me pidió que me quedara seis meses. Pasado ese tiempo me dijo: “nos vamos a Puerto Rico”. Yo le dije: me voy a España, que estoy harto de América. No me gustaba porque siempre había muchas mujeres que se enamoraban de nosotros y eso siempre era un peligro. Una vez me quedé solo en el cuarto que compartía con Fosforito y El Habichuela, encendí lo que creí que era el aire acondicionado pero era el gas y me quedé dormido. Menos mal que volvieron a tiempo y me despertaron, casi me asfixio.

La Cañeta en Japón
La Cañeta en Japón / Archivo Personal

En Japón, en el patio de butacas un japonés me dijo: “tú eres José Chá, eres de tal sitio, has ganado un premio en Córdoba con Fosforito”. Me quedé pensando cómo sabe mi vida.

¬¿Tú quieres grabar?. me preguntó. Así grabé tres discos en Japón, Mairena ya había grabado antes, nos tiramos un año allí. La Cañeta iba a la plaza y el japonés nos traducía. Le invitábamos a comer y nos entendíamos como podíamos.

En las giras de Nueva York o Japón, no nos pagaban mucho, entre mi mujer y yo ganábamos 700 dólares. El dinero nunca me ha preocupado sino mi cante y mi trabajo. El nombre no me interesaba, solo ser buena gente, que me salieran bien las cosas y ser feliz. Nunca le dí importancia ni a los premios que gané [en el Concurso Nacional de Cante Flamenco de Córdoba en 1956], el segundo por soleá, el primero fue para Fosforito, y uno especial por hacer fandangos de Lucena (Córdoba), que casi nadie los conocía, yo los aprendí de Paco Isidro.

En los años sesenta, España era una feria. Aunque pasábamos mucho tiempo cantando, estábamos trabajando en los tablaos de Madrid, íbamos con Gitanillo de Triana a las fiestas que Ignacio Coca daba en Madrid, a las que venían muchos artistas como Bambino, Terremoto, los hermanos Reyes o Rocío Jurado. En El Duende, los gitanos catalanes, entre los que estaba Peret, comenzaron allí a tocar rumba. Había muchas fiestas de la aristocracia.

Inauguración del tablao Los Corales en Puerto Banús
Inauguración del tablao Los Corales en Puerto Banús / Archivo Personal

A veces, los señores, los marqueses, se enamoraban de uno. En Madrid, un marqués me dijo: no te voy a pagar ahora, te pago mañana en el hotel Wellington, donde paraban los toreros, para vestirse antes de las corridas en Las Ventas.

¬ Sube a la habitación, me dijo.

¬ A la habitación no subo; a mí, tú me pagas aquí, le contesté.

Siempre éramos criados, pero gracias a ellos vivimos porque nos daban de comer. ¡Como vivían!. Hasta que empezó la libertad, solo vivían ellos. Te trataban bien, siempre que tú le hablaras a ellos como un señorito: don fulano, don Mengano. Lo mismo el criado, que el que le guardaba los caballos o el cocinero. Todos: sí señor, como si fuera un coronel.

La cocaína la trajeron los grandes. No la trajeron los chicos, los muertos de hambre, por eso las fiestas duraban lo que duraban. A las ocho de la mañana el señorito estaba fresco, todos frescos, y nosotros allí, matados, a cantar.

Los cantaores principales, Manolo Caracol y Antonio Mairena, se llevaban muy mal, se peleaban, no se podían ver. Caracol le decía muchas cosas, y Mairena no le hacía caso, lo ponía de mariquita. Nosotros no tomábamos parte. Con Lola Flores fuimos al Marruecos francés, y caí malo. Lola le dijo al Pescaílla: a este muchacho, quítale un poquito de trabajo. Que se vaya para Madrid. Era la temperatura, cuando vine se me quitó la enfermedad.

La Cañeta de Málaga con Lola Flores
La Cañeta de Málaga con Lola Flores / Archivo Personal

Descubrí Marbella cuando en El Duende nos daban permiso porque allí no había nada y aquí se daban las fiestas del señorío. Don Manuel Lapique hacía muchas fiestas, lo mismo que don José Banús o el marqués de Saltillo. Aquí inauguramos los hoteles Los Monteros, Don Pepe y otros más. En Puerto Banús abrimos un tablao. Al principio, yo me ponía en la puerta, como si fuera el portero para que no entrara nadie, porque venían don Juan, el padre del rey Juan Carlos, con don José Banús y su mujer, doña Pilar. Toda la gente importante pasaba por allí, directores de cine, actores, políticos y financieros. El tablao, que estaba en la planta baja de Puerto Banús me lo hizo Pepito Carleton. La misma gente que estaba por las noches en el tablao, después se quejaba del ruido, venía la policía y nos amenazaba con la clausura. El cura don Rodrigo conseguía que no me cerraran el local por el ruido, cuando se murió me lo cerraron.

En Puerto Banús, en un solar, tuvimos un segundo tablao, donde teníamos hasta un sembrado. Doña Pilar me puso el tablaíto. Alfonso de Hohenlohe venía a casa con su primo, el conde Rudi. Había una cocinita y Cañeta les preparaba unos berros y se los comían. Venían a ver el ambiente. Doña Pilar siempre nos traía a toda la gente, lo más grande que había aquí, hasta una rueda de prensa de Liza Minelli se hizo en mi casa, donde ella bailó con Chano Lobato. También pasó por allí Rainero, el príncipe de Mónaco.

Lola Flores cuando vio el éxito del tablao, le pidió a doña Pilar una parcela y cerca de la nuestra puso otro. Allí traía a las figuras más grandes, pero el nuestro era muy flamenco. Era más informal, donde la gente podía participar, una noche vinieron Camarón y Paco de Lucía, y la fiesta se alargó hasta las dos de la tarde del día siguiente.

Fueron unos buenos años, cuando vendieron el local, doña Pilar creía que les iba a pedir dinero y les dije: no quiero nada. Fuimos de los primeros promotores de Puerto Banús

Volvimos a Madrid. En Pintor Rosales, puse un local con sótano, donde venían todos los buenos artistas como Paco de Lucía, Fosforito, Antonio Mairena o Rafael Farina.Y otra vez la vecindad, se quejaba del ruido y tuvimos que cerrar. Volví a Marbella y pusimos un tablao en la zona del Guadalpín hasta que se apagó el fuego de las sevillanas, eran dos locales grandes, iba toda la gente de Marbella, dos temporadas muy bien y me harté. Hice un grupo con La Cañeta, un guitarrista, un palmero, una bailaora y yo. Empezamos a hacer galas en tablaos de Madrid, teatros, durante mucho tiempo, hasta que La Cañeta se puso malita y aflojamos. Volvimos a Marbella y cantamos juntos hasta los 84 años. Nos han llamado de Madrid y Barcelona, pero la garganta y las piernas nos fallaban. Ya no vamos a ningún sitio.

Con Rocío Jurado
Con Rocío Jurado / Archivo Personal

Cuando la vi que estaba mala, le dije que ya no quería más cante. Yo tenía la voz mal antes que ella. La diferencia era que yo me defendía con el fandango de Huelva, porque hacía algo diferente, gitano puro. Antonio Mairena decía: “el flamenco gitano, y el cante castellano”, esto enfadó mucho a Pepe Marchena y Juanito Valderrama. Como canta un gitano no canta un castellano, y también al revés. Porque al gitano le tiene que doler; rompe la garganta antes que el castellano. Canta para él, para que le duela; el castellano lo hace con la boca hacia afuera, con mucha fuerza, pero no tiene ese sentimiento. Por eso el gitano, cuando canta y escucha cantar bien, llora. ¿Ha visto a un castellano llorar en el flamenco?. Eso no.

Cuando se me fue la voz me dediqué a ayudar a La Cañeta, le dieron homenajes en Ojén y Málaga, y en Marbella, aquí sin público, tiene calles en Málaga, Marbella y Ojén. A mí no me han dado nada, como soy de otra tierra. Ya tengo mis premios por seguiriya y soleá. No me interesa llevar las letras grandes y ser mejor que fulano, soy humilde, que lo diga la gente. No quiero ser el primero.

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