Fabí González: biólogo, músico y director de colegio en Marbella

El niño que vivió en un hostal del casco antiguo de Marbella, por donde pasaron Triana o Lola Flores, consiguió el éxito musical en los años de la movida y se dedicó a la enseñanza

La Tanke y La Toñi: Los transformistas de la Marbella dorada

En el grupo La Leshe que Mamate.
En el grupo La Leshe que Mamate. / CHACHO MACHUCA

Creció frente al convento de las monjas de la Plaza San Bernabé, en el hostal El Castillo de Marbella, donde se alojaban las turistas suecas. Las mujeres del pueblo, cubiertas sus cabezas con el velo, marchaban a la iglesia para asistir a misa; mientras las extranjeras se asomaban al balcón para ver qué día hacía, directamente sin nada.

–Los autobuses con suecos y noruegos paraban en el Puente Málaga; mi padre cargaba las maletas en el remolque, del que tiraba el Seat 600. Yo iba andando, haciendo de guía, con los turistas nórdicos detrás de mí; aquí está el castillo, les decía. El hostal estaba adornado con banderas de Noruega y Suecia. Mi madre había preparado la sangría, que los guiris bebían como agua. De ahí los llevaban al tablao de Ana María, recuerda su infancia en los años setenta José Luis González, Fabí, director del colegio Alborán y aficionado a la vela.

En esa primera época turística había ingenuidad y un enorme afán de servicio. Era como la infancia o la adolescencia de un niño. Un ecosistema único, en el que los viajeros descubrieron la personalidad que tenía Marbella. El extranjero percibía la inocencia. Se notaba que los nórdicos estaban en otro nivel social y el complejo del español. Cuando llegaba esta gente, tan alta, moderna y civilizada, se tenía la sensación de que venía de otro mundo. Se vendía lo rubio por encima de todo. Había admiración por Europa, nos volcábamos para agradar, para que esta gente repitiera, creo que ellos encontraban lo que buscaban.

Fabí González.
Fabí González. / JOAQUÍN MUÑOZ

Por las noches en el barrio había tertulias. A las puertas del hostal con jazmines y damas de noche, se sumaban los vecinos con sus sillas y el mogollón de suecos y noruegos, sentados alrededor, chapurreando español. Juan Alonso, el padre del dueño de Club Premier, que vino de Sevilla a trabajar, por las noches sacaba su guitarra española y tocaba rumbas; los guiris bebían y bailaban en la plaza. Algunas familias holandesas y sudafricanas tuvieron sus hijos en el hostal y se quedaron a vivir con nosotros hasta encontrar una casa. El botones o la limpiadora eran una familia para el turista, que venía por el lugar, pero sobre todo por el encanto de una Marbella muy ingenua.

El viajero estaba viviendo el Mediterráneo en la fábrica de sifones, la fábrica de hielo y el barrio de pescadores. Las grandes estrellas que vinieron entonces también percibieron eso. Hubo nombres propios, como Ricardo Soriano, Alfonso de Hohenlohe o el conde de Perlac, que nos llevaron a esto. Ahora me parece insultante cuando escucho: “Si la gente de Marbella no puede comprarse casa aquí, que vaya a otro pueblo y que venga a trabajar”. Creo que habría que poner el foco en esa gente que tocaba la rumba o llevaba el burro con las maletas, en los trabajadores. La gente se ha volcado; el pueblo merece un monumento; son los impulsores reales de esta Marbella.

Durante el intento de golpe de Estado de 1981, todas las monjas del convento corrieron a refugiarse al hostal, pensando que iban a venir los comunistas. La memoria de la Guerra Civil estaba presente en la gente mayor. Los turistas se preguntaban qué pasaba en España. Era un choque muy grande. Los contrastes de una España que despertaba ante la mirada nórdica. Los que vivieron los sesenta y setenta vieron una Marbella idílica y pintoresca que ya no existe.

Madre de Fabí, bailando en el hostal.
Madre de Fabí, bailando en el hostal. / LUIS GONZÁLEZ

¡Niño, cuidado con los peludos!, nos advertían los padres sobre “los hippies” que venían a dar conciertos y se alojaban en el hostal, como Triana. Veía a esa gente, demonizada por la sociedad, que era guay. Tenía en casa al grupo que salía en la tele y a toda la fauna que se movía por allí. Mi madre es muy fan de Rocío Jurado. Un día de pronto golpearon la puerta y era Rocío con el boxeador Pedro Carrasco; preguntaron si podían pasar a tomarse un café. Pasaron la tarde ahí, el día que colapsó Marbella con la boda de Lolita. Lola Flores en alguna ocasión también se alojó en el hostal.

A mí me llamaban más la atención los personajes anónimos. El policía de la secreta, vestido de hippie, que vino a investigar el robo del banco Andalucía. O los sudamericanos con sus amantes, de escapadas a Marbella. Descubrías la relación al escuchar las conversaciones por teléfono con sus mujeres o por los ruidos de su habitación, que daba al patio interior. Siempre me ha fascinado ese crisol de culturas, sobre todo la de los nórdicos, era muy enriquecedor.

En el mito del árabe, que te mancha con un helado y te compra el traje, hay una realidad. La pasta que aquí se dejaron fue enorme. Lo que me llama la atención es el servilismo y la falta de crítica al origen de ciertas fortunas, como la de ese hombre muy rico que era un traficante de armas y en Marbella todo el mundo le hacía reverencias.

Una vez, estaba en la playa con mi pareja y llegaron muchos paparazzi. Bajo una sombrilla estaba Mariano Barbacid, y digo: ¡Qué bien, cómo se valora a un científico! Se fueron hasta su sombrilla, pero las fotografías no eran para él. Le pidieron permiso para cobijarse del sol y fotografiar desde allí al torero que estaba con una folclórica en la playa. El científico les cedió la sombra para que simularan un reportaje robado: la diferencia entre el importante y el famoso.

Fabí en el grupo musical Briatore.
Fabí en el grupo musical Briatore. / JESÚS CHACÓN

En mi época del instituto formé parte de La Leshe que Mamate, un grupo musical que llegó a ser relativamente conocido. En un libro, La vida láctea, recogí la historia del grupo que, con mucha ilusión, sin tener ni idea, llega a TVE y, al volver al instituto, se ve rodeado de gente. A mediados de los ochenta hubo un boom muy potente; había setenta grupos musicales en Marbella, con muchos lugares donde tocar. Un funcionario municipal, José Luis Gutiérrez y el concejal de Juventud, José Pernía, dijeron: “Vamos a hacer algo”. Surgió la primera edición de Marbepop, que acabó con un disco en Madrid. De tocar en sitios pequeñitos pasamos a llenar casetas y a sacar discos. Salimos en televisión cuando la tele era algo relevante.

Descuidamos las carreras. Soy biólogo; en un par de años los estudios no tiraban; teníamos la ilusión y los datos de que el grupo iba a funcionar bien. “Vais a llegar al número ocho en los 40 Principales y a estar de gira con Rick Astley”, me dijo uno de la discográfica cuando estábamos grabando en Madrid. Sacábamos discos, sonábamos en las radios, íbamos a las televisiones, llenábamos salas, convivíamos con grupos de la movida madrileña. Habíamos llegado un tanto lejos.

El disco que sacamos sonó realmente mal y todo se truncó. Con veinte años llegamos al equilibrio, después de la decepción y aprender que era lo mejor que nos podía pasar: acabar nuestras carreras y mantenernos unidos por algo que nos apasiona. Vivir de la música en España es complejo; vi la evolución de grupos de esa época y no los envidio.

En la puerta del hostal, con su familia.
En la puerta del hostal, con su familia. / ARCHIVO PERSONAL

Seguimos tocando, ahora uno es abogado, otro informático, cada uno en su profesión. Nos llamamos Briatorie, nos reunimos, ensayamos, sacamos un disco de vez en cuando. Nuestro ritmo es tocar una vez al mes. En Marbella actuamos una o dos veces al año; nos gusta más tocar fuera. Hemos estado en Barcelona, Tenerife, Sevilla, Jaén, Madrid o Alicante. El secreto es que no somos músicos, sino amigos que hacen música. Hay muchos músicos que se unen a una banda y cuando no alcanzan la meta suelen desanimarse; en nuestro caso, el pegamento es la amistad. Ahora se cumplen cuarenta años y vamos a rememorarlo.

Recuerdo una Marbella a una velocidad asumible, ante un mundo que ahora te desborda. El día a día que va arrollando. Una hamburguesería que reemplaza a la cafetería Marbella y otra al restaurante Santiago, son pequeñas grandes guerras perdidas. Nos queda la arquitectura y la gente. Marbella tiene una parte importante que se conserva; ojalá que no se pierda.

La zona de un barrio pescador, con su fábrica de hielo, se cambió por un mamotreto enorme de hormigón durante el gobierno de Jesús Gil. Fue una puñalada al pueblo, en una época del becerro de oro. “Hay trabajo. Marbella tiene mármol. “El que tenga dinero que lo traiga, venga de donde venga, da igual” fue muy poco acertado. Estaba enfadado con mi pueblo; después lo pude comprender, aunque no esté de acuerdo. El trumpismo es un reflejo global de lo que fue Gil. Sus malas formas, maleducado, sin valores, donde solo primaba la economía. Creo que la vida es más que el dinero, pero aquí la gente se cegó. Una parte de la población aceptó que había estado borracha, pero otra no, y eso me preocupa, como la polarización que provocó.

Mi padre ha sido el funcionario que estuvo más años en el Ayuntamiento, entró con 13 y se fue con 70 años, de botones a jefe de varios negociados. Desde su prisma, viví en casa su mirada al franquismo, la transición y la democracia, de la forma más sana posible. Ha sido un trabajador, un servidor que nunca ha polemizado y ha aprendido a llevarse bien con todo el mundo. Me enseñó a convivir con todo tipo de personas; de todos siempre tenía algo positivo.

Creo que la educación es la clave, educar e informar a la gente. Nunca hubo una planificación de la ciudad, ni siquiera sé si es viable, sin perder su esencia. Estamos vendiendo el alma al diablo; algún día nos daremos cuenta. En una imagen tomada desde el edificio Skol en una película de López Vázquez, se veían las playas con dunas hasta Puerto Banús. De haberse conservado, sería un atractivo de primer orden. De las dunas queda poco; un fondo kuwaití levantó una urbanización en Río Real hacia allá; la duna original llegaba hasta la carretera. De la duna primaria, con el barronal, seguidas por valles y dunas, solo queda la primera línea; todo lo demás ha desaparecido. Se ha hipotecado el futuro por no haber una planificación; nos lo hemos comido. Mi madre recuerda que, bajando la alameda, comenzaba la playa. El maná del turismo trajo el desarrollo de la ciudad, pero ha faltado una planificación adecuada y sostenibilidad.

Fabí González en 1993.
Fabí González en 1993. / MIGUELÓN

Estoy escribiendo un libro sobre el desarrollo turístico, cómo crecía Marbella visto desde mi infancia. Les pedí a mis padres que me apuntaran cosas del hostal de los años cincuenta y sesenta. Fue un buen ejercicio intelectual y emocional; escribieron unas notas que me servirán como introducción de la novela sobre el predesarrollo turístico de la posguerra en Marbella, los primeros hostales, chiringuitos y hoteles. La mirada de un niño observador, de cómo los vikingos entraron en las conversaciones de mis padres, junto a mi archivo personal y la información, conseguí darle forma a esos recuerdos.

Entre los adolescentes hay un desconocimiento de la ciudad. Si le preguntas por Marbella, el ciento por ciento conoce La Cañada y Starlite, pero muy poquitos las necrópolis, las termas, la villa romana o Puerto Rico. Reivindico esa Marbella que para ellos es una gran desconocida. Los docentes tenemos una labor importante; nosotros lo estamos haciendo: conocer la ciudad, conocer la historia de dentro hacia fuera. Aquí tenemos los fenicios, los romanos, los árabes, la reconquista, todo está aquí. La educación es la única alternativa a la desinformación, que causa un daño terrible. Que los niños quieran a su tierra, la conozcan, es el reto de los adultos y en particular de los docentes.

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