Hace algunos meses quizá nos habría parecido chocante que la misma persona se atribuyera el papel del presidente de la paz y del rayo de la guerra. Ya no es así, y ese es, por desgracia, el menor de los cambios a los que tenemos que acostumbrarnos.
Mientras la cara A del presidente Trump asegura a sus votantes que trabaja por la paz en Ucrania -no creo que a él se le escape que todo lo que hace termina favoreciendo a Putin, el agresor en esa contienda- la cara B declara a la Venezuela chavista una guerra extraña. Tan extraña que, como el propio presidente de la paz -o el mismísimo gato de Schrödinger- es y no es a la vez. Lo es cuando Trump quiere justificar los ataques a las narcolanchas y las capturas en alta mar de los petroleros que no se dirigen a sus propios puertos, pero no a la hora de solicitar la aprobación del Congreso de los EEUU, como mandan las leyes norteamericanas. Lo es cuando el magnate decide bombardear objetivos militares en Caracas y hacer prisionero a su presidente -casus belli donde los haya- pero no cuando Marco Rubio explica al mundo lo ocurrido. ¿Una guerra? ¡Qué tontería! ¡A quién se le ocurriría sugerir que están en guerra por la minucia de atacar con 150 aeronaves a uno de sus vecinos! Si no se le hubiera ocurrido antes a Putin, seguro que Rubio la calificaría de mera “operación especial”.
Nadie debiera derramar una sola lágrima por Maduro. A pesar de que la legalidad internacional -descanse en paz este noble concepto- protege a los dictadores mientras no se salgan de sus fronteras, yo miraría feliz para otro lado si de verdad fuera la defensa de los venezolanos lo que animó a Trump a intervenir en Venezuela. Por desgracia, ni siquiera él tuvo la delicadeza de disimularlo en la conferencia de prensa que dio para celebrar la captura del dictador, un pobre hombre enfermo de endiosamiento que, como he dicho antes, no merece compasión alguna. Seguramente él habría hecho lo mismo con Trump -en este caso, un hombre rico también enfermo de endiosamiento- si el balance de poder hubiera sido el inverso.
Muchos venezolanos se habrán quedado fríos al escuchar al magnate decir que María Corina Machado no tiene el respeto ni el apoyo del pueblo de Venezuela. Lo mismo dijo en su día de Zelenski, falsificando burdamente la realidad de Ucrania. Luego sabríamos la razón: prefiere a Delcy para ayudarle a gobernar el país sudamericano… pero solo hasta que se produzca una transición ordenada.
Seré mal pensado, pero quizá este proceso tarde más del día que prometió que le llevaría poner fin a la guerra de Ucrania. Y, mientras algunos seguirán en el exilio soñando con la libertad, el chavismo aprovechará todo este tiempo para hacerse fuerte. Por desgracia, Washington tiene una trayectoria muy consolidada de arruinar sus éxitos militares con una pésima administración de la paz, y la señora Delcy sabe bien que, aunque Trump sea impredecible, sus votantes no aprobarán una guerra larga ni el despliegue de tropas norteamericanas sobre el terreno.
Si nadie sabe cómo va a terminar todo esto, ¿por qué se mete Trump en este lío? ¿Qué busca el magnate en Venezuela? Él sabrá, pero apuesto a que el narcotráfico es solo un pretexto ad hoc. Si le preocupara de verdad, haría la guerra a Colombia, a México o a la misma China. Si le preocupara de verdad, haría la guerra a la quinta columna norteamericana formada por traficantes y consumidores. La guerra es la guerra, y no tiene mucho sentido bombardear un país que ni siquiera está en la ruta del fentanilo mientras los policías norteamericanos no pueden entrar en los domicilios o investigar las cuentas bancarias de los líderes mafiosos, muchos de ellos conocidos por todos, sin una orden judicial no siempre fácil de conseguir. Seguramente, la droga no tiene en esta guerra otro papel que el del acorazado Maine, cuya voladura en Cuba justificó la campaña de McKinley -uno de los presidentes favoritos de Trump- para arrebatarnos la isla de Cuba.
A pesar de la insistencia del propio Trump en su patética rueda de prensa, tampoco creo que sea el petróleo la verdadera causa de la guerra. Quizá sea solo otro pretexto, este dirigido a sus propios votantes que, después de todo, le eligieron para hacer América grande y olvidarse de conflictos exteriores. Nada mejor que la promesa de riquezas sin límite -aunque sea falsa- para vencer al aislacionismo, un movimiento que no nace de la generosidad, sino del egoísmo de los pueblos. Esa es, precisamente, la piedra angular del “Corolario Trump” que el presidente ha formalizado hace pocos días como doctrina estratégica de los EEUU.
Si no es el narcotráfico ni el petróleo, ¿por qué Maduro y su mujer terminarán sus días en sendas cárceles norteamericanas? Es probable que haya sido por desafiar a Trump. Para el magnate, todo es personal. Y la comunidad internacional parece comprenderlo muy bien. La mayoría de los líderes mundiales piden, con la boca pequeña, respeto a un derecho internacional que saben que está desaparecido en combate… pero se guardan muy mucho de condenar al magnate. ¿Hacen bien? Ético no me parece que sea pero, mientras el pueblo norteamericano no elija otro presidente, creo que bien podrían alegar la atenuante muy cualificada de estado de necesidad.