'Todos están bien': Cuando hay director De Niro vuelve a ser De Niro

Crítica

Robert De Niro está a la altura de lo que fue y Drew Barrymore no desmerece frente a él.
Robert De Niro está a la altura de lo que fue y Drew Barrymore no desmerece frente a él.
Carlos Colón

07 de enero 2010 - 05:00

Todos están bien. EEUU, 2009, Comedia-Drama. 100 min. Dirección y Guión: Kirk Jones. Intérpretes: Robert De Niro, Kate Beckinsale, Sam Rockwell, Drew Barrymore, Katherine Moennig, James Frain, Melissa Leo. Música: Dario Marianelli. Fotografía: Henry Braham.

A veces las relaciones familiares son tan frágiles como lo puedan ser los sentimientos. Tal vez este sea el mal moderno de todas las relaciones no profesionales y lucrativas, sobre todo de las familiares: depender de las emociones, viéndose zarandeadas por la inestabilidad propia de ellas, en vez de basarse en sólidas relaciones de responsabilidad sancionadas por un sólido contrato. Podría decirse, en este sentido, que lo peor que le ha pasado a la familia no es que se haya asimilado a los usos y maneras de las sociedades mercantiles y capitalistas, sino que se han elevado a la etérea y huracanada región sentimental. Cualquier contrato se respeta hoy más que el matrimonial. A cualquier jefecillo se le aguanta más que a las esposas o maridos. Por el dinero o la posesión de bienes de consumo se afrontan sacrificios y se soportan humillaciones que ni tan siquiera por los hijos se afrontarían o soportarían. Devastada por los vaivenes sentimentales, arrasada por esa forma de impertinencia a la que se llama sinceridad, trasladada del sólido terreno de las obligaciones y responsabilidades -religiosas y civiles- al etéreo universo de las emociones y supeditada a ese mal que se llama realización personal o vivir su propia vida (que es lo que invoca quien está dispuesto a destrozar las de los demás, como escribió el corrosivo León Bloy), la familia malvive azotada por sentimientos pronto degradados en una superficial sentimentalismo de teleserie con tendencia a evaporarse dejando en su lugar, además de unas obligaciones incumplidas, un desolador vacío afectivo.

Lo incongruente es que, como se está en la edad emocional de la familia, esto no puede admitirse y se recurre a la simulación afectiva para mal encubrir el desamor hacia quienes sobran porque no son objeto de deseo o no satisfacen una puntual afectividad casi siempre con fecha de caducidad. Es el caso sobre todo de los hijos -no nacidos o nacidos- y de los padres ancianos. Fetos, niños y viejos son un obstáculo para la felicidad según la programa del consumo. Las leyes y las costumbres permiten deshacerse de ellos cada vez con mayor facilidad y menos -o ninguna- mala conciencia. Si alguien se empeña en querer al viejo estilo, con afectos sólidamente enraizados en responsabilidades, se convierte en un estorbo. O peor: en una presencia incómoda que lo pone todo en cuestión.

Este el caso del personaje maravillosamente interpretado por Robert De Niro: un padre que no se resigna a que la relación con sus hijos se reduzca a un vacío mal llenado por alguna llamada ocasional, una breve visita o una sonrisa entre mentirosa y culpable. Versión americana de un éxito de Giuseppe Tornatore que interpretó Mastroianni en 1990, trata de la soledad de un viudo jubilado que tiene la pretensión de reunir a sus hijos para pasar un día juntos. Vista la imposibilidad de lograrlo se dedica a visitarlos uno tras otro para ir constatando que en realidad ninguno de ellos -aunque no lo sepan- hace lo que quiere hacer, vive como quiere vivir y quiere como querría querer. Tanto como de la familia, Todos están bien trata de las patologías de las sociedades opulentas y de su capacidad para hacernos creer que elegimos formas de vida que en realidad nos son inducidas si no impuestas.

Kirk Jones -un solvente realizador británico de breve y exquisita filmografía que merecería mayor consideración crítica- vuelve a demostrar dos cosas: que se le da muy bien el análisis de los conflictos afectivos y que es un espléndido director de actores. El tratamiento de los personajes revalida, ahora en el terreno de la comedia agridulce, sus logros en la comedia negra de matices costumbristas (Buscando a Ned) y en la comedia fantástica (La niñera mágica). Jones mima cada personaje, define perfectamente cada escenario y se centra en cada situación hasta extraerle todo su jugo dramático. En cuanto a la dirección de actores baste con decir que, tras mucho tiempo, De Niro vuelve a ser el que fue y se sitúa a su propia altura. Drew Barrymore, Kate Beckinsale y Sam Rockwell no desmerecen frente a él, lo que es decir mucho.

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