"A veces la vida te pone muy difícil esa obligación de honrar a tu padre"

Miguel Ángel Oeste | Escritor

El malagueño firma uno de los libros de este año, 'Vengo de ese miedo', retrato de las secuelas que deja el maltrato en un hijo y una reflexión sobre la escritura plagada de interrogantes

El escritor Miguel Ángel Oeste, fotografiado antes de la entrevista.
El escritor Miguel Ángel Oeste, fotografiado antes de la entrevista. / Antonio Pizarro
Braulio Ortiz

26 de diciembre 2022 - 06:31

A Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973) le costó mucho dar por concluido el manuscrito de Vengo de ese miedo, la novela que publicó finalmente en Tusquets el pasado septiembre. "Está aquí hoy por los editores", dice, señalando el volumen, "porque yo tenía muchas dudas, muchas inseguridades". Motivos no le faltan a Oeste para experimentar esa vulnerabilidad, porque el autor maneja en el libro un material altamente sensible: recrea en sus páginas el maltrato físico al que lo sometió su padre y la degradación que vivió su madre, que decidió quedarse al lado de ese tipo al que la frustración, el alcohol y los excesos convirtieron en un monstruo; explora también las secuelas que aquellos episodios de violencia dejaron en el hijo, un hombre ya adulto que nunca pudo dejar de ser ese niño que aguardaba aterrado en su habitación.

Lo que no sospecha Oeste es que la inteligencia de la narración, una maestría que ya apuntaba la anterior Arena, ha logrado una proeza, la de aportar al lector, más allá del escalofrío del punto de partida, un viaje plagado de verdad y de emoción y provisto del arsenal que acompaña la gran literatura: preguntas, muchas preguntas, que atañen a la vida pero también a la función, sanadora tal vez, de la literatura. Al filo del 2023 puede afirmarse con rotundidad: Vengo de ese miedo es uno de los mejores libros de este año que acaba.

En la charla asoma, en primer lugar, una puntualización: Oeste define su obra como "un artefacto literario, donde predominan elementos como la construcción y el estilo", una propuesta en la que juega con los géneros, y rechaza que sean unas memorias más, un simple ajuste de cuentas con ese diablo que le tocó por padre. En Vengo de ese miedo su creador se asoma al abismo de su pasado, pero hay también, aclara, una investigación formal, narrativa, paralela a las pesquisas que Oeste encadena alrededor de la silueta escurridiza y fiera del progenitor. Dicho de otro modo: al escritor le interesa más la verdad literaria que la traslación fidedigna de los hechos. "Vila-Matas afirma que todas las novelas y cuentos que se han escrito son ficciones, incluso las más extremadamente realistas, porque desde el momento en que se ordena el mundo con palabras se modifica la naturaleza de éste. ¡Y estoy tan de acuerdo con esta frase!", exclamaba Oeste hace unas semanas en una visita a Sevilla, cuando presentó su obra con el Centro Andaluz de las Letras.

"Esta novela, ¿tiene una base real? Sí. ¿Que es mi historia, que es autobiográfica? Sí. Pero también tiene cosas inventadas, los personajes de los familiares y los testimonios no han sido exactamente así, porque mucha gente no ha querido hablar conmigo. Hacer este libro ha sido una verdadera búsqueda que me ha dejado agotado, física y espiritualmente", reconoce.

"La violencia no surge de la mujer, es el hombre el que golpea. Nos iría mejor en un mundo gobernado por ellas"

El arranque de Vengo de ese miedo, que se inicia como un thriller de venganza donde el protagonista y narrador apunta a su diana, es revelador en este sentido: "Quiero matar a mi padre. No metafóricamente ni en la ficción de una novela en la que lo he matado cada vez que la narración abría la más mínima posibilidad de hacerlo. Incluso cuando ni siquiera le atribuía al personaje del padre rasgos del mío, desarrollaba la acción para que muriese. Desde que recuerdo, he fantaseado con las formas en que moría, en las que ponía fin a su vida. Y lo hacía con rabia, con rencor, con desasosiego". El padre es "una tenia", una "mala hierba que crece en cualquier sitio de mi cuerpo tembloroso, apoderándose de mí", y la escritura irrumpe ya en ese primer capítulo como una manera de enfrentarse a aquel tirano. "La escritura", defiende la voz que narra el libro, "abre puertas que uno no se atrevería a abrir, ilumina recovecos donde siempre triunfó la penumbra, desentierra las más primitivas evidencias de la vida".

Unas páginas antes, en la cita que sirve de preámbulo a la novela, se pueden leer unas frases de Delphine de Vigan pertenecientes a Nada se opone a la noche, que como Vengo de ese miedo se adscribe a ese linaje de libros que transforman el dolor y la oscuridad de la vida en alta literatura. "Escribo", manifiesta ahí la autora francesa, "porque quiero dejar de tener miedo". Oeste cree, en cambio, que el temor no se disipa. "No se va", opina. "Se puede atenuar un poco con la escritura. Se puede intentar comprender y se puede intentar perdonar, que de eso va también un empeño como éste. Intentar perdonarse a uno mismo para perdonar a los demás. Pero el miedo perdura, y no sólo el miedo al maltrato físico, sino un miedo más impreciso y por eso más difícil de erradicar, a lo que pueda pasar", analiza un escritor que en su texto se pregunta por el "significado de palabras básicas como padre y hogar". A Oeste le han importado siempre los espacios –su narrativa refleja como pocas el reverso sombrío de la Málaga que se abría al turismo–, "y aquí la casa está descrita como un elemento de terror. Una vivienda debería ser un refugio, eso sería una noción elemental, pero la casa de este libro no lo es".

"Siempre lo digo, lo más triste del mundo es un niño que no se siente querido. No me di cuenta hasta que no fui padre"

"Miedo. Esa es la base de mi educación. No el afecto", expone el protagonista, que percibe la violencia recibida como "un tatuaje emocional y físico que nadie ve, pero que yo sé que está ahí para siempre, que quisiera arrancarme, que me hace sentirme una babosa, un vómito, una persona limitada y deforme". Oeste lo cuenta en algún momento de la novela: uno no deja de ser nunca ese niño. "Siempre lo digo y es un mantra. Lo más triste del mundo es un chaval que no se siente querido, respaldado. Cuando fui padre me di cuenta de mi mala fortuna. Yo lo tenía normalizado, por eso que te dicen de vamos, es tu padre, es lo que te ha tocado, esos comentarios que quitan importancia al maltrato. La propia abuela, por la educación que ha tenido, se escandaliza cuando el protagonista le confiesa que quiere matar al padre, pese a que ella es consciente de la agresividad y las situaciones que provoca. Lo siento, pero ese mandamiento de honrarás a tu padre y a tu madre sobre todas las cosas… ¿quién puede acatarlo después de eso?".

En su confrontación con los recuerdos de los otros –"pienso en la deformación de la memoria. En lo que añadimos y en lo que borramos. ¿Hasta qué punto es real lo que cuento y enfrento a lo que me revelan mis tías?"–, el protagonista vuelve a un tiempo donde se "miraba para otro lado" ante la violencia doméstica. "Ahora empieza a haber más sensibilidad con el tema, la gente sale a la calle y protesta, pero, antes, si tu padre te zurraba de puertas adentro nadie decía nada, los vecinos callaban. Nadie se metía en lo que sucedía en las casas ajenas", considera. "Lo que ocurría también es que mi padre era un hombre encantador en el exterior, un tipo muy carismático e inteligente, que sin haber estudiado triunfó con un restaurante, que de no haber caído en los excesos habría tenido una vida muy distinta. Él ofrecía una cara fuera y otra dentro de casa. Muchos amigos suyos no han querido hablar conmigo, y otros me han reconocido que al ser padres se dieron cuenta del infierno que tuvimos que pasar".

Miguel Ángel Oeste.
Miguel Ángel Oeste. / Antonio Pizarro

Vengo de ese miedo reflexiona sobre los efectos de esa nociva idea de masculinidad basada en la fuerza, la competitividad, el éxito. "Una de las imágenes recurrentes de aquella época", recuerda el protagonista, "es la de mi padre desnudo por la casa agarrándose la polla. Mi padre exhibiéndola a cualquiera que pasara por allí. Daba igual quién fuera. Era su cetro de poder". Oeste rememora en la entrevista que su progenitor solía repetir una frase: "Decía una y otra vez: Yo soy el mejor, yo soy el mejor. Esa idea de la masculinidad aún sigue vigente, aunque pensemos que es un vestigio del pasado. Y de hecho este es un libro incómodo para cierta clase de hombre, que se puede sentir apelado. Yo estoy sintiendo que las mujeres conectan más con esta novela, que quizás se identifiquen con esa indefensión que tiene el narrador", señala, antes de añadir "una idea que quizás pueda escocer a alguna gente: esta violencia no surge de la mujer, es el hombre el que llega y golpea, el que pega a la madre y al hijo… y yo estoy convencido de que nos iría mejor en un mundo gobernado por mujeres. En la novela se habla de esa convicción extendida de entonces de que si a la mujer le pegaban es que habría hecho algo, esta creencia de que la mujer tenía la culpa. Hemos cambiado, pero no nos engañemos. Actualmente, el mundo sigue siendo machista".

"Se puede intentar comprender, se puede intentar perdonar, pero no creo que la escritura te quite el miedo"

El padre es alguien que dejó los estudios, un individuo más dado a la acción que al pensamiento, que "menospreciaba todo lo que tuviera que ver con la cultura, el que se encargó de recalcarme que escribir era un fracaso, el que no se cansaba de repetirme que jamás llegaría a ningún sitio por ese camino de perdedores", evoca el narrador, que encuentra, y en su caso no es una metáfora, la salvación en los cómics y la lectura. "Me salvaguardaban durante algunas horas de la locura y la destrucción en la que vivía, de la alarma constante que representaba mi adolescencia", se lee en Vengo de ese miedo. "Al padre le molesta que esté con los tebeos, lo considera una debilidad, quiere que sea un machote y le da de hostias. Pero a mí eso de poder meterme en otro mundo me supuso un refugio. De hecho, me considero un lector que escribe. Yo prefiero leer. Y sigo leyendo cómics. Hay gente que infravalora esa costumbre, pero a mí me reconecta con el niño que fui", comenta Oeste.

Portada del libro.
Portada del libro. / D. S.

Entre otras cuestiones, el autor se interroga sobre la "herencia genética" que arrastran quienes han tenido a un padre brutal. "Afloran preguntas que no sé responder. Cuestiones que duelen. ¿Absorbimos mi hermano y yo el sufrimiento de mis padres? ¿Necesitamos una escafandra para mantenerlo a recaudo? E incluso más adecuado, ¿un mono ignífugo para resistir el calor de esa lava? ¿Les podemos transmitir ese sufrimiento a nuestros hijos?", anota el narrador en un momento del libro. "No quiero dejarles como legado a mis hijas mi miedo, pero al mismo tiempo tengo dudas sobre si las estoy sobreprotegiendo", medita Oeste, que traza paralelismos en el libro entre el pasado de los personajes y el presente de la escritura: cuando le toca narrar su propio parto está naciendo su primera hija.

Porque para el novelista el "gran tema" de Vengo de ese miedo es "la escritura y sus efectos, pero tanto en quien escribe como en quien lee. Me he preocupado mucho de la estructura, del ritmo, de reproducir las reglas del género para llevarlas a otro sitio. Hay un juego de identificación entre narrador y autor, pero también se da una distancia. Al principio hay un estilo más desmadejado, más brusco, casi de vómito, el personaje se expresa con rabia, con rencor, porque no puede escribir de otra forma, y a medida que avanza el libro se va modificando la narración, va evolucionando, se va acompasando a las emociones, los sentimientos del protagonista, que ya son otros", explica.

"Evitaba un registro demasiado pulcro, una prosa perfecta. No quería estilizar el horror"

Le ha quedado al autor una novela "muy descarnada, muy desnuda, en la que he suprimido mucho", una propuesta en la que Oeste ha esquivado "ese rodillo literario que hace que todo se parezca. Evitaba un registro demasiado pulcro, una prosa perfecta, sobre todo al comienzo. Si yo me hubiese puesto exquisito habría estilizado el horror", observa. La reflexión que hace Oeste sobre la imposibilidad del perdón y el peso de la memoria alterna la piel de un thriller, las hechuras del relato de terror o el tono de una crónica familiar. "Yo no quería tirar por el camino fácil. Me interesaba que en esta obra que entraría en la etiqueta de autoficción hubiese también otras voces, que complementaran o cuestionaran la versión del narrador. Aunque para mí lo que se impone en el conjunto es la historia de un libro en marcha, una especie de cuaderno de bitácora en el que se investiga sobre el lenguaje, sobre el significado de ideas como padre, hogar, cosas tan esenciales que no tienen el mismo sentido para todos… El narrador no puede llamar padres a sus padres, y acabará haciéndolo gracias a la escritura", comenta Oeste. "En El peligro de estar cuerda, Rosa Montero sostiene que si consigues convertir el dolor en algo creativo adquieres la sensación de ser invulnerable. Yo sin embargo me sigo creyendo débil, tengo mis dudas, no lo voy a negar. Aunque sí me parece que, al final, Vengo de ese miedo acaba siendo un libro luminoso: era un viaje que necesitaba hacer".

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