Cultura

Valle-Inclán debe morir

  • Alfonso Zurro trae al Teatro Cervantes este fin de semana su montaje de 'Luces de bohemia' con su nominación al Max bajo el brazo

Representación de 'Luces de bohemia', del Teatro Clásico de Sevilla. Representación de 'Luces de bohemia', del Teatro Clásico de Sevilla.

Representación de 'Luces de bohemia', del Teatro Clásico de Sevilla. / luis castilla

Tal vez conviene que nos pongamos serios para afirmar que la cima del teatro español del siglo XX se encuentra en Luces de bohemia, la obra que Valle-Inclán publicó en varias entregas aparecidas en un semanario en 1920 y que no se estrenó en España hasta 1970. Igual de serios tendríamos que admitir que la escritura dramática no había dado a luz una criatura semejante en este país desde Calderón; o para considerar que nunca el teatro hecho aquí ha vuelto a ser tan rotundo, tan directo, tan cargado de intenciones y tan eficaz a la hora de abordar una representación de España que un siglo después sigue siendo válida. En aquel poeta ciego, viejo y colmado de miseria llamado Max Estrella, "hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales", para cuya construcción se inspiró el de Villanueva de Arosa en su amigo Alejandro Sawa, escritor nacido en Sevilla y estudiante seminarista en Málaga, se fundía un espejo insobornable para la España de su tiempo. Era un espejo deforme, sí: justo el que ofrecía el esperpento a cuya canonización contribuyó Valle-Inclán como nadie. Desde la Transición, montajes de Luces de bohemia ha habido muchos, pero seguramente pocos han resultado tan oportunos para demostrar la perseverancia de este espejo como el que presenta el director, dramaturgo y profesor Alfonso Zurro al frente de la compañía Teatro Clásico de Sevilla. La producción fue la gran triunfadora en la reciente edición de los Premios Lorca del Teatro Andaluz y ayer mismo se conoció la condición de Zurro de aspirante como finalista al Premio Max al mejor director por este trabajo. Para salir de dudas, estas Luces de bohemia se representan mañana sábado (a las 20:00) y el domingo (a las 19:00) en el Teatro Cervantes de Málaga en la que será, qué remedio, una de las últimas grandes citas escénicas de la temporada.

La oportunidad nace de la convicción de que aquella España maltrecha es la misma que hoy nos atañe, con lo que el brutal diagnóstico que lanza Valle-Inclán es aún aplicable: "Valle-Inclán habría sido igual de salvaje, duro y crítico con la España actual", afirma al respecto Alfonso Zurro, que asume la adaptación y la dirección de un elenco en cuyas estrías late el mejor talento interpretativo andaluz: Roberto Quintana, Manuel Monteagudo, Juan Motilla, Amparo Marín, Antonio Campos, Rebeca Torres, Juanfra Juárez, Silvia Beaterio y José Luis Bustillo prestan carne, voz y muchas más cosas "a personajes que no son héroes, ni tienen ética alguna, porque su primer empeño era sobrevivir, como ocurre a menudo en la España de hoy día". Era el de Valle-Inclán "un país caduco, antiguo y heredero de la famosa crisis del 98, que se tenía que reinventar como nación"; una definición que en gran medida encaja en la España del siglo XXI, no menos esperpéntico.

En cuanto al atrevimiento de Valle-Inclán, Zurro no se muestra menos categórico: "Algunos diálogos se vetarían hoy en ciertas salas de teatro. No hay ningún autor en el panorama presente del teatro español que sea capaz de escribir las cosas que escribió Valle-Inclán, y si lo hubiera lo denunciarían". Eso sí, advierte el director respecto a su versión: "He respetado esos diálogos por encima de todas las cosas. Uno de los peores males que puede sufrir un autor es la censura indirecta, la que cada uno se pone a sí mismo pensando que puede herir o molestar a alguien o que puede suponer una denuncia. Por parte de Valle-Inclán, y por la mía, que no quede. No fue así y no lo es ahora en absoluto". "Barcelona alimenta una hoguera de odio. Y en España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí sólo manda el dinero", se lamenta Max Estrella. Más de cuatro dijeron en su día que por esto Valle-Inclán debía morir. Y lo siguen diciendo hoy. "Se pueden establecer muchos paralelismos con esa España camino de la ruina, que se estaba desmoronando precisamente por la ausencia de ética, y la de ahora. La obra parece escrita antes de ayer". Algo vivirá, seguirá viviendo, a pesar de todo.

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