Cultura

Álvaro García celebra la poesía como negación de fronteras en 'Ser sin sitio'

  • El escritor malagueño publica en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara su nuevo libro, presentado ayer en Madrid

Ha llegado la hora, tal vez, de que la poesía pueda ser entendida de manera amplia como lo que es: "una negación de las fronteras físicas y mentales". Así lo consideró ayer el poeta Álvaro García (Málaga, 1965) en la presentación en Madrid de su nuevo libro, Ser sin sitio, que acaba de publicar la Fundación José Manuel Lara dentro de su colección Vandalia. Y para dejarlo acudió a la inspiración de un maestro presente, Octavio Paz: "La poesía puede dar aliento en tiempos de crisis porque propone una alternativa al lenguaje técnico. Se adelanta a los lenguajes prácticos, los niega. No sirve respuestas, sino que hace preguntas. Por eso nos predispone a un cambio de conciencia. Y así es como la poesía puede cambiar el mundo".

Pero no señala García en sus versos la dirección de la utopía, sino el matiz de la intimidad. Ser sin sitio es una cuestión personal, "literalmente hablando. Para mí la poesía es un abrigo. Hay poetas que convierten ese abrigo en una armadura, otros en un disfraz. Pero lo que yo necesito es el abrigo, porque el mundo me resulta frío". García vuelve a escribir en este sentido "una expresión del dolor del mundo a través de la experiencia individual". Y lo hace con la seguridad de que "la conciencia está en todos los sitios posibles. El lenguaje que la precede es el mismo para dar cuenta del humor, de la crítica, de la introspección. Así que no hay por qué escribir atendiendo a determinadas parcelas en detrimento de otras. La poesía, en este sentido, es una creación total en toda su humildad: sólo está hecha a base de palabras". Ser sin sitio prolonga así la idea de expansión de la conciencia que García había abordado en sus libros anteriores, especialmente la tríada formada por Caída (2002), El río de agua (2005) y Canción en blanco (2012), con el que ganó el Premio Loewe. Pero, en esta ocasión, introduce un matiz esencial: "Yeats señalaba al hablar de la conciencia que tendría que llegar el día en que detrás de todo eso apareciera una poesía espiritual. Y así ha sido en mi caso". Ser sin sitio incluye tanto poemas largos, ya visitados por García en sus tres libros anteriores, como sonetos; y es a través de éstos como el poeta dialoga "con los que ya no están, y con los que todavía no han nacido. Y lo hago a través de mí. Chesterton decía que la mayor democracia es la que da voto a los muertos, y yo creo que podemos renovar el pacto entre vivos y muertos a través de un gesto como la poesía". Uno de esos egresados es el propio Álvaro García, al que se dirige el poeta aún vivo en un ejercicio de proyección altamente significativo. No obstante, tal y como recordó ayer durante la presentación el editor Ignacio Garmendia, Ser sin sitio es un libro que sugiere mucho más de lo que dice y que, por tanto, parece pedir de entrada al lector más de un envite. El poeta admite que en su nueva obra "están toda la carnalidad, el sexo, la cama, el ascensor, con cierta locura. Por una vez he querido escribir sin sutilezas. Ya se acabaron. Pero también, a la vez, hay más cosas que no se ven y que, por tanto, se expresan de otra manera". García apunta al respecto que la sociedad actual está especialmente necesitada "de todo lo que no se ve. Y habrá que preguntarse cuánto tiempo podremos resistir así, con montañas de ansiolíticos. Lo que yo tengo claro es que la poesía es mi ansiolítico. Y que todo el mundo debería escribir poesía, porque eso te ayuda a ordenarte, a ubicarte". Ante un remedio tendido tan a mano, sin embargo, lo terrible es el agravamiento de la enfermedad: "A estas alturas, lo mejor que podríamos hacer es cambiar el nombre a la poesía, porque ya parece predisponer a algo contra el lector. Y a menudo han sido los poetas los encargados de enclaustrarla".

Con respecto a la estructura, Ser sin sitio se distribuye en cuatro partes en la que se alternan los poemas largos y los sonetos, una distinción directa de los últimos tres libros de García consagrados a poemas de más de quinientos versos. El poeta atribuye en gran medida la maniobra al editor, Ignacio Garmendia: "Yo estaba dispuesto a retomar el aluvión, pero él insistió en leer algunos de los sonetos que en los últimos años he escrito en los bares. Yo le di treinta y él escogió diecisiete". Garmendia, por su parte, señaló que "es posible reconocer los sonetos de García como suyos, y eso es muy difícil en un poeta". La tumba de Jane Bowles en Málaga inspira uno de los poemas largos. Todo está, cierto, lleno de dioses.

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