El Barroco alumbrado

El Festival de Teatro recupera la figura y la obra del dramaturgo malagueño del Siglo de Oro Francisco Leiva, una oportunidad para viajar al vertiginoso siglo XVII sin salir de la ciudad.

Pablo Bujalance

06 de enero 2013 - 08:20

En su amnesia endémica y a menudo perversa, Málaga se dirige a sí misma en lo que a su propia historia se refiere mediante el olvido. No resulta extraño que la importancia que tuvo la ciudad en el Siglo de Oro constituya un elemento escasamente conocido: muy poco hay ya en sus calles que remita, aunque sea de lejos, a la época del Barroco, y salvo algunas imágenes de la Semana Santa el ciudadano tiene pocas oportunidades de reencontrarse con lo que los siglos XVI y XVII dieron de sí, que no fue poco (hasta la casa taller de Pedro de Mena, emblema de este periodo en Málaga, fue reconvertida en el Museo Félix Revello de Toro). Es cierto que en el Barroco le fue conferida a la imaginería religiosa una presencia predominante que terminó definiendo su idiosincrasia y su posteridad, pero, si hablamos del Siglo de Oro como un fenómeno cultural sin parangón en la historia de España, lo que abarcó fue mucho más. Precisamente, como manifestación artística y popular, la exhibición pública de las tallas piadosas tuvo mucha relación con el teatro: ambos compartieron espacios, intenciones y éxitos, por más que las comedias anidaran en los corrales bajo la estricta vigilancia de la Inquisición. Si Málaga, cierto, llegó a convertirse en potencia admirada en el primer menester, no lo fue menos en el segundo; y es aquí donde la amnesia se acentúa. Afortunadamente, el Festival de Teatro de Málaga, que arranca el próximo 13 de enero y se prolongará hasta el 8 de febrero, ha decidido rescatar la obra y la figura de Francisco Leiva Ramírez de Avellano (1630-1676), dramaturgo muy celebrado en su época dentro y fuera de Málaga que nació y murió en la misma. Pocos referentes pueden dar hoy una idea tan precisa de lo que cundió aquí el Siglo de Oro.

El rescate de Leiva acontecerá los días 28 y 29 en el Teatro Echegaray con una lectura dramatizada, programada dentro del ciclo de actividades paralelas del Festival de Teatro A telón cerrado, de una de las piezas más conocidas del autor, No hay contra un padre razón. La obra ha sido adaptada para la ocasión por el también dramaturgo malagueño Paco Bernal, quien además se hace cargo de la puesta en escena. El reparto incluye a Federico Cassini, Rosa García, Manolo Barrera, Alberto González, Juan Carlos Montilla y Rafael Castillo Vega, entre otros. Se trata, según los promotores de la propuesta, de "una oportunidad de encuentro con el Barroco y con el ambiente teatral de la Málaga de entonces", lo que supone no sólo una novedad sino un verdadero motivo de celebración.

Discípulo directo de Calderón de la Barca y objeto de algunas reediciones recientes, Francisco de Leiva fue un autor admirado en su tiempo, especialmente por su habilidad a la hora de imprimir ritmo a sus comedias y por su dominio culteranista del lenguaje. El paso del tiempo, sin embargo, le ha relegado a un lugar discreto dentro del Parnaso de los escritores españoles. Esto se debe, en gran parte, a que su producción no fue muy extensa, dado que murió aún joven: cultivó la comedia palatina de capa y espada (El socorro de los mantos), la de figurón (Cuando no se aguarda y príncipe tonto) y la histórica (Antes que amor es la patria), además de entremeses y mojigangas. No hay contra un padre razón es tal vez su título más calderoniano y el que de manera más directa aborda el gran asunto del teatro del Siglo de Oro español: la honra. Pero su producción conservada hasta nuestros días no acumula muchas más obras. En la tímida proyección que a duras penas alcanzó tras su muerte también pudo influir su impronta: era Leiva, al parecer, un hombre solitario, poco amante del bullicio y la fama y sin interés en prodigarse. Tanto es así que algunas de las comedias antes citadas las firmó con seudónimo. Los historiadores no han encontrado constancia de que saliera una sola vez de Málaga, cuando era costumbre entre los dramaturgos del Siglo de Oro viajar con las compañías que representaban sus piezas para compartir las mieles del éxito.

Sin embargo, aunque llegara a evitarlo como antítesis absoluta y genial de Lope de Vega, Leiva supo del aplauso del público en su tiempo. No hay contra un padre razón acampó en numerosos corrales de toda España, y otra de sus obras, Nuestra Señora de la Victoria, se representó en 1672 en el corral de la Montería de Sevilla, uno de los más importantes del Siglo de Oro, que estaba instalado dentro de los Reales Alcázares. Esta circunstancia es síntoma de una evidencia: el Barroco, en lo que a teatro se refiere, no fue en Málaga una anécdota, sino que rubricó en la ciudad algunas de sus páginas más brillantes.

La Málaga de los siglos XVI y XVII era, como la actual, una ciudad de contrastes. El Puerto ganó una importante ampliación tanto a levante como a poniente, especialmente tras el estudio solicitado por Felipe II en 1585, y los diques como el de La Coracha se tradujeron en un notable esplendor comercial, con exportaciones masivas de vino, pasas, seda y otros productos textiles. Al mismo tiempo, sin embargo, la corrupción campaba a sus anchas: los Austrias tenían en el municipio uno de los bastiones de su gobierno, desde el que emprendieron una verdadera refeudalización a base de vender cargos. Esta situación degeneró en la creación de enormes bolsas de pobreza en la periferia de la ciudad y en la expansión de la delincuencia hasta niveles alarmantes: Málaga fue en esta época una de las ciudades más inseguras de España y en buena parte de sus barrios los asaltos y crímenes eran moneda habitual. El acoso de la Inquisición en busca de moriscos y cristianos nuevos fue además notoria durante buena parte del siglo XVI. Además de la redefinición urbana que sentó las bases del centro de la urbe que se mantienen en la actualidad, Málaga se sumó a la vida hacia fuera que preconizaba el Barroco con la aparición de nuevas plazas y mercados, las procesiones de santos y tarascas que configuraban el calendario litúrgico y las iglesias que conformaron un notable auge monumental.

Y esta Málaga tuvo también su corral de comedias, del que había noticias ya a finales del siglo XV. El mismo tuvo su origen en el común argumento de los primeros corrales en su género abiertos en España: una intención benéfica por parte de una institución religiosa. En este caso, los impulsores fueron los frailes Hermanos de la Caridad, consagrados al cuidado de los enfermos y moribundos. En una ciudad como Málaga, en la que las enfermedades infecciosas convertían las calles en regueros de cadáveres, la salubridad brillaba por su ausencia y la construcción del nuevo imperio en manos de Felipe II asfixiaba a los ciudadanos con impuestos hasta el punto de multiplicar exponencialmente el número de mendigos, semejante tarea entrañaba costes nada desdeñables. Por eso, la comunidad religiosa decidió organizar espectáculos con el objetivo de recaudar fondos. El corral de comedias, que ha sido estudiado por historiadores como Enrique del Pino, tuvo dos localizaciones, a ambas orillas de la calle Larios: la primera, en el patio de una casa de vecinos situada junto al Mesón de Vélez, en la calle que hoy tiene el mismo nombre; y la segunda, que entró en funcionamiento a partir de 1514 (aproximadamente veinte años después de la constitución del primero), en el patio del Hospital de Santa Catalina, que pertenecía a la misma comunidad de la Caridad y que ofrecía unas mejores instalaciones y servicios. Este hospital se localizaba en el cruce de las calles Desengaño y Naranjo, en el entramado urbano que se extendía entre lo que hoy son las calles Strachan, Bolsa y Molina Lario, reformado (y en gran parte eliminado) en el siglo XIX. Con este traslado, además, los frailes cumplieron su deseo de acercar la casa de comedias a la Catedral: con ello pretendieron tranquilizar a la Iglesia respecto a la naturaleza de los espectáculos allí programados.

Este corral de comedias seguía los patrones habituales en cuanto a público y usuarios. Los espectadores se distribuían en función de su clase social (los más pudientes ocupaban los balcones y ventanas, desde las que veían las representaciones mientras conversaban con tranquilidad, en un claro antecedente de los actuales palcos) y de género (las mujeres ocupaban la cazuela, la sección del corredor del primer piso frente al escenario, mientras que los varones se disponían en el patio y el resto de corredores). El espectáculo, por lo general, consistía, por este orden, en una loa inicial, el primer acto de la comedia , un entremés, el segundo acto, una danza u opereta, el tercer acto y una mojiganga o fin de fiesta. El corral se mantuvo en pie hasta el siglo XVIII y sufrió los reales cierres históricos, como el de 1646. Después, el olvido. No pocos corrales de vecinos sobreviven hoy en El Perchel y la Trinidad: en ellos nunca se representaron comedias, pero sí se celebraron actividades lúdicas y se cultivaron tradiciones que han perdurado hasta el presente. Trasladar el teatro a estos lugares permitiría a Málaga, en gran parte, recobrar su Siglo de Oro. Y serlo.

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