Cultura

Cine de ayer, de hoy y de siempre

Thriller-romance, Argentina-España 2009, 129 min. Dirección: Juan José Campanella. Guión: J. J. Campanella y Eduardo Sacheri. Música: Federico Justid. Intérpretes: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago. Cines: Alameda, Málaga Nostrum, Vialia, Rosaleda, Plaza Mayor, Rincón.

José Campanella cree en el amor, en la justicia y en Ricardo Darín. A pesar de su oficio televisivo (Ley y orden, House), su cine (El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda) es un canto nostálgico a las buenas formas de siempre, a los confortables y reconocibles pliegues de un clasicismo para todos los públicos. Se trata, decíamos, del amor y la justicia, encarnados en este Secreto de sus ojos en un doble ejercicio de romance dilatado y en la necesidad de cerrar los círculos abiertos por la escritura criminal. Una escritura de manual, menos sólida de lo que aparenta, que se escinde en dos tiempos que se comunican con mecánica fluidez y expositiva claridad para sostener todo el entramado de la cinta: un crimen a medio resolver que regresa 25 años después y un amor romántico que pervive en la memoria.

Difuminada la Historia, tan sólo nos queda aquí la esencia y las reglas de la ficción deudora de los géneros (criminal, romance, melodrama): un pulcro Darín, modelo varonil y sensible por excelencia, persigue los fantasmas y desvíos macabros de un crimen atroz y no se atreve a declararle su amor a su compañera de trabajo (Soledad Villamil).

El Campanella guionista parte de materiales ajenos (la novela de Eduardo Sacheri) y tira de oficio (con todos sus trucos y efectos) para convertir a su protagonista en narrador (caprichoso) de su propio relato. La ficción se justifica así desde un primer momento (novela in progress) y los viajes en el tiempo, rimados con tics facilones, responden a las preguntas del espectador, que son siempre las mismas de su protagonista. A su lado, tal y como mandan los cánones, unos secundarios trazados para el guiño cómplice o el contrapunto cómico (al personaje de Guillermo Francella se le reservan todos los chistes), completan un fresco guiado por las emociones enlatadas (música mediante) y la astuta dosificación de la información, por más que en ocasiones los quiebros sean de trilero o las resoluciones algo previsibles.

El Campanella realizador baja su cámara, afina los ángulos, decolora el pasado (un cliché como cualquier otro) y se permite algún alarde pirotécnico (la escena de la persecución en el estadio de fútbol) que haga pensar en un estilo visual que trasciende el academicismo imperante.

Tan efectiva como ensimismada, tanto que a veces confunde su intensidad con cursilería, El secreto de sus ojos juega con materiales, giros e imágenes de segunda mano (esa despedida en el andén) dominándolos para un propósito loable: se trata de hacer creer al espectador que todavía pueden hacerse películas como las de antes.

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