Tareas domésticas y otras mentiras

Cuerpo de batalla (I)

  • La sexualidad, la moralidad y la medicina se trenzan para evitar que la mujer desafíe la norma sexual y corpórea. El cuerpo de la mujer es el campo de batalla que modela la cultura machista

El cuerpo de la mujer, objeto de invasión por parte de la masculinidad hegemónica. El cuerpo de la mujer, objeto de invasión por parte de la masculinidad hegemónica.

El cuerpo de la mujer, objeto de invasión por parte de la masculinidad hegemónica. / Javier Albiñana (Málaga)

La principal lucha del feminismo contemporáneo pasa por lograr la igualdad real, igualdad que beneficiará al conjunto de la sociedad como se ha comprobado con cada logro pacífico de este movimiento político. Esta pugna por alcanzar la igualdad de condiciones –reales, insisto– debe impulsar una modificación radical de la significación de nuestra cotidianeidad, significación definida por las construcciones sociales y culturales dictadas por el patriarcado, especialmente agresiva con la experiencia de la vida de las mujeres debido a la configuración del neoliberalismo que ha hecho del cuerpo de la mujer campo de batalla perfecto sobre el que librar tácticas y estrategias medidas según mercado. Para que nadie se ponga nervioso, cuestión habitual cuando se hace carne la expresión neoliberalismo, aclarar que el feminismo contemporáneo cuestiona al neoliberalismo no per se, lo pone en entredicho porque considera a la mujer un bien más, intercambiable y cuantificable, con todo el daño y sufrimiento que ello implica y las autorizaciones que le concede al hombre sobre nosotras. El feminismo necesita al mercado, un mercado con perspectiva feminista, centrado en las personas y no en la voracidad que define al actual entramado económico. Soy consciente de que esta última aseveración puede levantar alguna que otra ampolla, pero ya va siendo hora de que asumamos contradicciones para poder generar debates de calado intelectual que nos permitan avanzar.

Pero volvamos la mirada hacia "aquello que sucede los miércoles" como diría Mariela Michelena. Regresemos a la vida y su complejidad. Esta significación de la rutina desde los dictados de la masculinidad hegemónica pasa por una invasión insistente de nuestro espacio/cuerpo –la denominada burbuja antropológica tan frecuente en la cultura anglosajona– en semáforos, paso de peatones, supermercados, aeropuertos,… escenarios propios de la urbe y no lugares. Esta invasión del espacio que nos define y que necesitamos para relacionarnos con respeto y dignidad con el resto de la sociedad no es el único elemento de acción cotidiana que el patriarcado introduce en la significación de la rutina, cuerpo mediante. La invasión y agresión, la desposesión y abuso, el cuerpo normativo, la salud según parámetros masculinos, la maternidad, prostitución,… cada uno de los elementos que componen esta enumeración tienen al cuerpo por centro de ataque, análisis y revisión.

Debemos revelarnos ante el uso perverso de nuestras anatomías en cualquier ámbito de la cotidianeidad; nuestro cuerpo es ese campo de batalla que la cultura machista moldea según época. La cultura clásica nos arrebató el placer sexual, nos redujo a concepción, desde entonces, hemos visto acontecer multitud de imperativos estéticos e identitarios que han utilizado nuestro cuerpo según el pensamiento hegemónico, bien como moneda de cambio, vasija y terreno para la experimentación. Pero aquí seguimos –no lo olvidemos–. Amaneciendo cada día con la esperanza de que esta secuencia infame de agresiones a nuestro cuerpo, a quienes somos, cesará.

Enfermedad y sexualidad

En relación con el modelo androcéntrico de sexualidad y las enfermedades de las mujeres, dos horizontes que no sólo llevan a sus espaldas multitud de víctimas sino también grandes beneficios, quiero rescatar un ensayo que considero imprescindible para entender esto de la agresión al cuerpo en el terreno de la sexualidad y medicina androcéntricas: La tecnología del orgasmo. La histeria, los vibradores y la satisfacción sexual de las mujeres (milrazones, 2010), de la historiadora Rachel P. Maines. Esta obra arroja mucha luz sobre la concepción androcéntrica del cuerpo de la mujer y sus consecuencias en la actualidad en relación con la significación de nuestra identidad corpórea. La histeria, expresión que goza de naturalidad en su uso lingüístico, nos persigue desde que se nos negó el goce sexual y fuimos encerradas en la institución del matrimonio como paradigma sexual dominante. La histeria comenzó a ser considerada enfermedad desde al menos el siglo IV antes de Cristo hasta que, en 1952, la American Psyquiatric Association eliminó el término. La llamada ‘enfermedad del útero’ mostraba "una sintomatología coherente con el funcionamiento normal de la sexualidad femenina, que encontraba alivio, cosa nada sorprendente, mediante el orgasmo, fuera por coito en la cama matrimonial o por masaje en la mesa del médico". Aleluya.

Maines emprende una evocadora investigación en torno a la sexualidad femenina insatisfecha y el tratamiento médico para lograr la estimulación sexual, una investigación que analiza la visión androcéntrica del sexo –sexo igual a penetración– visión que elimina a la mujer como ecuación fundamental en el terreno y analiza el perverso negocio médico y su coste en el cuerpo de las mujeres. «Los doctores eran una élite masculina con control sobre su vida laboral y sobre su instrumentación, y las mejoras en la producción médica de orgasmos pagados podían aumentar los ingresos. Los médicos tenían tanto los medios como los motivos para mecanizar». Y es que en nuestra cultura existen medios muy poderosos dirigidos a ignorar las demandas de las mujeres en materia sexual ya que ello obligaría a una revisión en profundidad de la concepción patriarcal del cuerpo de las mujeres, del cuerpo de la mitad de la población, entidad en permanente pugna por ser para dejar de estar según el canon patriarcal.

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