Cultura

Fragilidad, dignidad... esencia Ruibal

Teatro Echegaray. Fecha: 5 de mayo de 2011. Voz y guitarra: Javier Ruibal. Piano: Iñaki Salvador. Percusión: Javi Ruibal. Aforo: Lleno (cerca de 300 personas).

Se puede arrastrar el membrete de cantautor, contonearse con él y hasta mendigar a su costa como si fuera el mayor de los estigmas. Pero también se puede ser Javier Ruibal y olvidarse de todo lo anterior. Él canta y es autor, pero ni lo uno ni lo otro titulan su oficio. El gaditano es músico y no necesita precisarlo. Ayer en el Teatro Echegaray volvió a dar una lección de genialidad sin pretenderlo. Porque no es fácil después de 30 años sobre las tablas seguir estremeciendo como lo hace, ni abrir esa caja de ritmos que posee -privilegiado- entre el corazón y la sesera y que salga de ella Cádiz, entero, pero también Manhattan, La Habana, Estambul, París y Alejandría y hasta la Granada de Morente. A solas con su verbo, acompasado con su guitarra o la buena compaña del maestro Iñaki Salvador al piano y de su hijo Javi a la percusión -la herencia promete-.

Las 300 personas que anoche interpelaron el repertorio ruibalero sabían a lo que venían. "Vamos a pasárnoslo bien, que a eso hemos venido", recordaba el culpable de dos horas de entrega a los acordes del amor y el dolor a partes iguales. El caballero del sombrero de ala ancha se sabía recién llegado de EEUU y quiso mostrar su equipaje para que todos viéramos que allí caben más besos que días. Que sigue sin entender que hace un gitano entre los rascacielos, y recordar que la Gloria de Manhattan sigue viviendo por encima del quinto piso. Han pasado los años, y puede que hasta la hora de los besos pero él, no puede evitar seguir llamando a ese ave del paraíso que esfuma en su cola los amores sin compromiso. Da igual que en mayo salga el sol por Saturno que a Ruibal se le espera. Lástima que a Tu nombre le sobrase instrumentación porque para evocar ese venenoque cura porque hiere y que mantiene viva la lumbre, no necesita más que garganta y cuerdas. Para el resto de sus partituras, piano y batería supieron estar a la altura, la necesaria para transportar al respetable a todos los mundos posibles. Su trotamundos compró 300 billetes al caribe de Isla mujeres, otros tantos a esa Cuba "que se está cayendo a pedazos" y unos cuantos de vuelta a quién sabe dónde está aquella Rosa de Alejandría que no florece en ningún jardín. Y para coger aliento, nada mejor que una parada en la memoria de Enrique Morente y sus alquimias, de las que tanto bebe el del Puerto. Termina el trayecto y al cicerone aún le dio tiempo de adelantar algo del próximo, de cantarle una nana inédita al agua de Senegal y hasta rendir tributo a la fragilidad. La de Sting, la suya y la de todos los oídos. Hoy repite dignidad sonora. Por si alguien se quedó con ganas de pasearse por la Pensión Triana.

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