Corrida Goyesca de Ronda

La Goyesca resurge en el capote de Aguado

  • El joven espada corta tres orejas en una inspirada tarde de toreo de capa con el cartel de ‘no hay billetes’

  • Morante de la Puebla obtuvo un trofeo ante el tercer toro

  • La corrida de Juan Pedro salió falta de fuerzas

Pablo Aguado, con el sobrero al que cortó las dos orejas, este sábado, en la Plaza de Toros de la Maestranza de Ronda Pablo Aguado, con el sobrero al que cortó las dos orejas, este sábado, en la Plaza de Toros de la Maestranza de Ronda

Pablo Aguado, con el sobrero al que cortó las dos orejas, este sábado, en la Plaza de Toros de la Maestranza de Ronda / Daniel Pérez / Efe (Ronda)

La ciudad callada. La feria sin toros y los toros sin feria. Las dos caras de una dicotomía que deja las primeras bajas en el camino. El jaque al ciudadano de toda la vida condenado a una goyesca fuera de la semana con mayúsculas. Para Marx, lucha de clases. Para el resto, simplemente toros. La rentabilidad de un inmueble privado como argumento indisoluble. Se colgó el cartel de “no hay billetes”, aunque algunas pequeñas claras se pasearon entre el sol y sombra hasta iniciado el festejo. Ronda seguirá siendo la única máquina del tiempo inventada hasta el momento. El último vestigio del pasado que sobrevive a la modernidad. Cada paso dado en la cuna del toreo es la nostalgia por un tiempo no vivido. Por un recuerdo desconocido. Por cualquier lugar de la historia que fue mejor. O eso dicen.

Aquí toreaban Morante y Aguado que, si no lo supera, al menos iguala el refrán. Los 70 pasos desde la puerta de cuadrillas hasta las cenizas de Antonio Ordóñez son metáfora de la disyuntiva presentada cada tarde de toros. La vida y la muerte. Las generaciones retroalimentadas que no coincidieron. El caminar solemne, festivo y fúnebre a la vez, cadente en su alegría, fue preludio de la 63 corrida goyesca. Había un cartel de arte que tenía que celebrarse. El festejo era propicio para que se rememorara aquella anécdota que cuentan de los jesuitas vascos, que en las jornadas electorales acababan preguntando: “¿Cuál de los nuestros ha ganado?”. En ello discurrió la tarde, dentro de un hooliganismo superlativo.

Morante de la Puebla, con el primero de la tarde. Morante de la Puebla, con el primero de la tarde.

Morante de la Puebla, con el primero de la tarde. / Daniel Pérez / Efe (Ronda)

La histeria de Pablo Aguado se extendió pronto por los tendidos. El toreo de capa acababa de llegar a Ronda; se vio en la verónica, se vio en las chicuelinas y se vio con dos medias que se jalearon en cada lance. Cosas del fanatismo, que, antes del remate, ya había cantado el olé. El resultado de cada capotazo hizo finalmente justicia. No se le picó nada al flojísimo segundo. Iván García saludó tras dejar dos sensacionales pares. En la más absoluta carencia de bravura y fuerza, sobresalió un cambio de mano con sello de la casa. Cuando tomó la espada, algunos aplaudieron para acto seguido acompasar las palmas como protesta hacia el animal. Otra contradicción más. Amagó con echarse el animalito hasta que finalmente hubo motivo para ello. Un pinchazo, otro y cayó. Pitos para el de Juan Pedro y ovación para el torero.

Aguado echó las dos rodillas en tierra y lanceó con una larga cambiada que luego acompañó de media docena de verónicas que bien justificaron el precio de la entrada. Vendrían más. La media fue a cámara lenta, quedando impregnado el albero del regusto torero de la capa sevillana. Se le coló de inicios por el pitón izquierdo, resurgiendo los primeros derrotes protestones que, con el paso de la faena, se fueron atemperando. La media arrancada sirvió para enlazar varias tandas ajustadas por el derecho. Primero en la distancia, después en la cercanía. Tomaría de nuevo la zurda para templar por este pitón, resultando especialmente destacables los personalísimos remates del diestro. En la faena hubo más arte que toro, predominancia del concepto ante las vicisitudes de la práctica. La banda hizo un amago tardío de interpretar el pasodoble, que fue recriminado por el público con notas de pitido. Al final, resurgió nuevamente el regusto torero en el cierre de faena y una media estocada sirvió para que Aguado cortara la oreja.

En el sexto –cómodo de hechuras y más terciado que el resto– apareció el capote de Aguado. Ay, para qué más. Los números dicen que fueron once verónicas y una media. No deja de ser cierto pero la verdad es que aquello era mucho más. Cada lance, una caricia al terciopelo maestrante. Un homenaje al arte del toreo. Una justificación de alarde para aquellos que lo vieron. Mucho más. La media todavía no ha acabado. Los sombreros comenzaron a sobrevolvar el último piso hasta aterrizar en el ruedo. Las palmas por tangos celebraban la emoción. La sonrisa ocupó la cara de su madre. Luego un quite por chicuelinas en el frenesí de los tendidos… Pero las palmas por tangos se transformaron en gritos de “¡fuera, fuera!” cuando el torito empezó a no aguantar ni una tanda completa en pie. Poco pudo hacer y la falta de fuerza devolvió a los espectadores a la realidad. El público ovacionó una faena que culminó en una sucesión de pinchazos.

Pablo Aguado sale a hombros de la plaza. Pablo Aguado sale a hombros de la plaza.

Pablo Aguado sale a hombros de la plaza. / Arjona (Ronda)

La cosa no acabó ahí. Cuando parecía que todo había llegado a su fin, una voz salida de la megafonía devolvió la ilusión: “Atención, el matador Pablo Aguado va a lidiar un sobrero”, regalo de Morante de la Puebla. Salió un sobrero de Domingo Hernández, como también salió el capote del torero. Arrebatado. Brindó a Ronda y sonó Concha flamenca. El inicio fueron cuatro carteles de toros. Después un derechazo, después otro, después un cambio de mano eterno. Después… No hubo tiempo presente. Aquello era tan efímero que solo podía residir en la conciencia de los que lo vieron. La trompera templada marcaba el compás. La mano izquierda fue la consumación de un torero. De un cambio de momento en la tauromaquia. Poco más hizo falta. El sensacional toro continuaba embistiendo por bajo ante las caricias de la franela. Tras el espadazo entero, el desmadre de la plaza. Murió sin puntilla el toro y desde presidencia asomaron los dos pañuelos blancos.

Morante meció la capa ante el primer Juan Pedro con el regusto de la verónica. El toro había salida muerto. Sin fondo alguno. Una tanda buena por el izquierdo tuvo. Luego el público aplaudió más los últimos derechazos por un “¡Viva España!” fuera de contexto que por el verdadero contenido de los mismos. Pinchó, dejó media y el animal acabó cayendo. El público guardó el silencio.

Morante de la Puebla, en una faena con la mano derecha. Morante de la Puebla, en una faena con la mano derecha.

Morante de la Puebla, en una faena con la mano derecha. / Arjona (Ronda)

Al tercero, de correcta presentación y justas –por no decir escasas– defensas, lo recibió Morante a la verónica. Se enroscaría en el tirabuzón de su capote para ejecutar tres chicuelinas de esbelto resultado. Brindó a Abascal, el político, el amigo. Muchos aplaudieron y otros pitaron. Las dos Españas. Lo cierto es que el de La Puebla llenó de detalles una faena de cositas, que dirían algunos. Enriqueció de gusto unas tandas por el derecho, desnutridas de ajuste pero coreadas en la idiosincrasia del alboroto. Lo de siempre. Las facilidades del toreo perfilero y la línea recta que pronto fueron suplidas por ajustados naturales, de cintura encajada y muletazo a la espalda. Culminó la faena en los remates, los molinetes sobre la verticalidad de su eje y una tanda derechista que acabaría con un pinchazo, una estocada entera y la oreja (tras aviso) en manos de Morante.

En el quinto, manso de salida, Raúl Ramírez ejecutó el salto con garrocha. Lo único reseñable. Con la muleta, el torero acentuó los defectos del de Juan Pedro, optando por abreviar directamente. Con la espada se reiteró a pinchar y haciendo guardia en la última entrada. Un vecino de localidad, viendo que no había manera de que Morante dejara la espada, gritó: “¡Dale carne mechá!”. Pues eso. Silencio para el de la Puebla y apoteosis de un descomunal capotero Pablo Aguado. Aquellas verónicas quedarán por siempre. ¿Para qué más?

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