Cultura

Gran ensayo visual sobre una cierta América de 1961

Drama, EE.UU 2013. 105 min. NRM12. Guión, dirección y producción: Ethal Coen/Joel Coen. Intérpretes: Oscar Isaac, Carey Mulligan, Murray Abraham, John Goodman, Justin Timberlake, Fotografía: Bruno Delbonnel. Vestuario: Mary Zophres. Cines: Vialia, Plaza Mayor, Rincón.

Que los Coen son unos grandes guionistas y directores es tan cierto como que sus películas son de una desconcertante desigualdad que va de las obras maestras (Fargo, No es país para viejos, Valor de ley) a las películas tan inteligentes como interesantes (Sangre fácil, Arizona Baby, Muerte entre las flores, Barton Fink, El gran Lebowski, Un tipo serio), pasando por las películas pedantemente fallidas (El gran salto, Oh Brother!, El hombre que nunca estuvo allí, Quemar después de leer) para acabar en los churros asombrosamente impropios de quienes han demostrado tanto talento (Crueldad intolerable, Ladykillers). No conozco otro caso en el que se pueda ir y venir con tanta soltura de la genialidad a la imbecilidad.

¿Dónde se sitúa A propósito de Llewyn Davis? Entre la primera y la segunda categoría, entre la obra maestra y las películas tan interesantes como inteligentes. Difícil ahora saber si quedará entre las primeras o las segundas. De momento tiendo a pensar que entre las primeras. Pero hay que esperar que el tiempo pase por ella y sobre todo por nosotros, disipando el deslumbramiento formal que produce. Porque antes que ninguna otra cosa A propósito de Llewyn Davis es un ensayo visual sobre una cierta Norteamérica de principios de los años 60 vista a través de unas minorías del Nueva York marginal de Greenwich Village que aún no tienen la proyección sobre las mayorías que pronto tendrán gracias al apoyo de las grandes discográficas. Si Nueva York es un verso suelto en los Estados Unidos, aquel barrio bohemio aún no inmortalizado por cantantes y escritores era, a principios de los 60, otro verso suelto en la ciudad.

Lo que cuentan, la historia de los fracasos de unos de los precursores de la edad de oro de la canción folk que Bob Dylan convertirá en un fenómeno mundial junto a un recuperado Pete Seeger y a los jóvenes Joni Mitchel, Joan Baez o Peter, Paul & Mary, parece un pretexto para dar vida, con una asombrosa minuciosidad en el tono fotográfico, los tipos (maquillaje y vestuario) y los ambientes (escenografía), a las fotografías de los clubs y grabaciones discográficas de Helman Leonard, a los retratos de Arnold Newman, a los paisajes urbanos de Lee Friedlander, a los humillados y ofendidos de Walker Evans, a las criaturas de Diane Arbus, a la cotidianidad americana de Robert Frank y muy especialmente a las obras del cronista de la América de los 50 y los 60 que fue Dennis Stock (cuyo Nueva York se reproduce con extrema fidelidad) y del fotógrafo de era del rock (y retratista de Bob Dylan) Barry Feinstein. A lo que sumaría la influencia del Bob Fosse de Lenny.

Si el cine es el arte de la imagen esta película es una obra de arte. Muy pocas veces una época ha sido tan minuciosa, fiel y creativamente evocada. Su relativa proximidad a nosotros hace aún más difícil el reto. Retrato de un personaje que realmente existió, un cantante folk de gran talento que irrumpió demasiado pronto y tuvo demasiada mala suerte, una especie de Juan Bautista del mesías Dylan, esta película es también el retrato de una época (inicio de los 60) representada por unos tipos que los Coen trazan como seres crueles y risibles, despiadados y esperpénticos, sórdidos y truculentos; a veces, solo a veces, matizados por una cierta ternura.

El año en el que desarrolla A propósito de Llewyn Davis, 1961, es también el de la llegada de un desconocido Bob Dylan a Greenwich Village. Pero pronto Dylan encontró al John Hammond que lo fichó para CBS y lo mantuvo pese al fracaso de su primer disco, y al manager Albert Grossman que lo convirtió en una estrella con su segundo disco en 1963, solo dos años después de llegar a Nueva York. El personaje real que en esta película se llama Llewyn Davis, y que en realidad se llamaba Dave Van Ronk (1936-2002), nunca se encontró con un Hammond o un Grossman. De sofá en sofá, de calle en calle, de garito en garito, vivió con su gato a cuestas la mala vida del precursor. No careció de reconocimientos, pero solo entre los iniciados que le llamaban el alcalde de la calle MacDougal. Desgraciadamente para él su alcaldía nunca excedió esta calle del Village y nunca llegó a los despachos de CBS, Vanguard o Warner, los poderosos sellos en los que grababan, ganando fortunas, Dylan, Baez o Peter, Paul & Mary. La contracultura y la protesta se convirtieron en moda, y por ello en un muy provechoso negocio que interesó a las grandes multinacionales, justo en estos años.

En el retrato de este personaje vocacionalmente fracasado y sin problemas para malvivir en las casas y de los dineros de los demás la ternura se abre camino con dificultad, entre la sordidez y la suciedad de unas formas de vida a la vez exaltadas y representadas con una crudeza que linda con la antipatía. Es curiosa y desconcertante la mezcla de apego y desapego -hasta crueldad- hacia el personaje y su mundo que muestran los Coen. Ese apego y desapego puede contagiarse a los espectadores, fascinados por este ensayo visual sobre el Greenwich Village de 1961, con el trasfondo de la América de la época, a la vez que indiferentes hacia la suerte de los personajes. Como si fueran entomólogos contemplando insectos. En el terreno de las interpretaciones, siendo todas extraordinarias, los colosos son John Goodman, Justin Timberlake, F. Murray Abraham y Carey Mulligan. Sus caracteres tienen la misma fuerza, o más, que el protagonista.

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