arte

Imágenes del abismo

  • El malagueño David Escalona presenta en Granada una reflexión en imágenes de vídeo sobre la infancia, donde verdad v violencia se revelan enteras y decisivas

Sorprende cómo David Escalona, quien nos tiene acostumbrados a sus extraordinarias instalaciones, ha conseguido trasladar su universo a los vídeos que se proyectan en Condes de Gabia. Ciertamente, esas imágenes en movimiento transmiten muchas de las sensaciones que recibimos a través de sus piezas escultóricas y ambientales, como las que expuso recientemente en la Galería Isabel Hurley de Málaga. Su escultura instalativa raya en el enigma y en la estudiada ambigüedad de una realidad en constante cambio -en proceso de metamorfosis- que juega a desdibujar sus límites o, lo que es lo mismo, a cuestionar su estatuto de certeza. Ésta destaca por el tratamiento exquisito de materiales como el alabastro y la porcelana y por el alto grado de ejecución. Por ello sorprenden aún más muchos de los vídeos que proyecta, grabaciones de entornos naturales (el nacimiento del río Genal y arboledas cercanas), tradiciones que se desarrollan en el mundo rural (la quema de Judas en la localidad malagueña de Igualeja) e imágenes que, literalmente, salen a su encuentro (una jaula de un centro de recuperación de aves con 17 buitres y un cuervo), y que el artista las registra movido por lo que de revelador y de identificación tienen para él. Frente a la sostenida elaboración y al minucioso trabajo de sus esculturas y dibujos -el dar forma a un mundo propio-, surge la inmediatez y la apropiación de esas otras realidades que no dependen ni se deben a él pero que a su vista adquieren una significación y dimensión distintas, prestas para sacudirnos con un profundo eco y una resonancia que no imaginamos hasta que Escalona las reúne y las pone a dialogar entre sí. El artista parece un cazador de imágenes que encuentra e incorpora, como si fueran objets trouvés, a su universo porque, precisamente, su universo, sus preocupaciones, sus intereses o su imaginario se proyectan en ellas. En otros vídeos, a través de acciones, evoca episodios de su niñez que no dejan de ser alegorías de la vida y de la muerte, así como de la profunda relación entre ellas; del nacimiento, de la enfermedad, de la incapacidad, de la fragilidad de la existencia y de la cercanía e interdependencia del hombre y el animal, actuando el último como un Otro en el que reflejarnos para descubrirnos.

De hecho, Con olor a sangre en la nariz es la segunda de las exposiciones de un proyecto que se articula en tres muestras (junto a ésta, la recién clausurada El pan, en Isabel Hurley, y la última en la Galería Fúcares en 2012) en las que recupera la infancia a través de las experiencias absolutamente reveladoras que marcaron este periodo en su vida. Precisamente inicia la proyección un vídeo de unas polillas apareándose sobre una camisa blanca que remite a la estancia en el hospital cuando era niño y sufrió un accidente. Las polillas de seda, las cuales criaba en una caja bajo la cama, se convierten en metáfora de lo mutable de la apariencia. En la metamorfosis de éstas, el Escalona niño encuentra el reflejo de su estado: los capullos de seda que envuelven a la crisálida, antes gusano y después, tras deshacerse de la protección, polilla, son una metáfora de las vendas que ocultan su cuerpo tras cada operación y que una vez retiradas ofrecen un nuevo estado. Son, a su vez, una rotunda alegoría de la proximidad de la vida a la muerte, pues tras la cópula y la puesta de huevos mueren. A partir de aquí se suceden secuencias destinadas, de un modo dialéctico, a hablarnos sobre la regeneración, lo reparador y el (re)nacimiento tanto como del sacrificio, la muerte y el dolor. Los recuerdos afloran: los paisajes de la niñez, las extremosas tradiciones populares y los sacrificios de chivos y corderos a los que asistía. El lirismo y la belleza no pueden evitar que la narración nos atrape y aturda por momentos, nos cautive y desasosiegue y nos sitúe ante un abismo de verdad y violencia que gobierna el devenir de la vida y que hacemos por apartarlas de nuestra cotidianeidad por mor de un mundo cada vez más (falsamente) aséptico, atiborrado de muerte retransmitida pero temeroso ante el muerto y la muerte, devorador de violencia y sangre pero hipersensible y abrumado ante las formas más arcaicas y palpitantes de vida y sacrificio.

Escalona crea una sofisticada narración visual en la que cada pieza fílmica remite a otra estableciendo una cadena de significantes y significados, esto es, que en los diferentes vídeos, cada uno de los nuevos elementos icónicos y ambientales que aparecen remiten, como metáforas o deslizamientos, a otros anteriores: las polillas con sus alas atrofiadas que se asemejan al cuello de la camisa blanca sobre la que se aparean y a las alas incapacitadas de los buitres; la seda del capullo que las arropa es la seda de la camisa que viste al propio artista y lo textil que envolvía su cuerpo operado; la caja agujereada donde ponen los huevos y desarrollan la metamorfosis es la caja donde, en otra secuencia, mueren ahogadas, así como una suerte de jaula como la de los buitres; el agua en el que perecen las polillas es el agua del nacimiento del río (agua como sustancia de vida y muerte); el ojo del cordero avanza el sol cegador con el que se cierra la proyección.

En la sala hay una sola presencia escultórica que se enfrenta a los vídeos. La escultura, una especie de crucificado realizado con troncos y ramas, es obra de Manuel Puertas, a quien Escalona invita a participar pues, ante ella, quizá siente una especie de revelación como siente ante muchas de las imágenes grabadas: Puertas, como Escalona en los vídeos, toma esos fragmentos de los paseos en la naturaleza para, después, componer un solo cuerpo, que, casualmente como las filmaciones, nos enfrenta, entre otras cuestiones, al sacrificio. La figura grotescamente antropomórfica del crucificado, que pudiera ser desde el personaje mitológico de Marsias (desollado en un árbol como el fin que le espera al cordero que aparece en uno de los vídeos), hasta la figura de Cristo, paradigma del sacrificio, pasando por la de Prometeo (atado y su hígado picoteado por un águila), ha de relacionarse forzosamente con la jaula de los buitres. Éstos, los mismos que hacen cernir la amenaza sobre el tierno cordero -casualmente símbolo cristológico-, revolotean torpemente sobre un leño que hace las veces de reflejo del crucificado escultórico.

Gracias al lirismo, la belleza y cierta promesa de reparación, las imágenes de Escalona nos sitúan ante un abismo y consiguen que permanezcamos firmes y expectantes ante él.

David Escalona Palacio de los Condes de Gabia (Sala Ático) Plaza de los Girones, 1, Granada. Hasta el 11 de diciembre.

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