Cultura

Mano a mano frente al siglo

  • El Museo Carmen Thyssen inauguró ayer la exposición temporal 'Casas - Rusiñol. Dos visiones modernistas', con medio centenar de obras de los artistas catalanes, introductores de la bohemia

Tal y como explicó ayer la directora artística del Museo Carmen Thyssen, Lourdes Moreno, la costumbre de salir a pintar en pareja (o en grupo, que de todo hay) la instauraron los modernistas: Pissarro y Cézanne comparecían juntos ante los mismos motivos y luego cada cual los trasladaba al lienzo a su manera. La práctica perduró hasta bien entrado el siglo XX, y con las vanguardias metidas ya en todas partes fueron Picasso y Braque los más visibles representantes de la tendencia. Braque, de hecho, acuñó una expresión felizmente ilustrativa de esta evocación del Jano bifronte en el lienzo al referirse al malagueño y a él mismo como "dos alpinistas de una misma cordada". Pero, en la historia de la pintura española, han sido los catalanes Ramón Casas (1866 - 1932) y Santiago Rusiñol (1861 - 1931) los más eficaces actores del tándem: los dos compartieron historias vitales comunes (el nacimiento en familias burguesas acomodadas, el rechazo común a trabajar en las industrias familiares, el descubrimiento de la bohemia en París y la incorporación de la misma al incipiente modernismo español, la fundación de la legendaria cervecería Els Quatre Gats, el gusto por los viajes, la similar consecución del éxito, las temáticas y técnicas; incluso en las divergencias, principalmente de registros -Casas despuntó en el retrato y Rusiñol prefería los paisajes, especialmente los jardines- sus inclinaciones resultaron poderosamente complementarias) y realizaron doce exposiciones compartidas desde 1891 hasta la muerte de Rusiñol en 1931. Precisamente, la muestra temporal Casas - Rusiñol. Dos visiones modernistas que se inauguró ayer en el Museo Carmen Thyssen, donde podrá verse hasta el 1 de marzo, es la primera exhibición dedicada a ambos desde entonces, ocho décadas después. De modo que el proyecto no sólo permite descubrir de primera mano los procesos que siguió la incorporación de los lenguajes protovanguardistas a la pintura española desde finales del XIX; también entraña, per se, una ocasión histórica de altura.

Casas - Rusiñol reúne un total de 41 óleos (20 de casas y 21 de Rusiñol) y, en la sala noble del Palacio de Villalón, once piezas de una disciplina distinta en la que ambos destacaron singularmente: el cartel. El visitante podrá encontrar ocho carteles de Ramón Casas (incluidos los dos que realizó para el Anís del Mono, que llegaron a crear tendencia internacional y a ser reconocidos en medio mundo) y tres con los que Santiago Rusiñol promocionó sus propias veladas literarias. Las piezas proceden de la Colección Carmen Thyssen, el Museo Reina Sofía, el Museo Nacional de Arte de Cataluña, el Museu de Cau Ferrat de Sitges y el Museo de Montserrat, entre otros, así como de diversos coleccionistas privados que han preferido permanecer en el anonimato. Los seguidores de ambos artistas disponen en el museo malagueño de un festín por derecho: la exposición reúne obras verdaderamente icónicas y reconocibles, como Interior al aire libre (1892, posiblemente la representación más fidedigna y reproducida de la burguesía catalana, que cierto crítico de la época definió como "una sinfonía de malvas"), Mujer de blanco (1891) y Retrato de Montserrat Casas (1888) de Ramón Casas; así como Gran Bal (1891) y El patio azul (1892) de Santiago Rusiñol. Lourdes Moreno destacó la presencia en la muestra de dos cuadros nunca expuestos anteriormente: Interior del Moulin de la Galette (1890 - 1891), en el que Casas reprodujo el entorno parisino en el que se instaló junto a Rusiñol y desde el que accedió a la bohemia más pura, si bien, dados los orígenes burgueses de ambos, y de nuevo según Moreno, esta adscripción a la bohemia fue más fingida que real; y el Retrato de Mercedes Llorach (1901), también de Casas, que procede de los fondos del Reina Sofía y que el Museo Carmen Thyssen ha adoptado como reclamo principal de Casas - Rusiñol. Dos visiones modernistas.

La exposición se abre con toda una declaración de intenciones: un retrato de Ramón Casas realizado por Santiago Rusiñol en 1889 en el que el primero aparece como velocipedista. Despuntan ya en estos primeros años el Casas retratista (el Retrato de Montserrat Casas, de 1888, es especialmente representativo de este periodo) y el Rusiñol paisajista de cierto ánimo costumbrista (Tarde de lluvia, de 1889; y el monumental La fábrica, del mismo año). El fabuloso Grand Bal se desprende de una vez de todo asomo pintoresco y a partir de aquí París acontece en diferentes estampas (Laboratorio de la Galette, de Rusiñol, de 1890- 1891; Montmartre, de Casas, de 1891) así como en complicidades más íntimas (Erik Satie. Un bohemio, retrato realizado por Rusiñol en 1891 al genial compositor, con quien ambos artistas trabaron amistad; o Aux Aguets, pintado por Casas en 1891). Los paisajes catalanes que Casas y Rusiñol admiraron en sus viajes se suceden con algunas evocaciones al modernismo más áspero y, por tanto más puro, como en el genial cuadro de Rusiñol La morfina (1894). Siempre, y en todo caso, en un juego de espejos en el que los cómplices juegan a citarse, desdecirse, descubrirse y a menudo ser el otro.

Articulada en cinco secciones (Artistas y burgueses, Dos bohemios en París, Paisajes compartidos, Plenitud creativa y Caminos divergentes), Casas - Rusiñol narra la llegada de la pintura española a la modernidad. Y bastan cuatro manos.

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