Sátira americana para tipo con traje

Santiago Ramos es el presidente Charles Smith en 'Noviembre'.
Pablo Bujalance

28 de enero 2010 - 05:00

XXVII Festival de Teatro. Teatro de Málaga. Fecha: 27 de enero. Versión y dirección: José Pascual. Texto: David Mamet. Reparto: Santiago Ramos, Ana Labordeta, Cipriano Lodosa, Jesús Alcaide y Rodrigo Poisón. Aforo: Unas 500 personas (media entrada).

Quienes dicen por ahí que el teatro americano está agotado, sobre todo para los europeos, deberían ver Noviembre. Por más que la primera referencia que se venga a la cabeza sea ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú de Kubrick, la pieza constituye un feliz episodio de teatro americano, en sentido estricto: el Mamet que estrenó esta obra en los estertores de la Administración Bush es el mismo que prendió fuego al capitalismo en Glengarry Glenn Ross; es cierto que aquí adopta la comedia, y en plan salvaje, con toda la incorrección política de que ha sido capaz, sin escatimar mala leche y con un tufo a melopea que huele a kilómetros (quienes, por cierto, quieran buscar conexiones con los felices años 60 andarán equivocados: sólo una sociedad capaz de pintar una caricatura de Obama como supremo líder terrorista en la portada del New Yorker y rendirse a los encantos de productos televisivos tipo Family Guy puede parir un artefacto semejante), pero las claves siguen siendo las mismas: un desarrollo basado en el trabajo interpretativo y una trama que adopta forma de conflicto. Sólo que aquí el conflicto oscila entre el saqueo de la industria nacional del pavo y el bombardeo nuclear a Irán. Noviembre es una sátira abrumadora, de una arquitectura llena de pliegues que no deja respiro desde la primera escena hasta el dionisíaco final. La juerga padre, vaya. Pero también un digno exponente de una tradición teatral, la americana, que demuestra que con poco se puede decir mucho. Mamet insufló aires nuevos a este paradigma hace 40 años a partir del drama que ya preconizaron Albee, Williams y Miller. Ahora lo ha vuelto a hacer riéndose de todo bicho viviente. Y es, si cabe, más auténtico.

El montaje de José Pascual es fiel al espíritu y revelador de, precisamente, todo lo que el nuevo (cabe llamarlo así) teatro norteamericano puede significar a esta orilla del charco. Sin andarse con tonterías, su coreografía descansa en los actores, y acierta. Basta comprobar cómo la continua interacción de los personajes con los teléfonos (de nuevo con referencias cinematográficas: sirva Infiltrados, de Martin Scorsese, pero también, claro, mucho Billy Wilder) sostiene el argumento. Y para un actor es rematadamente difícil dialogar en presente con una realidad que no está en escena de manera tan vertiginosamente veloz: sólo es posible con una sabia dirección detrás. Santiago Ramos, que encarna al presidente Chuck Smith en su homérico tránsito del expolio absoluto al delirio quijotesco, está sencillamente genial, entero en la construcción de un personaje vacío de emociones humanas, sólo definido por su traje y las ganas de enriquecerse a toda costa antes de que sea demasiado tarde. Ana Labordeta remata su peculiar Dr. Strangelove con holgura y se confirma como la gran actriz que es, creíble siempre, hasta en el estereotipo más cafre (hasta de lesbiana, vestida de novia y con una niña china recién adoptada / comprada en brazos podría evocar a Esquilo y salir bien parada). El resto del reparto se encaja como guante limpio en la perfecta y artesana maquinaria que es Noviembre: un golpe implacable contra el poder y sus formas, contra los cabestros que dicen gobernar mientras se dedican a robar. Dicho alto y claro. Viva América.

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