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Serotonina y la orgía canina

  • Sobre la última novela del escritor francés Michel Houellebecq

El escritor francés Michel Houellebecq (Isla de Reunión, 1956). El escritor francés Michel Houellebecq (Isla de Reunión, 1956).

El escritor francés Michel Houellebecq (Isla de Reunión, 1956). / Andreu Dalmau / Efe

Salió la última de Houellebecq, con el acostumbrado revuelo de reseñas y aspavientos. He aquí lo que pienso: Serotonina es una buena novela, aunque a ratos no lo parezca.

Las varias críticas que he leído tienen un denominador común: les importa un bledo lo literario de la literatura; lo suyo es la interpretación sociológica, política o psicológica del texto. Que si la globalización y sus derrotados, que si las angustias del hombre contemporáneo, que si el fin de la masculinidad y toda esa consternada música de violones al uso.

Houellebecq se lo pone fácil a los politicríticos y reseñadores ideologizados. Vean, si no, una lista de temitas que se tocan en la novela: relaciones de pareja; globalización; Occidente –el hombre occidental […] desprovisto en el fondo tanto de razones para vivir como de razones para morir–; transgenética; ecologismo; sostenibilidad; soledad; drogas; sexualidad masculina; sexualidad femenina; alcoholismo; París; industria de la pornografía; filosofía grecolatina; el fin de la economía tradicional; lo agropecuario; el maltrato animal; el papel de la aristocracia, y suma y sigue. Estos temas, digamos que grandes, se entreveran con buenas dosis de humor amargo y con inofensivos picotazos a la cotidianidad contemporánea -las máquinas Nespresso, los hotelitos con encanto- con la intención de esquivar una excesiva densidad, que estaría próxima a la pedantería. Lo consigue, a su manera.

Muchos reseñadores juzgan la calidad literaria de una obra según la afinidad que tenga con sus preferencias ideológicas. Un crítico de género francés, todo campanudo, acusa a Serotonina de haber reducido la mujer al coño, lo cual es una falsa bobada. Aunque esboza un tontuelo miniensayo sobre la taxonomía y las cualidades del coño, el protagonista se ocupa, con la profundidad de que es capaz -no demasiada, pero es la que tiene- de la psique de sus exparejas y ese buceo psicológico es mucho más mollar que el anatómico. Otro reseñador -a él no se la dan con queso, menudo es él- esbozó la sospecha de que tras la escritura de la novela esté la generosa mano de alguna industria farmacéutica de antidepresivos. ¡Cuánto bostezo!

Debo consignar, antes que nada, que la novela se divide en unos cuantos capítulos, pero que en realidad sólo tiene dos: el primero, de 346 páginas -en la edición francesa-, y el último, que apenas tiene una. Acéptenme, por favor, que haga como si ese último capítulo no existiese; me ocuparé de él al final.

Las novelas son historias de cambios. Si el protagonista no experimenta cambios, no hay novela. Para contarnos esos avatares, las novelas combinan tres elementos: la situación o fortuna del personaje; su carácter, moralidad y temperamento; y, finalmente, sus ideas y creencias. A veces lo que cambia es la situación del protagonista, por efecto de sus ideas o de su temperamento, como les pasa a Tom Jones o a Ana Karénina. Otras veces cambian el carácter o la conducta del protagonista, a causa de los acontecimientos que les sobrevienen, como en Grandes esperanzas, de Dickens. Por último, hay novelas en las que el protagonista muta sus ideas y creencias, condicionadas por la acción y por su propia fibra moral, como pasa en El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald.

Houllebecq se lo pone fácil a los politicríticos y reseñadores ideologizados

La calidad literaria es independiente de si los cambios llevan al protagonista al bien o al mal, al poder o a la servidumbre, a la lealtad o a la traición, a la fe o al escepticismo, a la derecha o a la izquierda, a la felicidad o a la desdicha. Independiente de que el protagonista acabe vivo o muerto, rico o pobre, machista o feminista. Son los artificios narrativos, la organización de la trama y el lenguaje que la teje lo que hace la buena literatura. Si todo esto es pobre, torpe y banal, da igual que los cambios coincidan con nuestras querencias ideológicas, religiosas o éticas: habremos leído una mala novela.

¿Qué cambia, pues, en el protagonista de Serotonina?

Me tienta decir que nada, si por cambio sólo se entiende un giro, una dirección nueva de lo narrado. Pero como esto es demasiado restrictivo, hemos de aceptar que la paulatina consolidación de ideas y creencias es también un cambio; no de dirección, pero sí de cantidad. Entonces sí vemos cambiar a Florent, un hombre que se hunde a cada página: el cambio es el creciente aumento de su incredulidad, su desesperanza, su misantropía.

La historia se cuenta con un estilo muy próximo a la oralidad, con pocas concesiones al énfasis; hay un tono siniestramente notarial, neutro, con el que el protagonista da cuenta de lo que se le viene a la cabeza, mientras ve pasar la vida parapetado en cafetines o conduciendo por carreteras españolas y francesas. Conduciendo, sí, porque la novela también tiene algo de género on the road, lo cual, por cierto, me ha permitido seguir su recorrido usando Googlemaps, donde hay hasta fotos interiores de los bares en los que se refugiaba el protagonista. Eso permite, curiosamente, comparar lo que se lee con lo que se ve y juzgar el talento descriptivo de Houellebecq, que reputo grande. ¡Googlemaps, señoras y señores, se convierte en otro instrumento de lectura! Esta oralidad neutra que levanta actas se ajusta bien al personaje que la produce, un personaje que chapotea todo el rato entre la lucidez y el aturdimiento.

Otros recursos literarios importantes en Serotonina son la intertextualidad y su prima hermana, la alusión. Hay citas y referencias a Nekrasov, Dostoievski, Thomas Mann, Nerval o, significativamente, Gogol, cuando el protagonista confiesa que Almas muertas es el único libro que puede leer. Tengo un par de hipótesis sobre la función de la intertextualidad en Serotonina; lo que no tengo es espacio para contarlas.

En cuanto a las estratagemas narrativas, Houellebecq se conoce el percal y sabe qué atraerá la atención de reseñadores y público en general, así que salpica la narración con picardías y exabruptos de notoria superficialidad, aunque por su acumulación llegan a darle a la novela una coloración particular. Hay un mini gangbang canino; se dice que Franco inventó los hoteles con encanto; se postula que Dios es un escenógrafo mediocre y que los coños húmedos son muy bonitos. Y buscando algo más de hondura, se nos repite que la felicidad es inalcanzable. Esta novela es interesante, a pesar de amontonar cominerías como las que acabo de enumerar.

Pero recuerden mi advertencia: hasta ahora hemos pretendido que no existía la última media página. Sin embargo existe y al leerla descubrimos en ella el cambio que se nos venía hurtando, el verdadero volantazo que pone las creencias del protagonista en un rumbo nuevo e inesperado.

Lástima que sea un final forzado, gratuito y fútil, que no añade gran cosa. Quítenlo y la novela no pierde el valor, grande o pequeño, que le atribuya cada uno de ustedes, lo que en realidad significa que esa traquita final sobra.

Querría contarles la traquita, pero no puedo. Mis labios están sellados. Quizás, eso sí, me esté permitido sospechar que en vez de llamarse Florent y conducir un Mercedes, el protagonista de Serotonina podría haberse llamado Saulo y cabalgar hacia Damasco.

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