fran perea. actor

"Es difícil salir de la zona de confort cuando lo que hay fuera es una ciénaga"

  • El intérprete malagueño regresa al Teatro Cervantes la próxima semana con 'La estupidez', la primera producción española del aclamado texto del argentino Rafael Spregelburd

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Fran Perea (Málaga, 1978) es uno de los nuestros. Curtido en escena al abrigo de los clásicos, de Eurípides a Tirso pasando por Arthur Miller, el malagueño levantó hace unos años su compañía Feelgood arrimado al más feroz estrato independiente y con la obra del mismo título firmada por Alistair Beaton; el segundo envite del grupo es La estupidez, la primera producción española de la obra de Rafael Spregelburd que el dramaturgo argentino incluyó en su Heptalogía de Hieronymus Bosch y que desde su presentación en 2000 se ha convertido en un clásico contemporáneo al otro lado del charco. Tras su exitoso estreno en Madrid, La estupidez, locura prodigiosa de raigambre pynchoniana que reúne a 24 personajes interpretados por cinco actores en una habitación de hotel en Las Vegas durante tres horas, llegará al Teatro Cervantes la semana que viene, el 10 y 11 de marzo, con un reparto que incluye a Toni Acosta, Ainhoa Santamaría, Javi Coll y Javier Márquez además de Perea bajo la dirección de Fernando Soto.

-La decisión de hacer La estupidez parece a priori consecuente después de Feelgood, pero ¿cómo se dio el proceso?

-En realidad, La estupidez nos conquistó antes que Feelgood. Dimos con el texto durante la gira de Todos eran mis hijos y nos fascinó enseguida. Pensamos hacerlo de inmediato, pero pronto entendimos que para un primer montaje de una compañía aquello era demasiado. No sé qué nos habría salido, pero ahora sí puedo decirte que sólo intentarlo habría sido una locura por nuestra parte. Feelgood nos dio el rodaje necesario y sólo después nos vimos preparados, por más que La estupidez entrañe un riesgo considerable para cualquier actor. Pero al mismo tiempo nos gusta huir de la comodidad. Así que era el momento, sin duda.

-¿Qué es lo más difícil a la hora de hacer la obra, tal vez memorizar el texto o alcanzar el ritmo vertiginoso que exige?

-La estupidez es una catedral. Es algo descomunal, en todos los sentidos. Para los actores es muy difícil, no sólo porque hay que memorizar cien páginas de texto, sino porque hay que darle a todo una intención distinta. Cada frase tiene su propio dibujo, y eso hay que respetarlo tanto como el texto. El asunto de la velocidad también es peliagudo: nosotros ensayábamos por la noche, porque durante el día cada uno trabajaba en otras cosas, y meterse en algo así con el cansancio acumulado de la jornada llegaba a ser demoledor. Pero tal vez lo más difícil de todo era sacarlo adelante sin excesivas garantías de que luego fuésemos a tener una respuesta positiva, porque La estupidez se sale del canon, es algo muy distinto de lo que se ve habitualmente y ahí no sabíamos lo que íbamos a encontrar. Afortunadamente, el Teatro Español confió en nosotros y después pudimos programar una gira sin muchos obstáculos, así que al final todo ha ido saliendo bastante bien.

-¿Tiene que ver con esas dudas el que cada vez se ofrezca al público un teatro menos exigente, más masticado? Tras el estreno en Madrid, las críticas, que fueron buenas, subrayaron sin embargo lo desconcertante del primer tramo de la función.

-Sí, hay algo de eso que dices. Quizá no nos sentíamos muy arropados a la hora de ofrecer algo diferente, pero en todo caso sí estábamos seguros de que lo que ofrecíamos es una buena obra de teatro. La respuesta tras el estreno fue en todo caso magnífica, llenamos todas las funciones en un sitio como Matadero, que está alejado del centro de Madrid y donde es más difícil hacerte publicidad. Lo que cuentas del comienzo de la obra es verdad: los veinte primeros minutos son desconcertantes, pero a partir de ahí la gente se lo pasa en grande. De hecho, La estupidez tiene mucho de vodevil, de comedia ligera. No está pensada en contra del público, para nada. Jorge Roelas, que vino a ver la función, comentaba que es como ver una serie de televisión hoy día: te pones un capítulo y terminas viendo la misma noche dos o tres. Y sí, eso es justo lo que queremos del público.

-La compañía Feelgood nació posiblemente en el momento más nefasto para poner en marcha un proyecto así, con el teatro español sumido en una profunda crisis. ¿Alguna vez se han arrepentido de dar el paso, o al menos han considerado que debieron haberlo pensado mejor?

-Es cierto que el momento es muy complicado. No es nada fácil poner en marcha una compañía de teatro. Sé que suena a tópico, pero te lo puedo explicar muy fácilmente. Como compañía, Feelgood tiene actualmente acumulada una deuda que a nosotros, evidentemente, nos incomoda y nos suscita no pocas dudas. Y tenemos esta deuda después de cinco semanas de exhibición con todo vendido. Es decir, en el teatro, al contrario que en cualquier otra actividad productiva, tener éxito con tu empresa no significa que puedas cerrar las cuentas con saldo positivo. Esto se debe a que todavía no hemos percibido un solo pago; de modo que tienes que hacer una inversión brutal y luego armarte de paciencia y resistir como sea hasta que obtengas ingresos. Quienes nos dedicamos a esto necesitaríamos que las administraciones aligeraran sus pagos, porque a veces se hace todo muy cuesta arriba. Pero, por otra parte, en Feelgood somos conscientes de que la vida es riesgo. Hemos puesto en marcha esto para hacer el teatro que nos gusta. Todos los miembros de la compañía trabajamos como contratados para otras empresas, y es gracias a esto que hemos podido generar nuestro lugar propio. De otra manera, habría sido imposible. Así que lo que toca ahora es aguantar la pedrá. Eso sí, recomiendo sin duda a todo el que quiera montar una compañía de teatro que haga un buen plan de financiación antes que cualquier otra cosa.

-¿Hará falta algo más que bajar el IVA para que el teatro español recupere el público que perdió con la crisis?

-Hará falta educación. Es que hace ya más de una década que la cultura dejó de tener importancia en este país. Todo es banal, no hay profundidad alguna en valores e ideas, todo tiene una capa perenne de superficialidad. El valor de las cosas reside únicamente en el dinero, no en la reflexión ni en el debate que puedan inspirar. Esto también hace muy difícil el trabajo en la cultura. Nosotros somos como compañía una marca blanca, en el sentido de que nos producimos lo que hacemos, pero tenemos que enfrentarnos a una ausencia total de incentivos tanto para los creadores como para el público. Nuestro compromiso es, en este sentido, ofrecer algo distinto y generar inquietud.

-¿La mejor respuesta es entonces salir de la zona de confort?

-Sí, lo que pasa es que es difícil salir de la zona de confort cuando lo que hay fuera es una ciénaga. La zona de confort es demasiado estrecha, debería ser más amplia, permitir que entraran más cosas.

-¿Qué puede hacer una compañía después de La estupidez?

-Ya le damos vueltas, no creas. No lo sabemos, pero será difícil. Por nuestra parte, que no se diga. Intentaremos que sea algo por lo que merezca la pena ir al teatro.

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