Cultura

El discreto Jacques Tourneur

  • Cátedra publica una estupenda monografía, obra de Rubén Higueras Flores, dedicada al autor de clásicos como 'La mujer pantera' o 'Retorno al pasado'

Jacques Tourneur es un cineasta de los de antes, un director preocupado por el arte y el artesanado (preocupado por la expresión personal y el trabajo bien hecho), un autor que conoce la dramaturgia tan bien como la técnica y que consigue delicadísimos equilibrios entre lo que cuenta y el modo en que se cuenta, un pura sangre nacido entre tiras de celuloide y que se hizo un lugar en la industria arremangándose los brazos y empezando desde abajo, desde lo más bajo, y asumiendo poco a poco responsabilidades mayores.

Tourneur hizo gala de una discreción en peligro de extinción en nuestros días. (Basta darse un garbeo por las redes sociales para ver qué cotas está alcanzando el exhibicionismo, la jactancia o el autobombo). En 1978, cuando llevaba una docena de años retirado, le preguntaron cuál creía que era su lugar en la Historia del Cine: "Ninguno -respondió- (…) Soy un realizador muy mediano". Y esto lo decía el firmante de joyas tales como La mujer pantera, Yo anduve con un zombi, Retorno al pasado, El halcón y la flecha o La noche del demonio (!). Lo dicho, un ejemplar de una raza extinta.

Jacques Tourneur (París, 1904) fue hijo de un pionero del cine galo, Maurice Tourneur, y de una artista de music hall. En 1914 se trasladó junto a su padre a los EEUU, en donde éste intentó hacer carrera. A pesar de algún éxito importante, escaldado, el padre regresó a Francia en 1926, pero el hijo, que entonces trabajaba en los estudios Metro Goldwyn Mayer como chico para todo, permaneció en el país un par de años. Volvería a Europa durante un breve período, entre 1928 y 1935, antes de fijar definitivamente su residencia en Norteamérica.

En ese breve periplo europeo colaboró con su progenitor como ayudante de dirección y montador, antes de dar el salto a la realización. Regresó a Hollywood con cuatro largometrajes en su currículum; según Rubén Higueras Flores: "El cineasta llevó consigo una copia de Toto (1933) como carta de presentación, pero a ningún directivo de estudio le impresionó. Por consiguiente, el realizador tuvo que comenzar su carrera cinematográfica desde cero". Su ascenso no sería fácil ni meteórico, pero su probada profesionalidad acabaría abriéndole esas puertas que se cierran en las narices de los incompetentes.

Trabajó como director de segunda unidad, así como en el departamento de cortometrajes de MGM, antes de que le encomendaran la realización de varios largometrajes de bajo presupuesto, un campo en el que siempre se movió a sus anchas: "Trabajo mucho mejor cuando hay que hacerlo rápidamente. Las películas que he hecho en doce o dieciocho días son mejores que las que he rodado en ochenta días. Es malo pensar demasiado. Todo debe surgir del instinto", confesó. Tourneur aprendió a servirse de una ejemplar economía de medios, que no dudó en aplicar en esas producciones de mayor envergadura que le tocó en suerte, lo que ha llevado a algunos a pensar erróneamente que desempeñó su carrera exclusivamente dentro de la serie B. Rubén Higueras deshace el entuerto insistiendo en dos puntos: Que ese gusto por la sencillez es un rasgo de estilo y que esa sencillez es sólo aparente. En realidad, el director se rebeló sutil, tenazmente contra el canon vigente en el período clásico: "Uno de los principales logros de la obra de Jacques Tourneur (…) reside en haber forzado suavemente los límites del modelo clásico desde su interior; enriqueciéndolo, en consecuencia", escribe Higueras.

Tourneur fue un cineasta todoterreno que trabajó para las principales majors de la época -MGM, 20th Century Fox, RKO- y también para las minors -Columbia, Universal, United Artists-. Era capaz de hacer mucho con muy poco, y lo sabían. Él mismo reconoció: "Tengo una reputación bastante extraña en los Estados Unidos. Dicen lo siguiente: Si tienes un guión malo, dáselo a Jacques Tourneur. Él se las apañará".

Su carrera se prolongó de manera ininterrumpida hasta finales de la década de los 50, encadenando una realización tras otra, hasta que la crisis del sistema de los grandes estudios lo obligó a pasarse a la televisión, que entonces era el destino natural de los defenestrados por la industria. Tourneur se vanagloriaba de haber aceptado prácticamente todos las producciones que le ofrecieron, excepto La puerta del diablo (1950), porque el guión era malísimo (lo que no le impidió a Anthony Mann hacer una notable película). Rubén Higueras nos recuerda que también rechazó Un secreto de mujer (1949), que dirigió finalmente Nicholas Ray.

Cultivó los más dispares géneros populares del momento, consiguiendo diversos hitos importantes en el ámbito del cine negro, el relato de aventuras y el de terror. Hablar de Tourneur es hacerlo de Retorno al pasado (1947), un film noir concebido bajo el signo de la fatalidad y el deseo, o El halcón y la flecha (1950), un canto a la libertad más anchó que la sonrisa de su protagonista, Burt Lancaster. Hablar de Tourneur es hacerlo de sus tres grandes aportaciones al cine fantástico y de terror: La mujer pantera (1942), una sugerente fantasía sobre la represión sexual, Yo anduve con un zombi (1943), una excepcional mezcla de poesía y vudú, o La noche del demonio (1957), una obra que nos sumerge en las arenas movedizas en las que se mezcla la realidad y la leyenda. Hablar de Tourneur es hablar de cine y punto. El libro de Rubén Higueras, esforzado, concienzudo, le hace justicia.

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