La distorsión se quedó en casa
The Magnetic Fields echó músculo en su último disco, un extraño Distortion (Nonesuch, 2008) en el que, con el Psychocandy (1985) de The Jesus Mary Chain como modelo, pretendían dar una vuelta de tuerca a su pop de cámara con el feedback como herramienta. Esa era la excusa para su presencia en el Teatro Cervantes, pero Stephin Merritt se dejó en casa la distorsión y optó por el chelo y el sonido acústico.
En fin, sin la opción experimental como aliciente, lo de la noche del pasado jueves fue otro concierto más de este estadounidense desabrido y agrio, quisquilloso y de nula capacidad empática. Merritt y sus chicos son esos empollones que residen en la primera fila de cada aula, esos que tienen chistes privados, que muestran orgullosos las novelas que leen y tú no, que jamás te dejarán los apuntes de clase y que siempre van en grupo pero solitarios. Es triste, pero ellos son así y les va bien, les gusta. Lo que diferencia al amargo sentido del humor del autor de 69 love songs y, por ejemplo, Harry Nilsson, es que Merritt parece creer estar por encima de su público o de la mayoría de él, mientras que Nilsson se empeñó en llegar a todos sin renunciar a su extravagante visión del mundo porque quería compartirlo.
Otro detalle para no olvidar fue la elección del telonero -desagradable sacrificio a las fieras-, con un perdido cantautor australiano que no pudo salir de la categoría de anécdota, y que anticipó el somnoliento devenir de The Magnetic Fields, que tampoco supo trascender la etiqueta de pop bonito, agradable y hermoso. Si Merritt cree que esto puede emocionar a alguien que no sea un fan irredento se equivoca, y mucho.
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