Un encuentro feliz
En la época romana, la ciudad fue conocida como Antikaria y tuvo una gran importancia por su posición estratégica en el centro de Andalucía
Y salió el sol por Antequera
Si algo le encantaba a mi amigo Lucio era mostrar su erudición. Tiraba de memoria y te anonadaba con los inmensos conocimientos históricos, filosóficos, literarios o científicos que había acumulado a base de leer todo libro que caía en sus manos. Yo estaba convencido de que era el único mortal sobre la tierra que, habiendo acumulado una biblioteca de más de cinco mil volúmenes, si no se los había leído todos era porque algunos estaban escritos en árabe o chino. Y este día que me comentó la alegría de su encuentro en Antequera con un viejo amigo, que ya nos dio a conocer en anteriores relatos, no desechó la oportunidad de ilustrarme, aunque muy de pasada, sobre la riquísima historia de esta importante ciudad andaluza:
Antequera, comenzó diciéndome, es una de las ciudades con mayor continuidad histórica de Andalucía pues estuvo habitada desde la Prehistoria hasta hoy sin apenas interrupciones. Su historia comienza cuando se construyeron los Dólmenes de Menga, Viera y El Romeral en el III milenio a. C., uno de los conjuntos megalíticos más importantes de Europa, hoy declarado Patrimonio Mundial. Esto ya sitúa a Antequera como un estratégico enclave desde tiempos muy antiguos. En época romana, la ciudad fue conocida como Antikaria, y tuvo una gran importancia por su posición estratégica en el centro de Andalucía. De esa época quedan restos arqueológicos y la huella de una ciudad bien integrada en las redes del Imperio.
Durante la Edad Media, bajo dominio islámico, pasó a llamarse Medina Antaqira, convirtiéndose en una plaza fuerte de gran valor militar. La Alcazaba, que aún domina la ciudad, es el símbolo más visible de este periodo. En 1410, fue conquistada por el infante Don Fernando de Antequera, un hecho decisivo que marcó su incorporación a la Corona de Castilla y la convirtió en frontera avanzada frente al reino nazarí de Granada durante décadas. Tras la conquista, la ciudad vivió un gran auge en los siglos XVI y XVII, reflejado en su extraordinario patrimonio renacentista y barroco: iglesias, conventos, palacios y colegios religiosos, le dieron a Antequera el apodo de “el corazón de Andalucía”.
En los siglos XIX y XX, Antequera mantuvo su importancia como centro agrícola, comercial y cultural y, aun viviendo transformaciones sociales profundas, una Guerra Civil y los muchos cambios del mundo contemporáneo, ha conservado una fuerte identidad histórica. Se puede decir que hoy, Antequera es una ciudad que combina memoria, patrimonio y vida cotidiana, donde conviven restos prehistóricos, romanos, islámicos, el esplendor barroco y tiene en puertas el reto de situarse en cabeza de los avances tecnológicos del siglo XXI.
Pero vengo a contarte esta historia, de la que hablaremos con más profundidad ya que los tesoros que guarda Antequera son excepcionales, porque es de uno de esos tesoros del que quiero hablarte: el antiguo convento de los Capuchinos y de la relación que tuve con sus frailes y con los profesores de su seminario seráfico.
¿Te acuerdas de mi amigo, del que te he hablado en alguna ocasión, el escultor Francisco Sánchez Ramos? ¿Aquél con quien hice una gran amistad cuando le conocí en la Congregación del Padre Ernesto Wilsson? Pues fíjate lo que son las casualidades de la vida. Una tarde, a la salida de un cine, me encontré a un grupo de jovencitos estudiantes internos del seminario seráfico de los Capuchinos ¿Cuál no fue mi sorpresa cuando me encuentro que quién los acompañaba como tutor era mi gran amigo Paco Sánchez Ramos? (Recuerdo que la película era “La mujer de paja”, interpretada por Sean Conery y Gina Lollobrigida. Algo subidita de tono, por cierto, para la época y más para seminaristas) Bueno, creo que los llevó a ver esa película porque la banda sonora era íntegramente música clásica, desde Fidelio hasta la 8ª y la 9ª sinfonía de Beethoven, entre otras. Me contó mi querido amigo que llevaba más de un año viviendo en el convento de los Capuchinos, donde dormía en una celda y le habían habilitado otra como estudio-taller. Además, era profesor de dibujo y música en el seminario y entre sus actividades estaba también la de acompañar a los alumnos de los cursos superiores por la ciudad para su esparcimiento y asistencia a actos culturales ¡Qué feliz encuentro tuve, Juan! ¡Qué alegría!
Te diré que, según mi amigo Paco, vivir en el convento era una delicia. Constaba de tres partes diferenciadas. La iglesia que fue consagrada en 1658. Austera como franciscana que era, con planta de cruz latina, con nave principal, brazos de crucero y cabecera plana. Bóvedas de medio cañón con lunetos y arcos fajones, haciendo un espacio interior sencillo y armónico. La bóveda de media naranja del transepto se apoya en pechinas decoradas con escudos y yeserías manieristas. La fachada fue retocada en el siglo XX, así como el interior, ya que fue incendiada en la Guerra Civil. Decorativamente presentaba una iconografía muy franciscana entre la que destaca una Inmaculada Concepción con San Francisco y San Buenaventura.
El Convento fue el primero fundado por la Orden de Frailes Menores Capuchinos en Andalucía (en 1613) y tuvo una larga historia de presencia religiosa en la ciudad. Tras la desamortización del siglo XIX se recuperó y restauró, siendo uno de los primeros en toda España en volver a su vida religiosa. Y fue sede del Seminario Seráfico de la Provincia Capuchina hasta la década de los años 1970. Allí se formaron generaciones de jóvenes en humanidades, teología, espiritualidad franciscana y vida religiosa.
Paco Sánchez Ramos -continuó Lucio- consiguió que el abad me levantara la clausura para poder moverme por el convento hasta donde él residía y tenía su taller. Quedábamos con frecuencia y, cuando él tenía clases, yo le esperaba estudiando en la gran biblioteca del convento, era inmensa, altísima y con miles de volúmenes, y donde ¿no sé por qué? siempre había un fraile subido en una altísima escalera toqueteando los tomos de las alturas. Yo le miraba y le veía demasiado cerca de Dios, a tan solo a un traspiés de distancia.
Gracias a Paco conocí a los hermanos profesores del Seminario Seráfico, todos sacerdotes. El director se llamaba Juventino y era muy simpático; fue el que me aficionó a la numismática romana. Él poseía una gran colección. También conocí, y tuve mucha confianza con el padre Honorio, al que elegí como director espiritual y solía confesarme mientras paseábamos por los huertos del convento. El padre Diego fue otro de mis amigos, quizá el más divertido. Y también conocí a algunos frailes, no sacerdotes, que se dedicaban a los menesteres domésticos.
Desde este encuentro -siguió diciéndome Lucio- me repartía el tiempo libre entre mis compañeros de la pandilla, José Manuel, Fernando, Nemesio, Cayetano, etc., y las chicas compañeras, especialmente (y casi únicamente) con “Flor silvestre” que fue mi gran amor. Seguí visitando a mi directora del instituto, Conchita, y muchas horas las pasaba con Paco Sánchez Ramos. Tuve ocasión de presentarlos, a Conchita y a Paco, y fue una gran idea porque así ambos comenzaron a quedar y salir y hablar de sus cosas, nunca supe si en latín o griego, pero sí supe que hicieron una buena amistad.
Los profesores del seminario solían organizar excursiones con los alumnos y a mi me encantaba apuntarme a ellas, entre otras cosas porque solían ir por una finca llamada el Castillón. Y allí era frecuente encontrar, a ras de suelo, monedas romanas, ya que dicha finca fue la ciudad romana de Singilia Barba. Ya te hablaré de ello más adelante.
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