Cultura

La gran velada

  • SANZ IRLES (Valencia 1952) es escritor, traductor y crítico literario. Es autor del poemario Las gaviotas de hielo y de las novelas Una callada sombra y Tulipanes y delirios, así como de numerosos relatos y artículos. Recientemente ha traducido La tierra baldía, de T.S. Eliot, de próxima publicación.

Desde el accidente, hacía seis años, vivía en una sima de aislamiento y dolor, condenado a la silla de ruedas, inmóvil del cuello para abajo.

Tampoco podía hablar; solo unos estremecedores sonidos guturales con los que a veces parecía querer comunicar algún malestar o deseo elemental, subrayando sus quejas o súplicas con espasmódicos movimientos de la cabeza, en la que solo sus ojos, vivos por la rabia que los llenaba, conservaban apariencia humana. Dependía para todo de las enfermeras que la fundación de la que fue presidente muchos años le había asignado generosamente.

Pero lo peor de todo era la absoluta sordera, que lo había separado del mundo, rodeándolo con un foso insalvable.

El silencio en el que vivía era espantoso, tal vez más aún porque no lo era del todo, sino un incesante rumor, un mar enronquecido que estrella sus olas, una tras otra sin parar jamás, contra un negro acantilado de basalto salpicado de líquenes. Aquel bramido incesante dentro de su cabeza lo atormentaba con saña.

Cuando alguna de las raras visitas que tenía se le acercaba sonriendo, la alegría casi infantil de quien espera muestras de cariño era enseguida sofocada por la conciencia de sus taras, y entonces sentía como si una fuerza invisible, agarrándolo por detrás, tirara de él y lo alejara de la gente a toda velocidad, en un travelling infernal, y su cerebro ordenaba inútilmente a sus brazos que se estiraran pidiendo asimiento y socorro. Entonces gemía, pero enseguida veía con amargura el horror que se reflejaba en los rostros de los visitantes, espantados ante lo que debía de ser un vagido infrahumano.

El mundo se había convertido para él en un siniestro guiñol mudo, donde los muñecos gesticulaban y abrían y cerraban las mandíbulas a toda velocidad, haciendo muecas de risa o de disgusto o de sorpresa o de piedad.

Pero hoy, después de tanto sufrimiento y abandono, un cartero obeso y mal afeitado le había traído una alegría grande, la mayor con la que hubiera podido soñar.

Estimado -empezaba la misiva- y nunca bien ponderado Profesor Von Schroeder:

Tengo el placer de dirigirme a Usted para comunicarle que el comité que presido (por nombramiento personal del Señor Presidente de la República), ha decidido por unanimidad rogarle que acepte ser el invitado de honor en la próxima Gran Velada anual de la Sociedad de las Ciencias de nuestro país, que se celebrará en nuestra histórica sede, que Usted tan bien conoce, el día 27 del presente mes.

Como sin duda no ignora, durante la velada tendrá lugar la solemne ceremonia de la entrega del premio Primus inter pares, que cada lustro consagra al científico más importante de nuestro país, y posiblemente también del mundo, de manera, querido colega, ¡que no puede usted faltar!

El arduo y meticuloso trabajo que ha conducido al nuevo tratamiento contra la diabetes ha merecido la sincera e incondicional admiración de toda la comunidad científica. La humanidad entera le debe mucho a este trabajo, producto a partes iguales de la genialidad y del esfuerzo, y por eso confiamos en que, a pesar de los impedimentos que le impuso su desdichado accidente, pueda hacernos el inmenso honor de acompañarnos en una noche tan especial, ocupando el lugar destacado que merece en la mesa presidencial, junto al Señor Alcalde de la ciudad, el Magnífico Rector de nuestra bien amada universidad y otras personalidades del mundo científico, entre las que también estará el admirable Dr. Curtius, que durante tantos años fue su más estrecho colaborador.

Testimoniándole de nuevo, y como siempre, querido Profesor, mi admiración y respeto por su autoridad y su magisterio, y felicitándole por todos sus logros, le ruego que acepte, junto a nuestra invitación, mi saludo más cordial.

Humildemente suyo.

Herbert K. Neumann.

Presidente.

En una hoja aparte, la secretaria del profesor Neumann le especificaba que todas las provisiones habían sido tomadas para facilitar su presencia en la Gran Velada y que un chófer pasaría a recogerlo en un vehículo adecuado a sus necesidades y acompañado del joven Dr. Dijkma, que sería su asistente personal y se quedaría a su lado el tiempo que fuese menester.

Con unos cortos gruñidos le dio a entender a la enfermera, que sostenía la carta ante sus ojos, que había terminado de leerla, y mientras ella le recogía con un pañuelo las babas que se deslizaban por su barbilla, algo que recordaba lejanamente a una sonrisa parecía esbozarse en sus deformes labios.

¡Por fin! Por fin el reconocimiento a sus muchos años de febril trabajo. ¡Qué triunfo el suyo! Siempre creyó, contra toda apariencia, que el tratamiento funcionaría. Solo él supo ver más allá de las primeras falsas impresiones y deducciones. Ni siquiera Curtius, su muy querido y fiel Curtius, lo creía posible.

¡Qué desgracia que el accidente hubiera sucedido cuando solo faltaban unos pocos días para tener los resultados de unas últimas pruebas, que iban a confirmar el éxito de su trabajo!

De todas las personas a las que iba a ver en la Gran Velada, solo guardaba verdadero afecto por Karl Curtius. Cuando despertó del coma de varios meses, su mujer le dijo que Karl había sido el único en quedarse cerca, ayudándola en todo momento y pasando horas en el laboratorio y en el estudio, terminando de recopilar datos, redactando los últimos informes y ordenando toda la copiosa correspondencia que, en su nombre, había mantenido con la comunidad científica durante el proceso de investigación y ensayos. ¡Bendito Karl, que lo había exonerado de esas esclavitudes burocráticas que tanto detestaba!

Y su mujer. ¡Ah! Waltraud no había podido soportar la tortura de cuidar de un inválido monstruoso como él y se había divorciado unos meses después de que saliera del coma. ¿Podía reprochárselo?

La espera hasta el día de la Gran Velada le pareció una eternidad, pero al fin llegó. La enfermera de guardia se había esmerado en su aseo personal, y con la ayuda del joven Dr. Dijkma, que fue exquisitamente puntual, lograron vestirlo con su viejo smoking, que ahora le quedaba ancho por todas partes, pero que aún tenía buena parte de su antigua prestancia.

El salón de gala lucía impresionante, con las doce enormes arañas de cristal de Murano fulgurando con altanería, y las mesas dispuestas con la mejor vajilla de la Sociedad, meticulosamente dispuesta por el maestresala Frankel, tan puntilloso como siempre.

Cuando llegó, casi todos los comensales ocupaban ya sus lugares, y nada más verlo, corteses y solícitos, el Alcalde y el Rector se adelantaron hacia la silla de ruedas que empujaba el Dr. Dijkma para saludarlo pública y efusivamente con gran deferencia. Detrás de ellos, sonriéndole con ternura y con los ojos brillantes por lo que parecían unas primeras lágrimas, estaba Curtius, su queridísimo Karl, que se arrodilló ante él para besarle las inertes manos y abrazarlo después.

Su cabeza se agitaba como si estuviera recibiendo descargas eléctricas, queriendo decirle tantas cosas a su viejo amigo y desesperándose por no poder hacerlo. Dijkma, siempre atento, le secaba las babas con una servilleta.

Tomaron asiento. Su joven asistente estaba sentado detrás de él, provisto de un gran bloc de notas en el que le iba garabateando con rapidez palabras y frases que resumían lo principal de los discursos que se sucedían desde el estrado.

Bienvenidos, escribía.

Noche importante. Gloria y honor. Ciencia no tiene ideología.

Él emitía sus sonidos guturales cada vez, queriendo indicar que había leído la nota, que se daba por enterado.

Por fin salió Herbert Neumann al estrado.

Llega el gran momento, garabatea Dijkma con rapidez.

Anuncian el premio.

Neumann gesticula. De nuevo el guiñol. Brazos que se alzan, manos que trazan figuras en el aire, mandíbula que se abre y se cierra mientras el mar embravecido no para de estrellar sus enloquecedoras olas contra el acantilado, dentro de su aturdida cabeza.

El bloc de Dijkma entra y sale de su campo visual cada vez a mayor ritmo.

¿Listo para la apoteosis, Profesor?

Las luces del salón se atenúan y se encienden unas pequeñas candilejas en el estrado. Hay fogonazos de flashes. Los asistentes se ponen de pie y los ve aplaudir con entusiasmo: centenares de manos batiendo en el vacío mientras el océano de su cabeza ruge con más furia que nunca. Ahora todos miran en su dirección. Se esboza un rictus en su rostro y se prepara ya a ser llevado en volandas al estrado, pero de pronto ve que muy cerca de él, Karl Curtius, iluminado por un foco, se levanta de su silla, con calma pero con expresión de orgullo. Después se dirige al estrado y Neumann lo abraza y después le entrega la placa del preciado Primus inter pares.

¡Su ex asistente: ganador!, escribe Dijkma.

Ahora Curtius, ante el micrófono, mueve los labios, sosteniendo la placa con alborozo apenas contenido.

Agradece sus enseñanzas y su magisterio.

Comentario jocoso, pero cariñoso, sobre su legendario mal genio.

Dice: Menos mal que no hizo caso cuando Ud. aconsejó abandonar línea de investigación para nuevo tratamiento.

Usted equivocado en ese punto, pero agradece tantas otras cosas que aprendió de Usted, sobre todo humildad ante ciencia y conocimiento.

Su cabeza se agita sin control y sus gemidos y gruñidos se pierden entre los aplausos y las voces. Dijkma no para de limpiarle las babas.

Curtius baja del estrado, se dirige hacia él, lo abraza de nuevo con efusión y después se pierde entre corros de admiradores y aduladores.

Dijkma, ya algo desganado, garabatea otra nota:

Se le ve cansado. ¿A casa, profesor?

En el coche sigue gimiendo, sin que Dijkma le haga ya mucho caso, y se siente enloquecer. Entonces se acuerda de que su total invalidez le impedirá suicidarse y sus viejos ojos se llenan de lágrimas, amargas como su condena.

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