Cultura

A imagen de la 'world music'

Festival Terral Teatro Cervantes. Fecha: 6 de junio. Músicos: Eleftheria Arvanitaki (voz), Dimitrios Barbagalas (guitarra y dirección musical), Thomas Konstantinou (laúd y bouzouki), Angelos Polychronou (percusión), Alexandros Ktistakis (batería), Alexandros Paraskevopoulos (bajo), Yannis Kyrimkiridis (teclados), Themis Nikoloudis (violín y trompeta). Aforo: Unas 1.100 personas (lleno).

El caso de la griega Eleftheria Arvanitaki se ha convertido en uno de los más representativos del devenir de la world music o músicas del mundo: tras realizar en los 90 álbumes emblemáticos como Meno ektos y Ta kormia ke ta macheria, en la presenta década, y después de alcanzar el éxito en Europa con trabajos como los citados y un auténtico himmo como Dinata, su trayectoria discográfica, con multinacional de por medio, ha conocido una bicefalia muy pronunciada: mientras continúa lanzando en el mercado heleno discos que continúan de manera honesta y a la vez interesante esta línea, de la mano de los más prestigiosos poetas y compositores de su país, el sector internacional se ha empeñado en explotar cuanto de exótico puede ser explotado en esta artista y la ha entregado a todo tipo de colaboraciones y sugerencias más cercanas al regusto de una cierta postmodernidad postcolonialista (perdonen tanto prefijo) que a una experiencia musical decididamente auténtica (su última entrega, Mírame, grabado en España con Javier Limón, es un buen ejemplo). En consecuencia, los anteriores conciertos que pudimos ver de la Arvanitaki en el Cervantes estaban dirigidos a su conversión en una hipotética estrella mundial porque sí, a fuerza de trasladar los arreglos de laúdes y clarinetes que en los 90 había compuesto el armenio Ara Dinkjian (en una de las propuestas más sugerentes de la década) a guitarras eléctricas y teclados. El resultado, claro, no era más que un descafeinado que pretendía pasar por selecto viaje musical y no pasaba del pastiche más conformista.

Por eso, mis expectativas con respecto al concierto del lunes no eran muy halagüeñas. Pero, para mi más que grata sorpresa, me encontré a una Arvanitaki muy parecida a la que vi en 1999 en su presentación en España, en el Womad de Cáceres. Y este cambio se debió a dos ejes fundamentales. El primero, el repertorio: casi todos los temas que interpretó la banda eran anteriores a 2000. De hecho, el momento más bajo del concierto se produjo en el paréntesis durante el que la cantante abrigó cuatro temas de Mírame y del que sólo vale la pena recordar, por anecdótica, la versión de Cárcel de oro. En cuanto al resto, no hubo tregua: el arranque con Meno ektos ya fue toda una declaración de intenciones tras la que fluyeron To kokino foustani, Tis kalinichtas ta filia con su ya imprescindible clase de griego avanzado , la grandísima canción de Dinkjian que es Ta kormia ke ta macheria, Kathreftizo to nou, Dinata, el poema musicalizado de Odysseas Elitys To parapono y algunos temas tradicionales griegos y armenios. Arvanitaki obvió en gran medida su producción discográfica internacional de los últimos diez años y, aunque resulte amargo decirlo, acertó. Con este material el concierto no podía dejar de ser bueno.

El segundo factor fue la instrumentación. El guitarrista y director, Dimitrios Barbagalas, se mantuvo sabiamente en un sólido y eficaz segundo plano y concedió al protagonismo al laudista, Thomas Konstantinou, y al violinista, Themis Nikoloudis, aunque se echó de menos el clarine te de Manos Achalinotopoulos (la trompeta no funcionó tan bien). El teatro se puso boca abajo, la gente se lo pasó en grande y, esta vez, con razón.

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