Lucio descubre Antequera
El jardín de los monos
En la década de los sesenta, España estaba atrasada, pero esta ciudad estaba casi en la Edad Media
El año de los pantalones largos
Aquel día no fuimos al “Chipirón colorao” en El Palo, donde solíamos reunirnos habitualmente Lucio y yo. Habíamos quedado, ya bien entrada la tarde, en tomar unos vinos en La Buena Sombra, en pleno centro de Málaga, concretamente en el número 10 de calle Sánchez Pastor. Una taberna con un tabernero que había conseguido que fuese una especie de templo para estudiantes, artistas, intelectuales y progres contestatarios. Fue pocos años antes de que el establecimiento cerrase definitivamente en 1981. Le recordé a Lucio una exposición, celebrada en los primeros años de la década de los 60, del excelente pintor y caricaturista George Campbell. Un irlandés que se instaló en Málaga y era asiduo de La Buena Sombra. Casi veinte años después, pasó a mi colección un fantástico oleo que mostraba la taberna y su ambiente hippie. Lo firmó, en 1979, Cabrolie, un extraordinario pintor francés que brilló en la bohemia parisina de la posguerra. Confieso que anduve detrás de ese cuadro desde que lo vi, porque es una joya, tanto artística como emocionalmente.
Recordarle aquello a Lucio, le dio pie para contarme nuevos episodios de su realidad soñada, o no. A veces Lucio se repetía y me contaba varias veces lo mismo, pero eran como nuevas versiones de una misma canción y le escuchaba agradablemente. El año 1960, me dijo, fue un año crucial desde todos los puntos de vista. En el panorama político mundial no debemos olvidar los profundos cambios que se produjeron, entre ellos, la descolonización de la mitad de África, la Guerra Fría llegó a su máxima tensión cuando a los soviéticos se les ocurrió derribar un avión estadounidense y estos, como es lógico, se cabrearon. Para colmo Fidel Castro, que en el 59 se había hecho con el poder en Cuba, nacionalizó todas las empresas americanas, algo que a los yankis no les hizo mucha gracia. Fue el año que J. F. Kennedy llegó a presidente de EE.UU. Todo en el mundo giraba en torno a las relaciones entre estadounidenses y soviéticos. Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial y en España comenzaron los planes de estabilización, que conllevaron una fuerte expansión económica, industrial y urbanística. Creció el consumo y llegaron muchas divisas procedentes de las remesas de los emigrantes y el turismo.
Yo tenía ya una edad, continuó Lucio, en la que comenzaba a interesarme los temas políticos. Pero sobre todo me interesó la expansión y explosión turística que hubo en Málaga y su Costa del Sol. Suponía una entrada de aire fresco, más libertad (excepto política) y la ilusión, pocas veces materializada, de ligar suecas en Torremolinos. En este asunto la jactancia distaba mucho de la realidad. Pero, pese a la dictadura, Málaga fue una de las zonas culturalmente más abiertas de España, gracias al contacto con extranjeros.
De mi pandilla del barrio, Julián era el más potente, económicamente hablando, porque trabajaba de barman en el bar del hotel Escandinava en Torremolinos. Él, que era un melómano de la música moderna y tenía una cantidad enorme de vinilos, nos tenía al tanto del panorama musical en el mundo y, lógicamente, en España. El rock and roll era su pasión, y en su colección no faltaban los últimos discos salidos al mercado de Elvis Presley, aún en primera línea, Chuck Berry, Little Berry o Buddy Holly; tampoco le faltaban los de cantantes melódicos como Frank Sinatra o Paul Anka y, por supuesto, los grupos españoles, como el Dúo Dinámico, Los Mustang o Los Brincos.
Mi pandilla habitual la componíamos seis estrechos camaradas, a saber: Julián, Juan Ángel, Joaquín, José Manuel, Juani y yo, claro. Recuerdo, continuó Lucio, que Juani se enamoró de una chica rubia, muy guapa, que trabajaba de camarera en un bar de calle Arango, muy cerca de nuestro barrio, y nos íbamos todos allí a tomar copas mientras Juani se gastaba un perraje echando monedas en la máquina de discos, lo que terminó siendo algo pesado, porque no ponía más que las mismas dos canciones: “Lolita” del Dúo Dinámico y la otra, que era de Los Bravos, cuya letra decía algo así como: “al ponerse el sol, estás como para parar un tren, al ponerse el sol”, y cada vez que se ponía el sol, Lolita nos ponía otra copa, con lo que su noviazgo nos costó unas cuantas “pelas”. Aparte de eso, en casa de Julián organizábamos guateques y en uno de ellos bailé con una chica, Maruchi, que pasó a ser el primer amor platónico de mi vida.
En junio de aquel año acabé el cuarto curso del bachiller elemental, en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, y aprobé la correspondiente reválida, cuyo examen se hizo en la Escuela de Comercio, en Martiricos. A mi padre le venció su contrato con el gobierno de Marruecos y le dieron plaza de maestro en Antequera. Pero (qué casualidad) la plaza se la comunicaron a mediados de noviembre, por lo que de nuevo volví a comenzar mi curso, quinto, del bachillerato superior, perdiendo el primer trimestre, si bien si tuvieron a bien matricularme. Fue así que este nuevo año se convirtió en un año de nuevo destino, que influiría de una manera muy importante en mi vida.
No quiero dejar pasar el hecho de que, antes de trasladarme a vivir a Antequera, en la Congregación de Don Ernesto Wilson, tuve bastantes contactos con el escultor Paco Sánchez Ramos que, aparte de trabajar la imaginería religiosa, estaba en un taller donde se hacían lámparas de pie con tallas en madera, como un indio o una cabeza de caballo, etc. Me llevó en una ocasión a ver el taller y andaba algo cabreado porque habían comprado en Alemania una máquina que, a partir de una escultura en escayola que él hacía, reproducía en madera ocho tallas a la vez. Te cuento esto, Juan, porque dio la casualidad de que, ya viviendo en Antequera, volví a encontrarme con tan extraordinario amigo.
Y llegó el día. Terminadas las fiestas navideñas, nos instalamos en nuestra nueva casa antequerana. Estaba en un bloque de viviendas para maestros junto al campo de futbol El Maulí. Y comencé mis clases en el Instituto Pedro Espinosa. Me sorprendió, al entrar en el aula, que todas las paredes tenían unas vitrinas donde se exponían toda clase de animales ibéricos, de mediano o pequeño tamaño, disecados. También me sorprendió el laboratorio, tan antiguo que pudiese haber pertenecido a Faraday o Gay Lussac.
Antequera me pareció una ciudad señorial, y lo es, si bien por su aspecto y su gente podría decirse que el tiempo se hubiese detenido en ella. En la década de los sesenta, España estaba atrasada, pero Antequera estaba casi en la Edad Media. Digo esto, porque una de las cosas que me sorprendió, conforme tuve relación con mis compañeros de estudio y sus familias, fue que en todas las casas (algunas, auténticos palacios), en las que entré, me preguntaban: Y tú, ¿De qué familia eres? Con el tiempo opté por contestar siempre: De los Sánchez. Y que averiguaran.
Con el tiempo me percaté de la composición social de la ciudad. Estaba compuesta por cuatro estratos en función de su posición socioeconómica, poder, ocupación y estilo de vida. La clase alta, aristocrática y rica, cuyos hijos no estudiaban en Antequera, la aristocracia arruinada, la burguesía y la clase media, cuyos hijos estudiaban en el instituto o en colegios religiosos de la ciudad, y la clase obrera, cuyos hijos no estudiaban.
Otra particularidad de Antequera es la enorme cantidad de iglesias y conventos que tiene. Comparable, sin duda, a la satánica y sotánica Orihuela. Y, aunque nunca fue sede episcopal, tuvo la Real Colegiata de Santa María la Mayor que cumplía las funciones de catedral, con un cabildo y gran importancia. Sea como sea, Antequera fue para mí una soñada realidad.
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