Cultura

Los siete magníficos

  • La idea de hacer 'Los siete magníficos' se le ocurrió a su principal protagonista Yul Brynner que ya por entonces (1960) era un actor consagrado ('El Rey y yo' o 'Los diez mandamientos')

La primera vez que vi Los siete magníficos fue en el cine Almanzor de la mano de mi padre. En aquel tiempo, mi "uniforme de calle" (una vez que llegaba de la escuela y mi madre dejaba que me quitase el "babi" gris de la Academia Estudios) eran un sombrero de vaquero, el chaleco con la estrella de sheriff y dos preciosas cartucheras en las que enfundaba sendos revólveres cargados de triquitraques. Es fácil imaginar que, con tan favorable predisposición hacia el género, el ver una película del Oeste era, para mí, casi como un regalo del cielo y, en ese sentido, Los siete magníficos fue una película especialmente impactante, al punto que en virtud de mi calenturienta imaginación no tuve dificultad alguna para añadir un miembro más a aquel grupo de variopintos pistoleros. Naturalmente el octavo magnífico era... yo mismo.

La idea de hacer Los siete magníficos se le ocurrió a su principal protagonista Yul Brynner que ya por entonces (1960) era un actor consagrado (en menos de dos años había participado en El rey y yo, Los diez mandamientos y Los hermanos Karamazov. Brynner convenció al productor Walter Mirish (quien produciría para la United Artist algunos de sus más grandes éxitos: Con faldas y a lo loco, El apartamento, West side story o En el calor de la noche) para hacer un remake de Los siete samuráis (1954) una de las obras maestras de Akira Kurosawa.

John Sturges fue el director elegido para trasladar al Oeste la historia del film de Kurosawa que, en cierta manera y debido el entusiasmo que sentía el director japonés por el género de los westerns, viene a ser una especie de película de vaqueros en el mundo de los samuráis. Kurosawa estaba muy orgulloso de que en Hollywood hiciesen una versión de un film suyo (más tarde, Sergio Leone rodaría en España Por un puñado de dólares, un plagio de otra de sus películas: Yojimbo) y en señal de agradecimiento le regaló a Sturges una auténtica espada de samurái.

El gran éxito de Los siete magníficos se cimenta en un reparto espectacular, un director que domina el oficio, un eficaz guión y... el acierto que tuvo Elmer Bernstein de crear la que quizá sea la mejor banda sonora jamás compuesta para una película del Oeste. Nada más empezar la película y mientras los hombres de Calvera (el imponente villano al que da vida Eli Wallach) saquean un pueblo mexicano, suena la pegadiza melodía de Bernstein que ya para siempre queda grabada en nuestra memoria y que con gran ojo comercial, sería empleada años después para los anuncios -ambientados en el Oeste- de la marca de tabaco Marlboro. Aún sin recuperar el aliento tras el energético comienzo del film, asistimos a la fascinante escena de presentación de Chris, el pistolero, siempre vestido de riguroso negro, cuyo papel se reservó para sí Yul Brynner: Las gentes de un pueblo fronterizo se niegan a que un indio (no lo consideran un ser humano) sea enterrado en el cementerio donde reposan los restos de no pocos asesinos y criminales. Chris, que contempla la discusión, se sube al coche fúnebre y acompañado de un espontáneo ayudante armado con un rifle, Vin (Steve McQueen), transporta el ataúd del indio -unos cuantos tiros mediante- hasta la colina donde se asienta el "exclusivo" camposanto.

Los mexicanos observan la escena y logran, a pesar de su insolvencia, que Chris se avenga a ayudarles (por 20 dólares y la comida) en su conflicto con Calvera. Sturges crea escuela al mostrarnos el reclutamiento del grupo (el método, imitado en infinidad de películas, es pararse lo justo en cada uno para dejarnos entrever un esbozo de su personalidad y sus motivaciones). El tosco Bernardo (Charles Bronson), el elegante Lee (Robert Vaughn), el anodino Harry (Brad Dexter), el impulsivo Chico (Horst Buchholz) y -mi preferido- el lanzador de cuchillos Britt (un personaje destinado en principio para Clint Eastwood pero que terminó haciendo el espigado y flacucho James Coburn).

Apoyado en el uso del scope Sturges narra con fuerza y emoción la relación entre estos implacables pistoleros (en teoría, carentes de sentimientos) y los habitantes del pueblo hostigado por las huestes de Calvera. La convivencia forzosa con sus protegidos convierte a los mercenarios en compañeros: "He trabajado para hombres que me daban mucho... pero jamás había trabajado para alguien que me lo diera todo" es la lapidaria frase que dice Chris respecto a la devoción que les profesan los mexicanos. Haciendo honor a otra de las frases que pronuncia Yul Brynner: "Lo nuestro no son las palabras... lo nuestro es el plomo", el enfrentamiento final es el momento culminante de la película. Rodado con un ritmo y una tensión que, años después, Sam Peckinpah imitaría portentosamente en Grupo salvaje, el desigual combate entre los hombres de Calvera y el grupo de Chris levanta a los espectadores de sus asientos aunque, por supuesto, no todo acaba tan bien como estos quisieran: cuatro de los magníficos pierden la vida en el campo de batalla.

Chris y Vin cabalgan en pos de nuevos "trabajos" y Chico permanece en el pueblo enamorado de una guapa mexicana. Son los tres magníficos que sobreviven o, por mejor decir, los cuatro porque, aunque por los pelos...¡yo también me salvé!

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