Cultura

El oferente de la honestidad

  • El Ateneo reconoció ayer el magisterio de su primer presidente, José Jiménez Villarejo, en un acto que contó con Trinidad Jiménez, Antonio Morales y Juan Antonio Lacomba

El 16 de diciembre de 1966, José Jiménez Villarejo fue nombrado presidente del Ateneo de Málaga en la asamblea constituyente del mismo. Corría una época difícil para una institución que aspiraba a abrazar la cultura y las artes fuera del control del régimen y el mismo Jiménez Villarejo (jurista ejemplar que, hasta su jubilación en 1999, ejerció de fiscal en las Audiencias de Sevilla y de Málaga y de fiscal jefe de la Audiencia de Huelva, de primer fiscal especial para la Coordinación de la lucha contra la droga, de magistrado del Tribunal Supremo y de presidente de la Sala de lo Militar, y que fue galardonado el año pasado con la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort por el Consejo de Ministros) lo pagó caro: ya en enero de 1967 tuvo que abandonar forzosamente su cargo. Sin embargo, tan breve plazo, junto a todo el compromiso ejercido durante años por las libetades, bastó para dejar una huella profunda. Tanto, que ayer el Ateneo se vistió de gala para rendirle un homenaje tan justo como necesario. El mismo Jiménez Villarejo no pudo acudir a causa de un accidente doméstico que sufrió la noche del pasado lunes en Madrid; pero el homenaje se celebró de la mano de los suyos, cómplices, que lograron invocar con afecto su presencia. El acto contó con la participación del actual presidente del Ateneo, Diego Rodríguez; la hija del homenajeado y ex ministra Trinidad Jiménez; el ex presidente del Ateneo y ex fiscal jefe de la Audiencia provincial de Málaga, Antonio Morales; el también ex presidente del Ateneo y catedrático de Historia de la Economía, Juan Antonio Lacomba; y el también hijo de Jiménez Villarejo, José Jiménez, que leyó el discurso escrito por su padre expresamente para la cita.

Todos ellos contribuyeron con sus palabras a rendir el homenaje, pero el encuentro contó con una nutrida representación de la vida política, cultural y social malagueña. Allí estuvieron el alcalde, Francisco de la Torre; la rectora de la UMA, Adelaida de la Calle; el delegado provincial del Gobierno andaluz, José Luis Ruiz Espejo; la delegada andaluza de Educación y Cultura, Patricia Alba; la diputada provincial de Cultura, Marina Bravo; y emblemas de la cultura malagueña, creadores y ateneístas como el pintor Eugenio Chicano, el historiador Fernando Arcas y el ex director del Centro Andaluz de las Letras Julio Neira.

Tras la intervención de Diego Rodríguez, que definió a Jiménez Villarejo como "un referente de honestidad, independencia intelectual y compromiso social", el momento de mayor emoción quedó en boca de Trinidad Jiménez. Tras advertir de que "para una hija no es fácil hablar con objetividad de su padre", adoptó un tono machadiano para referirse a él como "un hombre esencialmente bueno" y para abordar su figura desde la idea de honestidad: "Su dimisión forzada de la presidencia del Ateneo, que algunos pusieron en marcha con riesgo incluso para sus vidas, forma parte de esta historia de honestidad. Pero la historia continúa hoy, cuando vivimos una época difícil por una crisis económica y otra crisis de confianza, menos evidente pero muy peligrosa, frente a los valores y principios que han sustentado nuestra convivencia en las últimas décadas. La solución a esta crisis pasa por afrontar los retos con honestidad". Tras evocar algunas anécdotas familiares (singularmente ilustrativo fue el recuerdo del empeño de Jiménez Villajero en hablar sobre el siglo XIX y Galdós a la hora de comer, "cuando los demás intentábamos escabullirnos"), alabar la importante figura de su madre, Trinidad García-Herrera, y apuntar la vocación poética del homenajeado, la ex ministra glosó su personal imagen de Jiménez Villarejo como la de "un padre afectuoso y tolerante, justo y divertido, un referente ético; un hombre sabio, justo y bueno".

Antonio Morales situó a Jiménez Villarejo en la escuela de Cicerón "por la búsqueda de la verdad", y recordó la evolución política del primer presidente del Ateneo, desde "su inicial inclinación por la democracia cristiana y la defensa del liberalismo" hasta su empeño por conformar "una izquierda cristiana junto a compañeros como Alfonso Carlos Comín y José González Ruiz, porque creía que la izquierda constituía el instrumento más eficaz para trabajar por la igualdad y porque siempre defendió no sólo que en el socialismo podía tener cabida el liberalismo, sino que era la mejor manera de garantizarlo". Y le bastó citar al mismo Jiménez Villarejo con una frase para ilustrar su compromiso como jurista: "La justicia nos exige ver al otro como nuestro igual". Juan Antonio Lacomba rememoró los difíciles primeros años del Ateneo, "en manos de un grupo muy heterogéneo para capaz de establecer una causa común: crear un espacio para la cultura y el pensamiento fuera del control de la dictadura", y la Málaga de la época. Y José Jiménez leyó el discurso de su padre, titulado, inevitablemente, y con un feroz sentido de la actualidad, Una breve reflexión sobre la independencia judicial. El acto concluyó con un breve documental que reproducía una entrevista realizada el pasado verano, en el que Jiménez Villarejo daba cuenta de la torpeza de las instituciones que quisieron impedir la constitución del Ateneo en 1966. Y algo, mucho, de libertad quedó en el aire. Para respirar.

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