Cultura

Dos orillas para el 'groove'

  • En sólo dos conciertos, el Ciclo de Jazz del Museo Picasso tiende puentes entre Estados Unidos y Europa con Ibrahim Electric y Steve Coleman

Si algo engrandece al jazz es su naturaleza proteica, quimérica, casi borgeana: su condición de música universal responde a una suma ingente de particularidades que se confunden, mezclan, dialogan y hasta repudian de manera a menudo imprevisible, y siempre en conexión con otras músicas propias de los territorios en los que el jazz anida. Si desde los años 60 hasta el siglo XXI el jazz buscó todas las raíces que le salieran al paso, a partir de las enseñanzas de pioneros que bastante antes habían hecho lo propio, como Stan Getz o Dizzy Gillespie (y que se tradujeron en varios fenómenos ciertamente estimulantes en virtud de la fusión más descarada, como el nuevo latin jazz o el jazz flamenco), en las últimas dos décadas, gracias sobre todo a las nuevas tecnologías de producción, el género y todos los géneros que el mismo abarca han venido a practicar un ejercicio de síntesis, ya sea desde la vanguardia más minimalista o desde los formatos clásicos. Precisamente, después de que el jazz practicado en Europa y EEUU fuese durante mucho tiempo muchas cosas, posiblemente estemos ahora en condiciones de hablar de un nuevo jazz europeo y un nuevo jazz americano, en los que todo el caudal heredado se mantiene intacto pero codificado, si se quiere, en espectros contemporáneos. La nueva edición del ciclo Jazz en el Picasso se celebrará a fin de mes con una oferta reducida respecto a anteriores citas, con sólo dos conciertos; pero ambos resultan singularmente representativos de esta evolución reciente, y servirán para tender puentes respecto a cuanto da de sí el groove en el presente a ambos lados del charco. El trío Ibrahim Electric y el maestro Steve Coleman atesoran ya suficiente experiencia y, más aún, perspectiva, para arrojar argumentos decisivos; no en vano, ambos han dictado, en buena medida, lo que el jazz ha dado de sí en los últimos veinte años.

La posibilidad de disfrutar de Ibrahim Electric el próximo miércoles 26 de noviembre en el Auditorio del Museo Picasso viene a saciar un tanto la sed de los amantes del género. El trío danés llegará a Málaga pocos meses después de poner boca abajo el Jazzaldia de San Sebastián y convertido en referente del más inquieto jazz europeo. Diez años después del lanzamiento de su primer disco, el combo formado por Niclas Knudsen (guitarra), Stefan Pasborg (batería) y Jeppe Tuxen (órgano) es un modelo a seguir en cuanto a fusión postmodernista: en sus códigos caben tanto el jazz, el funk, el afro-beat, el surf, las músicas tradicionales norteafricanas, el acid-beat de los 60, el minimalismo más deudor de Steve Reich y casi cualquier cosa que se les ocurra, desde una puesta en escena limpia y artesana que, sin embargo, bebe de las fuentes más directas del rock en cuanto a actitud, proyección e imagen (no hay más que observarles en directo o echar mano de su material promocional: todo en ellos es pulso, calor, disfraz, imaginación y tentativa). El último disco del trío, Isle of Men, resume a la perfección su estética y consolida a la formación como uno de los puntales del jazz que viene del Norte; de todo, menos frío.

Sólo dos días después, el viernes 28, el mismo Auditorio del Museo Picasso se vestirá de gala para recibir a Steve Coleman, uno de los más influyentes creadores del jazz contemporáneo, que comparecerá en Málaga con sus Five Elements, grupo que lleva en activo desde 1981. Quienes tuvieron la fortuna de ver al genio en el Teatro Cervantes hace ahora justo quince años, un 11 de noviembre de 1999 (en aquella ocasión con Renegade Way), aprendieron de una tacada lo que es el M-Base, el lenguaje con el que Coleman renovó el funk hasta las heces ya a mediados de los 80, pero especialmente a partir de 1990: el saxofonista crea sus composiciones, alumbradas en su mayor parte de manera espontánea, a partir de la superposición de estructuras métricas distintas y dispuestas al unísono. Cada uno de los Five Elements actúa como solista de su propia pieza, atempo, aunque cada una de las secciones presente tonalidades y compases diferentes. La materia prima de Steve Coleman (que actuará en el Museo Picasso acompañado por el trompetista Jonathan Finlayson, el contrabajo Anthony Tidd y el batería Sean Rickman) es la improvisación, pero su envite hunde sus raíces en los similares artefactos que parió Johann Sebastian Bach. El resultado es un viaje a las entrañas misma del fenómeno musical, a la matriz pitagórica del mismo, que no puede ser sólo free jazz, con una originalidad de escaso parangón en el último medio siglo. Coleman ha compartido escenario y oficio con luminarias como Dave Holland y Abbey Lincoln, pero su obra, sostenida en álbumes como el legendario Black science (1990) y su enorme tributo a Jonh Coltrane, The ascension to light (1999), merece por sí sola un lugar destacado en la historia del jazz.

De modo que el Museo Picasso se llena de groove del bueno, diverso en sólo dos bocados. Sólo cabe decir: queremos más.

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