Cultura

los partidarios

  • SANZ IRLES nació en Valencia en 1952 y tras su adolescencia empezó su vida viajera, que continúa hoy. Vivió un año en California, nueve en Amsterdam y otros cinco en Venecia, donde creó una empresa de traducciones. Su primera novela, 'Una callada sombra' está a punto de ser publicada. En 1982 publicó el libro de poesía 'Las gaviotas de hielo' (Ed. Fernando Torres). Es colaborador de prensa con artículos sobre viajes, cultura y política. Actualmente trabaja en su segunda novela, 'Tulipanes y delirios', y en una colección de relatos. En esta página publicamos uno de sus relatos todavía inéditos.

CINCO y media de la mañana. Es aún de noche y en los cristales se amontonan asteriscos de escarcha. Ha dormido pocas horas pero no le ha costado levantarse, y ha entreabierto las hojas de la ventana para que el aire helado de febrero acabe de espantarle el sueño. Después se ha lavado la cara con enérgicas abluciones y se ha afeitado con esmero.

Se mueve de puntillas por la casa, intentando no despertar a su mujer, y mientras se prepara un frugal desayuno piensa en Sánchez. A esta hora debe andar haciendo más o menos lo mismo que él, al otro lado de la ciudad, en su escuálido apartamento de los suburbios; un lugar desagradable, acorde con sus gustos sombríos. ¡Estúpido Sánchez! Habría preferido no tener que llegar a esto, pero él se lo había buscado.

Media manzana y una delgada tostada con miel de azahar para acompañar la taza de té. Es todo. Para estas cosas es mejor ir con el estómago ligero. Se lo había oído decir a su abuelo muchas veces.

Empieza a clarear, y una tenue luz lechosa desciende con timidez sobre las calles.

¡Qué extraña era la vida! También él habría podido elegir rumbos azarosos y libérrimos, como Sánchez, pero escogió la rectitud y la responsabilidad. Había en ello mucho más heroísmo que en lo contrario: siempre lo había pensado y hoy, después de treinta años de intachable carrera como secretario judicial, lo seguía pensando. Y ahora…

¡No! ¡Fuera dudas! La honra debe anteponerse a la comodidad y a la conveniencia personal, y si es preciso hasta al código civil. Si se pierde, o peor aún, si dejamos que nos la arrebaten, no se puede seguir viviendo. ¡Y pensar que él y Sánchez habían sido compañeros de colegio en la borrosa infancia! Nunca fueron íntimos, es cierto; eran demasiado distintos para eso; pero hubo un tiempo en que llegaron a tenerse una secreta simpatía, aunque mantuvieran la apariencia de una irreductible hostilidad. Militaban en bandas enemigas y con el mismo rango: eran los lugartenientes de sus respectivos caudillos, los más fuertes de la clase, pero necesitados de la inteligencia que Sánchez y él ponían a su servicio, sobre todo con los deberes y los exámenes. En algún recreo habían incluso departido, casi escondiéndose de los demás, sobre los libros que leían, y en esas secretas revelaciones habían entrevisto la valía del rival.

Después se perdieron de vista durante muchos años, hasta que volvieron a encontrarse en el Ateneo con motivo de unos ciclos de conferencias en los que ambos solían participar activamente. Había oído decir que Sánchez anduvo muchos años bohemiando por media Europa, hasta que el reuma le mojó la pólvora y le devolvió el seso, y que ahora se ganaba la vida dando clases particulares de francés, laúd y ajedrez.

Pero desde el primer reencuentro se había hecho evidente que lo que un día fueron disensiones intelectuales eran ahora abismos insalvables, y la vieja pero respetuosa rivalidad pronto dio paso al odio. Triste pero inevitable, e incluso justo hasta cierto punto. ¿Cómo podía ser de otra forma, diciendo Sánchez lo que decía? Más aún, diciéndolo en público, en su presencia, sin un atisbo de decoro ni de respeto.

Intentó evitarlo, bien lo sabe Dios, pero fue imposible. Parecía que lo buscaba, y en cuanto aparecía por el Ateneo, Sánchez se acercaba al corro donde él estuviera y empezaba su acoso, cada vez con mayor destemplanza. Al final sucedió lo que se había estado temiendo, y Sánchez se propasó. No lo dudó ni un instante y allí mismo, rodeado de testigos honorables, lo retó en duelo. Sánchez, tan altanero como insensato, aceptó.

Alguien, bromeando, sugirió que fuera a primera sangre, pero él y Sánchez, al unísono, rechazaron indignados la propuesta. El duelo sería a muerte, como la ofensa infligida exigía. Cuando se hizo evidente que ambos hablaban en serio hubo una disimulada estampida y casi todos los presentes se apartaron de ellos para no verse involucrados, pero don Diego Cortell, el anciano coronel de caballería, aceptó ser su padrino y le ofreció a Sánchez buscarle uno. Se decidió que sería a pistola y que don Diego se ocuparía de todo.

Y ahora, por fin, el día había llegado. Sentía miedo, pero ninguna duda sobre su deber. Iría, y dejaría su honra a salvo para siempre, fuera cual fuese el resultado.

A las ocho Pablo Menindamendigurría, médico y amigo del viejo coronel, pasó a recogerlo en un taxi, y a las ocho y veinte estaban en el lugar convenido. La luz, ya resplandeciente y serena, no había ablandado el frío y todos llevaban sombrero, guantes y las solapas de los abrigos levantados, excepto don Diego, que no se avenía a esos quebrantos de la etiqueta.

Sánchez, el peor vestido de todos, como siempre, ya estaba allí. Se saludaron con corrección. Don Diego y don Norberto, que oficiaba de padrino de Sánchez, explicaron el procedimiento. Se concedió a Sánchez el derecho a elegir pistola, se pusieron en el punto señalado, espalda contra espalda, y se contaron los pasos. Los pájaros habían cesado en sus trinos y el viento en su agitación. El miedo también cesó y lo invadió una extraña serenidad, porque aceptaba su destino sin reservas.

¡Y diez!

No pensó. Se giró, y casi cuando aún no había asentado los pies en el suelo, Sánchez ya había disparado. El pistoletazo retumbó en el calvero con gran estruendo y ecos, arrancando una aleteante y ruidosa desbandada de aves desde las ramas de los robles que los rodeaban, pero él no sintió nada. Después levantó el brazo y disparó. Sánchez se llevó la mano al pecho y acto seguido cayó fulminado. Con gravedad en el rostro, el doctor Menindamendigurría, después de examinar el cuerpo, certificó su muerte.

No sintió alegría, e incluso lo sacudió una súbita corriente de compasión por Sánchez, su viejo compañero, su rival eterno, pero sí notó que ahora lo colmaba la satisfacción del deber cumplido.

La insolencia de los partidarios de Dostoievski había llegado a lo

intolerable y superado todos los límites, y los tolstoyanos tenían el derecho, y el deber, de defender el prestigio del Maestro. ¿Qué se habían creído los de Dosto? ¿A santo de qué esas ínfulas de superioridad con las pamemas del alma eslava y la dimensión trágica de sus personajes? Y cuando Sánchez se atrevió a decir lo que dijo sobre Guerra y paz ya no podía haber marcha atrás. ¿Qué fue lo que vomitó, el infame?... "¿Una fallida novela histórica?" ¡Ah, no! Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasaría de allí.

Por fin tenía lo que se merecía y lo que había estado buscándose. Se había hecho la verdadera justicia. Ahora que se hiciera la otra, si querían.

l © 2012. Luis Sanz Irles. Todos los derechos reservados.

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