La trastienda del alquimista

Los ensayos previos a las siete funciones de 'Quidam' que el Circo del Sol presenta en el Martín Carpena desde hoy y hasta el domingo constituyen ya una oportunidad al asombro

Pablo Bujalance Málaga

05 de diciembre 2013 - 05:00

Conforme se entra en los dominios del Circo del Sol, atravesada la frontera del backstage, la disciplina se impone como idioma común en esta suerte de territorio babilónico. Los tablones se reparten por todas las dependencias y esquinas con sus horarios bien visibles en los que se ordena, siempre en inglés, quién debe estar dónde y cuándo. Cada miembro de la compañía tiene así asegurado que no tendrá que perder el tiempo esperando, pero la eficacia que se exige tanto en los ensayos como en los menesteres más cotidianos es aquí máxima. De modo que la sensación que se respira es de placidez, de distensión incluso, pero todo se debe a una organización estricta que no dista mucho de la que puede encontrarse en algunas instituciones militares. Cuando se entra a los gimnasios, los roperos y las cocinas, las sonrisas que abundan al otro lado, bajo el imponente escenario, donde se suceden las pruebas de acrobacias, luz y sonidos, son ya muchas menos: los rostros exhalan la determinación necesaria de la concentración, pero no hay rigidez, sino el arrebato que afecta a todo artista cuando se entrega a los fuegos de su oficio. Quidam, la obra con la que regresa el Circo del Sol a Málaga, y que se representará con siete funciones desde hoy y hasta el domingo en el Martín Carpena, es una fábula rodante en la que participan 45 artistas procedentes de 19 países, aunque si se incluye a los técnicos en el lote el resultado sociodemográfico apunta a un centenar largo de habitantes con 25 nacionalidades. Se trata de una gran familia que, en muchos casos, lleva más de 15 años compartiendo la aventura de Quidam, con lo que el grado de complicidad que denota la comunidad es ciertamente de una hermandad firme. Pero se trata de una familia a la que hay que ordenar a la hora de ensayar, comer, vestir, descansar y simplemente estar, con necesidades muy específicas y muy distintas.

Quidam pudo verse ya en Málaga en 2008 como el segundo espectáculo que traía el Circo de Sol a la ciudad (dos años después del primero, Dralion). En aquella ocasión el espectáculo se representó bajo la carpa extendida por la compañía en el Cortijo de Torres, y podría parecer que la morfología de la República Soleil está abocada a ser muy distinta en un palacio de los deportes; pero, a pesar de que las primeras impresiones se inclinen a favor de este argumento, lo cierto es que la administración de los espacios, los tiempos, las actividades y las personas se desarrolla exactamente en los mismos parámetros. Lo que penda sobre nuestras cabezas resulta indiferente: lo importante es esta especie de trastienda en la que semejante pandilla de alquimistas cocina la transformación de la materia, los sueños y las ilusiones que luego saldrá a la luz bajo los focos. Justo tras el escenario se abre una instalación destinada a la preparación física en el que la maquinaria deportiva es abundante: un forzudo pone a prueba su resistencia mientras exhibe su abrumadora anatomía sobre un corredor mientras en los tatamis algunas contorsionistas juegan a descomponerse como puzzles. El silencio resulta imponente en cada caso, como si la visita constituyese una intromisión ilegítima. Para buena parte de los artistas del Circo del Sol, su forma física es su herramienta de trabajo; y sus cuerpos son instrumentos que requieren la afinación precisa antes del concierto.

Un generoso olor a comida china inunda el pasillo siguiente. El buffet es un verdadero milagro gastronómico: sus menús se adaptan a todos y cada uno de los artistas y del personal técnico, ya sea a tenor de necesidades energéticas como de tradiciones culturales: cantidades, frecuencias, horarios, sabores y escrúpulos son tenidos en cuenta. El personal que acusa un mayor desgaste físico, por ejemplo, sigue una dieta que incluye siete comidas al día. Y, aunque con la instalación en el Martín Carpena los miembros de la compañía no residen en carpas, sino en diversos hoteles de la ciudad, las razones por las que prefieren alimentarse aquí son evidentes.

El ropero incluye unas 2.500 piezas de vestuario de todos los tipos. La jefa de esta sección es una mujer chilena llamada Rosita que recuerda que el mantenimiento de las prendas es diario: todo se revisa al hilo, y hasta el calzado es pintado a mano cada jornada. Los tejidos más habituales son el cuero, el lino y la seda, y todo se tiñe también de manera artesanal. Durante la gira, cada artista tiene a su disposición cuatro reproducciones de cada uno de sus vestuarios completos, necesarias para giras tan largas (la vida media de una prenda de vestir en el Circo del Sol es de seis a doce meses) y con recambios para roturas imprevistas.

Ya junto a la pista, donde una acróbata ensaya el número de contorsión aérea con el largo lienzo rojo, el actor y bailarín Mark Ward sigue de cerca el proceso. Ward es un verdadero referente en el Circo del Sol: trabaja en la compañía desde hace veinte años y de ellos los quince últimos los ha pasado al frente de Quidam, donde interpreta a John, el maestro de ceremonias que guía a la pequeña Zoé en su viaje por el mundo de la fantasía. Quidam se estrenó hace 18 años, así que Ward, que cuenta con más de 7.000 funciones a sus espaldas, sabe bien de lo que habla: "Quidam es el show más humano del Circo del Sol. Es cierto que hay elementos de fantasía, con mucha imaginación, pero sus protagonistas son de carne y hueso, y cualquiera puede identificarse con ellos". Si, como está previsto, Quidam sale del repertorio del Circo del Sol dentro de dos años, los objetivos de Ward serían muy claros: "Seguir en la compañía". Por ahora, no deja de ensayar su personaje: "Siempre se puede mejorar". Menuda lección.

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