Arte
El cartapacio de Antonio Raphael Mengs
Según Pavese, en Sherwood Anderson se inicia cierta manera de escribir, ciertos temas usuales en la literatura del XX. Para Faulkner, Anderson descubre una América otra, polvorienta y arcana, que luego él resumiría en el condado de Yoknatapawpha. Según el propio Anderson, su oficio de escritor quizá sirviera para insinuar las ingentes cantidades de soledad, de violencia, de atribulado optimismo, que habita en la memoria de los hombres. Eso es lo que encontrará el lector en estos Cuentos reunidos; eso es lo que se despliega, como una mariposa cárdena, en los relatos El hombre del abrigo marrón y Muerte en los bosques: la necesidad de soñar, el paisaje infinito, la oscuridad que ciega nuestros pasos.
Es fácil encontrar en Faulkner -también en Hemingway-, esta sorda pujanza de los sueños, su centelleo minúsculo, enfrentados a la vasta soledad del mundo. En todos ellos, el paisaje funciona como un ente abrumador que lamina y recluye al hombre en una suerte de estatismo. Sin duda, la calma innatural y aciaga que gravita en la obra de Faulkner se debe en parte al carácter opresivo de la maleza, del bosque centenario, de una brisa maligna. En Hemingway, esto queda trasmutado en épica y escopetazos. Anderson, como pionero, prefiere revelarnos, no sólo el marcha indecorosa o trágica de sus historias, sino también la imposibilidad del escritor para decir lo que quiere. Así, en los Cuentos reunidos que hoy glosamos, varios de los relatos tienen como tema esta dificultad, este esfuerzo baldío por transferir al idioma la opacidad y la urgencia con que las cosas se muestran ante nosotros.
Probablemente, para explicar a Sherwood Anderson sería más conveniente recurrir a la pintura. Habría que acudir a los cuadros de Edward Hooper, a sus profundas arboledas, a sus ventanas vacías, para encontrar un paralelo con que entender su obra. En los trigales tan dorados como inhóspitos de Hooper, los personajes de Anderson han soñado otros paisajes y una mayor fortuna. Sueñan con una buena educación, con una riqueza inagotable o con un amor furtivo y misterioso en tierra extraña. En Ciertas cosas perduran, un escritor mira por la ventana e imagina que viaja a Italia con la mujer que ama. Entonces, la mujer entra en la habitación, le desordena el pelo y se marcha a la cocina sonriente. Adiós a la Italia imaginada. Quiero decir que en Anderson, como luego en muchos otros, las relaciones humanas se basan en la soledad, en el equívoco, en la ternura. También en la infundada espera de lo extraordinario.
Sherwood Anderson. Lumen. Barcelona, 2009. 331 páginas. 19 Euros.
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