Cultura

La venus de las pieles

  • David Ives se inspiró en la novela de Sacher-Masch para componer una obra de teatro y en 2013 un ya provecto Roman Polanski realizó la adaptación al cine

DESDE su más tierna infancia, el escritor austriaco Leopold von Sacher-Masoch quizá mediatizado por el hecho de que su padre -el jefe de policía local- le castigó severamente cuando le sorprendió espiando a su tía Zenobia mientras que esta copulaba con su amante, manifestó una peculiar inclinación a asociar dos sensaciones en principio tan antitéticas como el placer y el dolor. Doctorado en Derecho e Historia, se dedicó a escribir sobre temas relacionados con la etnografía centroeuropea concibiendo un vasto ciclo literario titulado: "El legado de Caín". Autor prolífico, hizo también numerosas incursiones en el mundo de la novela. Su obra más famosa en ese género, es: La Venus de las pieles, una historia donde el protagonista masculino manifiesta de modo explícito una tendencia que con frecuencia se ha descrito -de un modo un tanto simplificado- como un sadismo vuelto hacia sí mismo.

La novela, en gran parte autobiográfica, estuvo inspirada en la relación de Sacher-Masoch con su amante Fany von Pistor quien se hacía llamar baronesa Bogdanoff y con la que firmó un "contrato de dominación" en el que estipulaba que durante seis meses sería su esclavo y que, por lo tanto, ella tenía derecho a castigarle como tal. A la vez, el súbdito Gregor -su nuevo nombre de siervo- se comprometía a no hacer valer ningún derecho como amante de ella y la baronesa prometía ponerse un abrigo de pieles, "en especial cuando fuese a ser cruel con él". Viajaron a Venecia donde ella no tuvo dificultad alguna en encontrar un amante italiano para que Sacher-Masoch se complaciese espiándoles tal como había hecho en la infancia con su tía. Fany terminó abandonándole y Leopold volvería a tener relaciones de similares características con otras mujeres hasta que se casó con la gobernanta de sus hijos, Hulda Meister que le curó de su perversión aunque, al parecer, no pudo apartarle de su insistente fetichismo por las pieles.

El título de la novela alude a una reproducción que posee Severin -el protagonista- del cuadro de Tiziano, "La Venus del espejo", donde Venus se mira al espejo que sostiene Cupido mientras que en su mano derecha sostiene un manto de terciopelo rojo que aprieta contra su vientre. En el relato, Wanda es una viuda que encuentra en un balneario a la que Severin pide que le tome de esclavo, le maltrate, le humille y le engañe con otros hombres. Al principio la viuda se escandaliza pero, poco a poco, le toma el gusto al juego y, en Italia, se enamora de Alexis un apolíneo griego que ejercerá a su vez dominación sobre ella y que terminará fustigando a latigazos a Severin y huyendo con Wanda tras dejarlo atado a la cama.

El libro alcanzó tanto éxito que poco tiempo después el sexólogo alemán Richard von Krafft-Ebing acuñó el término clínico de masoquismo para definir la conducta sexual en la que la excitación y el placer se obtienen a través del propio dolor físico o psíquico, la humillación, la dominación y el sometimiento.

El dramaturgo norteamericano David Ives se inspiró en la novela de Sacher-Masch para componer una obra de teatro del mismo título y en 2013 un ya provecto Roman Polanski (80 años) realizó la adaptación cinematográfica de la obra teatral. Dos únicos personajes: un autor y director de teatro (Mathieu Amalric, un actor con un asombroso parecido con el propio Polanski del que podemos intuir que ejerce de alter ego rejuvenecido) y una mujer que aspira a conseguir el papel principal de la obra en una audición (Emmanuelle Seigner, la esposa de Polanski, aquella misteriosa joven que hace treinta años descubrimos -casi a la vez que su marido- complicándole la existencia a Harrison Ford en Frenético). Toda la película se desarrolla en un mismo espacio: el teatro vacio donde el director, ya cansado de ver candidatas para su obra, accede a regañadientes a hacer una prueba a deshoras a la mujer que se le presenta inesperadamente. Vulgar, descarada, manipuladora... pero con el suficiente atractivo para lograr que el autor acceda a evaluarla como aspirante al papel.

Los espectadores asistimos -tan asombrados como el propio director- a su metamorfosis en una suerte de femme fatale, una vampiresa que según recita las líneas de su personaje va de seduciendo al director que decide formar parte del juego leyendo el texto del otro personaje de la obra. Poco a poco los roles se invierten, la realidad se confunde con la ficción y Thomas -el director- pronto se ve sometido por aquella mujer, Wanda, que, transmutada en la Venus de las pieles, parece recién salida de las páginas del padre del sado-masoquismo literario.

Roman Polanski vuelve a demostrar su pericia para hacer cine y su capacidad para, en una época en que todo son efectismos, transmitir emociones y explorar los sentimientos con un brillante minimalismo. Si a su talento cinematográfico añadimos que Polanski es una autoridad contrastada en los asuntos de lo que podríamos llamar sexualidad alternativa, no cabe duda de que estaban presentes todos los mimbres para que la película se convirtiese en una pequeña obra maestra.

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