'El viaje de la luz. De Guido Reni a Murillo', en Málaga: desde un cuadro robado hasta restauraciones en primicia
La muestra de 81 obras puede visitarse hasta el 5 de julio en el Centro Cultural Fundación Unicaja de Málaga
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Aunque el Barroco fuera una época oscura, el arte encontró la forma de que hubiera algo de luz. Desde un ángulo inesperado, sobre un rostro o guiando la mirada del espectador hacia algo concreto. "El manejo la luz esencial para el aprendizaje de la obra de pintor". Todo ello se recoge en El viaje de la luz. De Guido Reni a Murillo, una exposición de 81 obras que se puede visitar desde el 18 de febrero hasta el 5 de julio en el Centro Cultural Fundación Unicaja de Málaga.
En la muestra, organizada conjuntamente por la Fundación Unicaja y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, el visitante va a poder ver cuadros que no solo juegan con la luminosidad de los retratos, sino que cuentan historias. Pinturas que aguardan grandes entresijos que se reparten en cuatro secciones: Manierismo, Inicio del Barroco y caravagismo, Color frente a dibujo y Luminosidad.
La primera sección abre el recorrido con obras que permiten entender "facetas de la historia del arte en una ciudad tan importante como Venecia". Entre ellas destaca el enorme lienzo de Leandro Bassano con la ciudad de Venecia, inventariado ya en 1604 en la colección del Duque de Lerma. "El cuadro necesariamente es posterior a 1595, porque el pintor firma como Leander a Ponte Bassanis eques, y es en 1595 cuando le hacen caballero", explica la comisaria, Mercedes Mercedes González de Amezúa. La escena mezcla lo popular y lo ceremonial.
En la misma sala, la Sagrada Cena, vinculada al taller de Tintoretto (Jacopo Comin), está restaurada para la muestra. Con apenas 30 años, el pintor se convirtió "de un día para otro casi en un pintor importante en Venecia" gracias a tres cuadros: el Lavatorio del Museo del Prado, la Última Cena de San Marcuola y el Milagro del esclavo. La versión ahora expuesta "tiene todo el espacio y la luz que antes no tenía"; la limpieza ha devuelto profundidad y ha dejado ver incluso el recorte que sufrió el lienzo.
Una de las piezas centrales es el Cristo resucitado abrazado a la cruz (1620-1621) de Guido Reni, inventariado en el Alcázar de Madrid y adquirido por Felipe IV en 1664 a los herederos de una familia nobiliaria. Este Cristo también está restaurado para la exposición: "Se creía copia antigua, pero al limpiarse aparece toda la figura del dibujo y los estudiosos coinciden en que muy probablemente es obra autógrafa". No se trata de una resurrección: "No hay llagas en el cuerpo; no es un Cristo resucitado, es una alegoría religiosa de Cristo como fundador de la Iglesia a través de la cruz". La obra combina ecos del caravaggismo en el claroscuro y de Miguel Ángel en el motivo escultórico.
El inicio del Barroco se adentra en el claroscuro con un apostolado procedente de la colección de Manuel Godoy. "La Academia es una colección de colecciones", recuerda la comisaria. El Prendimiento de Cristo de Adam de Coster concentra la tensión en una antorcha invisible. "La fuente de luz no la vemos; la oculta un soldado de espaldas", cuenta. Esa oscuridad hace que la luz se derrame con más intensidad sobre los rostros de Cristo y Judas, mientras un joven soldado observa sin comprender. Añade que "eso es puro teatro barroco". Casi un cuarto del lienzo es negro absoluto. "No sobra nada y no falta nada", afirma.
La sección Color frente a dibujo aguarda un secreto en la Magdalena de Bartolomé Esteban Murillo. Fue uno de los primeros ejemplos de protección legal del patrimonio en España. Tras la cédula de Carlos III que prohibía exportar obras de artistas fallecidos, el lienzo fue interceptado en la aduana cuando intentaban sacarlo del país. "Ahí tenemos un ejemplo de cómo una ley puede ser eficaz", señala Mercedes. El rey, tras decomisarlo, lo regaló a la Academia.
También brilla Alonso Cano con Cristo recogiendo sus vestiduras. "Cano logra una perfección en el dibujo que roza lo clásico, es uno de los más bellos desnudos del Barroco español", comparte. Arquitecto y escultor además de pintor, Cano no hace "dibujos coloreados", sino que "aúna los dos recursos formando una sola unidad".
El manierismo se expande también en La Abundancia de Martín de Vos, donde "el artificio es virtud", y en el Florero sobre una cortina de Juan de Arellano, donde "la luz aquí no dramatiza; seduce". Pétalos húmedos, telas casi palpables. Algunas obras guardan cicatrices invisibles, como La batalla de Clavijo de Orazio Borgianni o Píramo y Tisbe de Matías Jimeno, restauradas para la ocasión. "En algunos casos, hacía décadas que no se intervenía, cuando retiramos los barnices oscurecidos, la pintura respira de nuevo", señala. Este segundo es la primera vez que se expone de cara al público.
La sección final, Luminosidad, es casi una celebración después de la oscuridad. En obras de Luca Giordano o Claudio Coello, "es una luz que eleva", según describe la comisaria. “En el mundo hispánico, tras Trento, se valoró más la imagen que la palabra escrita. Si el protestante lee la Biblia en familia, el fiel católico ve la imagen en la iglesia y oye al predicador", recuerda. De ahí la intensidad de los martirios, el dramatismo de las Pasiones, la necesidad de conmover.
Por su parte, el director del proyecto y académico delegado del Museo, Calcografía y Exposiciones de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Víctor Nieto, contextualiza la exposición dentro de la tradición pictórica española, una de las artes "que ha tenido mayor valoración" en la historiografía, con nombres como Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo o Jusepe de Ribera. Indaga en que a luz es una "manipulación en función de la idea religiosa", un recurso expresivo al servicio de la fe. Por eso, concluye, esta es "una exposición importante no solo por lo que muestra, sino también por lo que descubre": un conjunto de grandes maestros y también de nombres menos conocidos que ayudan a comprender la complejidad y la riqueza del Siglo de Oro de la pintura española.
El el director de Actividades Culturales de la Fundación Unicaja, José María Luna, subraya la importancia de la colaboración con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y que la exposición ofrece algo más que una sucesión de obras maestras: "Nos brinda la oportunidad de acercarnos, en cierto modo, a una lección sobre la historia del arte colocada en las paredes de este centro". Destaca especialmente la presencia del Cristo de Guido Reni, recién restaurado, "casi una primicia".
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