CADA cual saca a relucir estos días su pluma vaticana y juega a hacer de pitoniso. Hay todo un año por delante para acertar de pleno o no dar ni una. Zapatero y Griñán insisten en que el final del presente año significará también el de la crisis, y a lo mejor quieren decir que de aquí a entonces habrán terminado las obras de calle Alcazabilla. Mientras, el Euríbor resucita y los parados siguen siendo demasiados. La estrategia de los brotes verdes duró lo que duró, pero a estas alturas no sirven más paños calientes ni más atajos para nombrar lo innombrable sin quemarse las manos. No sé lo que dará de sí este año, sólo que la urgencia ya reviste tal calibre que habrá que quemarse sin remedio. Quien no tenga nada que decir deberá apartarse a un lado, como quería Bob Dylan. Porque los tiempos están cambiando, o al menos eso quisiera yo: los prebostes institucionales andan preocupados por el descrédito de la clase política y la desconfianza popular, y motivos tienen; si no hacen bien su trabajo, a lo mejor habrá que recordar 2010 como el año de los muchos finales. No habrá que esperar al 2012 para comprobar si los mayas tenían razón: si hasta ahora los finiquitos han afectado a los trabajadores, a ver cuál es el siguiente estamento que hace las maletas. En resumen, y perdón por divagar tanto: mi predicción apunta que la crisis seguirá, pero quienes hasta ahora han salido de rositas van a pasar a pagar el pato. Muchos avisos nos dio el año pasado a base de alcaldes y concejales en el punto de mira. Y esto, por mucho que se mastique la tragedia, puede llegar a ser aleccionador. Confieso, no obstante, que mis dotes adivinatorias son más bien limitadas. Hasta mi bola de cristal echa de menos una buena resaca.

No sólo los mayas, también Nostradamus y San Malaquías anunciaron la vuelta a la tortilla para esta década. Dijo Juan Pablo II que el comunismo sólo cayó por sus errores; ¿quién pagará los de la actual incompetencia?

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