La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Calor y café humano

Sabiendo que existe gente así, te reconcilias con el género humano herido de tanto 'ande yo caliente'

Fuimos en familia a una comida benéfica a apoyar el proyecto africano de Ana Sánchez Montoro, la infatigable activista de la ayuda que lidera Calor y Café, una mujer que se puso, hace ya más de una década, a dar calor a los que tiritan de abandono por las calles de la ciudad, y café también, es decir, energía, ánimo, cariño, respeto y lo que les haga falta a aquellos que ya han tirado la toalla tocados por la exclusión o la desgracia en sus vidas. Son legión los desheredados a pesar de lo que digan los cantos de sirena de las estadísticas de la recuperación económica que se ha hecho crónica tras la crisis, de ahí que su labor, la de Ana y su equipo -rechazados incluso en algún vecindario donde creó centros de reparto de comidas y acogida-, sea imprescindible en mitad de este panorama de codazos por conseguir consumir más y más y más. Los caídos del sistema son centenares. Pocos se acuerdan de ellos a sabiendas de que no te va a reportar beneficio alguno acercarte a ellos. Y así nos va.

Una gran manera de celebrar el domingo. En lugar de solo irte a comer a las afueras, te reúnes con otros cientos de personas para, aportando un suplemento a la comida que ya te vas a regalar de todas maneras, beneficiar a otros miles que, con sólo medio plato de los varios que te sirven, ya han comido casi por todo el día. Compensar el desequilibrio inherente a estar con vida alimenta el espíritu, vaya que sí.

Y allí estábamos nuestra pequeña familia -hija, padre y abuela- conociendo tanta gente nueva, personas de mano caliente y sonrisa en el rostro que se empeña en que en alguna parte del mundo, como ocurre con el proyecto que promueven los de Calor y Café en Amakuriat, sigan sonriendo niños y mayores con solo comer, algo habitual para nosotros y para ellos casi un milagro a salvar.

Sabiendo que existe gente así que se desvive porque otros aligeren la carga insoportable de la pobreza, te reconcilias con el género humano herido de tanto 'ande yo caliente' como está, como estamos, como estará mientras no pasemos del competir al compartir, ese cambio de perspectiva que suma en lugar de restar y que te deja, como nos pasaba a la vuelta del evento dominical, con un brillo cálido y distinto en los ojos, ese que contagia Ana con su solo mirar.

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