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Antonio Cambril

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Cataluña, a peor

Si a alguien interesa que llegue el día en que no haya arreglo es a los independentistas

Las declaraciones del flamante presidente del PP anuncian un grave deterioro del conflicto territorial. Pablo Casado y Albert Rivera se aprestan a achicharrar Cataluña para conquistar afectos del nacionalismo español en el resto del Estado. La estrategia parece diseñada por el mismísimo Torra, ese supremacista que no sólo ha demostrado repetidamente su animadversión a España, sino a los propios españoles, especialmente los que así se sienten y pueblan Cataluña. Si a alguien interesa que llegue el día en que no haya arreglo es a los independentistas. Ya conocen la fórmula: "Si no hay solución, no hay problema".

Desde que se encargó el remedio a los jueces, y se abandonó cualquier esperanza de diálogo político, la situación no ha dejado de empeorar: cuanto más cae el apoyo a la secesión en los sondeos publicados por los medios de comunicación, más crece en las elecciones autonómicas. Las decisiones de Llarena, lejos de ayudar, enturbian el problema. Multitud de juristas nacionales advirtieron que acusar al ex presidente catalán de incitar a la rebelión, penado con hasta 30 años de cárcel, constituía un error y una demasía. La teoría ha sido confirmada por un tribunal alemán que sólo admite extraditarlo por el delito de malversación, lo cual implica una victoria de la causa independentista por más que en la Península abunden quienes se empeñen en contrariar al mundo entero. Condenar a Puigdemont a un exilio perenne, como se ha hecho, provocará que, cuando pase el tiempo y se olviden los matices, muchos de los jóvenes catalanes que accedan a la mayoría de edad y al voto lo consideren una víctima y no deseen compartir ilusiones ni un proyecto común, que es lo que define y ofrece futuro a un país. El desafecto aumentará.

La tormenta perfecta catalana tensionará también las relaciones entre las personas que viven al otro lado del Ebro. Los partidarios de la mano de hierro acusarán de malos patriotas incluso a los jacobinos (que los hay) que entienden que la recentralización es imposible y el Estado de las autonomías se ha agotado. No es más español el que luce la bandera más larga en el balcón de la casa, y hasta quiere prohibir el amarillo, que quien propone negociar, federar o amnistiar para reconstruir la convivencia. Abundarán los golpes de pecho y tampoco faltará quien, hastiado, recuerde, sin haberla leído, la sentencia de Cánovas. Cuando le preguntaron en qué consiste ser español, el campeón del turnismo contestó con ironía: "Ponga usted que españoles son aquellos que no puede ser otra cosa".

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