Joaquín A. Abras Santiago

Desdoro de la democracia

El duende del Realejo

09 de junio 2022 - 01:33

Hay algo que, por encima de cifras, datos y estadísticas diversas, resulta más que evidente, respecto del modo de gobernar que tienen los 'populares' de Juanma Moreno al frente de la Junta de Andalucía. Y ese algo no es sino el estilo, el modo, las maneras que muestran a la hora de administrar la cosa pública andaluza. Porque Andalucía, después de casi los cuarenta años de dominación socialista, más llegó a parecer el cortijo de un puñado de nuevos señoritos que una comunidad autónoma en la que sus gobernantes estaban verdaderamente comprometidos en servir los intereses generales de la ciudadanía, en cada una de sus ocho provincias. Hablo sólo de imagen, claro está.

La administración socialista, que viene teniendo el cinismo de señalar con el dedo -aún manchado con la tinta de los billetes ajenos- a otros a los que -no sin razón a veces- acusa de corruptos, es la única cuya nómina de máximos dirigentes en Andalucía, los más distinguidos y que se les tenía -parece que muy equivocadamente- por honorables administradores de los asuntos y de los dineros públicos, incluye a dos presidentes autonómicos -Manuel Chaves y José Griñán- el primero de ellos, también, presidente nacional del hoy, ideológicamente, casi desdibujado PSOE, además de varios consejeros de postín -no de esos de rellenillo, de postín verdadero- y un buen puñado de directores generales, trufados de otros cargos con sueldos, los que menos, no inferiores a los ochenta mil euros brutos al año y que en nuestros días están empapelados y casi con grilletes en pies y manos y con el peso de una condena -en sentencia recurrida, sí, pero condena gorda- algunos a cárcel, otros a inhabilitación para ejercer cargo público y otros diversos castiguillos que invalidan aquella campaña socialista de los 'cien años de honradez' y ni uno más, como respondía -¿se acuerdan?- la inteligente creatividad, humorada y talento popular de los andaluces.

Hay que recordar estas cosas, recordar aquellas malas pasadas que nos han procurado los que, en un estado democrático y de derecho, debieran haber sido ejemplo a imitar a la hora de regir, ordenar, gobernar y administrar los asuntos públicos y que en una sociedad liberal -como aún lo es ésta en la que vivimos- deberían de haber sido, si no de eficacia y capacidad, al menos sí de honestidad y verdadera honradez, esa que les pudiese hacer merecedores de todos los honores que han venido disfrutando, casi hasta ayer por la tarde.

Aunque estemos en campaña electoral, no hablen más de corrupción, por favor, que ya andamos hastiados de tanto teatro. Por el contrario; y anteponiendo, siempre, la presunción de inocencia; sean feroces acusadores, si los indicios se convierten en prueba, pues siempre, siempre ésta lo será en desdoro de todos los que a la política se dedican. Y hasta de la propia democracia. ¿O no?

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