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Desembarco en Mesina
Cuando las civilizaciones pierden su sentido sólo les queda volver al principio, a lo esencial de lo que fueron
En Sicilia toman a todas horas una especie de granizado que llaman 'granita'. De desayuno -con un brioche-, de postre o como simple aperitivo. Con parsimonia y con gusto la saboreé este sábadó frente a la plaza del Duomo de Mesina, allí donde el turismo es aún asumible para una ciudad que se despereza del letargo isleño cada año con un formidable 'Desembarco' que recuerda que fue allí, en esta ciudad costera azotada por los terremotos, adonde Don Juan de Austria regresó victorioso de Lepanto arropado por sus grandes almirantes Doria, Requesens, Bazán, Cardona y Farnesio.
Todo en Mesina está amparado por la bruma de un calor en calma. El puerto es un trasiego constante de transbordadores que, incluido el tren, salvan la separación física y psicológica de Sicilia con el resto de Italia, isla-país al sur del sur acostumbrada a ver llegar los barcos que siempre quisieron dominarla sin nunca doblegar del todo.
Viajar es descubrir y sorprenderse. Ahora que la masa se desplaza solo para reconocer y certificar en redes lo que se vio en alguna foto, nada mejor que abrirse a ciudades como Mesina más allá de folletos enardecidos.
A caballo llegó Don Juan de Ausrria hasta el Senado de de la ciudad en 1571 y de nuevo y desde hace quince años vuelve a hacerlo de la mano de aquellos que quieren mantener viva la memoria de una batalla contra una amenaza común que casi se come a Europa. A veces hay que recurrir a las armas, antes y ahora, con Solimán o con Putin, a pesar del pacifismo letal por simplista.
Aprender del pasado para errar menos en el presente es el objetivo. Cuando las civilizaciones pierden su sentido sólo les queda volver al principio, a lo esencial de lo que fueron. La nuestra es mediterránea, bien lejos de la urgencia materialista luterana rampante. De ahí la necesidad de militar en lo mediterráneo, en su diversidad sentida y secular, macerada por oleadas de pueblos que lo han transitado y dado sentido.
En Mesina lo saben y reivindican una batalla, Lepanto, para aprender a evitarlas. No es mala fórmula. El ruido de las armas marca el fracaso de la cultura, único asidero en este desorientado ahogo del que hay que salir buscando el oxígeno que da la historia que se regala y se respira en las calles de Mesina y en la lentitud de cada esquina.
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