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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

¡España existe!

Unos cuantos escogidos nos salvarán de tanta ignominia y afrenta y seremos felices y comeremos cola de toro

Llevo cerca de 58 años en alerta, siempre ojo avizor, pendiente cada día por si alguno de los numerosísimos enemigos de la patria acecha con la aviesa intención de hacerme una jangada cuando menos lo espere. Porque soy español, y ese es el sino de todo español: hay oscuras -por no decir negras- fuerzas desde el principio de los tiempos esperando el más tonto de nuestros descuidos para cargarse España. La destrucción de la patria es su obsesión. Lo han intentado a lo largo de los siglos. Han estado a punto de conseguirlo. Pero los buenos y los grandes españoles lo han impedido. Con su sudor, con su sangre. Y con su semen, desde luego. No es un semen cualquiera. Es un semen nutriente. Es español. Magníficos espermatozoides los espermatozoides españoles. Ninguno como ellos. Y si dan con un terreno fértil -es decir, con unos buenos óvulos españoles, nada de mixtura-, la perpetuidad de la idiosincrasia hispana está garantizada.

Eso sí, tamaña tarea sólo está al alcance de unos cuantos escogidos. De un grupo selecto. Privilegiados que han sido dotados con el gen de la auténtica españolidad. Ahí están ellos con sus testículos rojigualdos, fabricando esperma cien por cien español. Y ellas, claro, con su vientre limpio dispuesto para fecundar savia nueva española de verdad, con intachable pedigrí, embriones sagrados que depararán una juventud briosa y comprometida con la España de sus padres y de sus abuelos y de todo el árbol genealógico, ese que hunde sus robustas raíces en lo más profundo de esta tierra amantísima, madre de sus hijos a la que -¡ay!- le han salido rana alguno que otro, vástagos traidores, desagradecidos y egoístas empeñados con toda su felonía en dilapidar la egregia herencia, el ilustre legado de sus nobles antepasados.

Pero quedan de los otros, qué alivio. Y ellos nos salvarán a los demás de tanta ignominia y afrenta y volveremos a ser felices y comeremos cola de toro con las manos, igual que esos dos turistas japoneses a los que observo disfrutar de lo lindo mientras chuperretean la carne de tan bravo (y español, claro) animal en una terraza bajo la estatua de Daoiz, uno de esos héroes como los que estos días -con unos genitales como Dios manda- nos recuerdan y nos recordarán siempre que España existe. Qué infausto olvido el nuestro.

Ah, y esos dos japos no vuelven a comer pescado crudo en su vida. Es lo que tiene España. ¡España!

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