Enrique Gª-Máiquez

Falsa humildad

Su propio afán

Celebramos por todo lo alto la igualdad, pero recordamos cuando ellas se reían por lo bajo

06 de diciembre 2022 - 01:36

Soy un entusiasta de la falsa humildad. Con el tiempo he ido viendo que gracias a ella he sido sincero muchas veces. "¡Qué bien la conferencia!", me dicen. "¡Psch, no ha sido para tanto…!", se engola mi falsa humildad. Luego veo el vídeo y me doy cuenta de que todavía me quedé largo: en efecto, no fue, ni mucho menos, para tanto.

Aún me gusta más la falsa humildad que es un orgullo verdadero, aunque esa no tengo fondos para permitírmela. Dos de las personas que más admiro recurrieron mucho a ella. Santa Teresa de Jesús se las traía tirando de ironía a cuenta de su condición de mujer: "Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres". Y todavía más: "Podrá ser aproveche para atinar en cosas menudas más que los letrados, que, por tener otras ocupaciones más importantes y ser varones fuertes, no hacen tanto caso de las cosas que en sí no parecen nada, y a cosa tan flaca como somos las mujeres todo nos puede dañar". Sabía que estaba escribiendo una de las obras más perspicaces y profundas de la ascética, pero no por eso dejaba de reírse a hurtadillas, como Sara de Ur.

Otro tanto hace Jane Austen para quitarse de encima los consejos condescendientes de escribir de otras tramas más elevadas que le daba un corresponsal: "De las materias de Ciencia y Filosofía yo no sé nada ni puedo ser pródiga en citas y alusiones siendo, como soy, una mujer, que conoce sólo su lengua materna y ha leído bastante poco". Ella sabía dónde estaba su inmenso talento y lo que podía rendir. Así que daba un femenino esquinazo.

Son cosas que todavía se leen con una sonrisa o, incluso, con una carcajada cuando se imagina uno lo serios y convencidos que algunos hombres se tragarían esas falsas humildades tan magistrales. Aunque quiero pensar, por el honor de mi sexo, que alguno también se sonreiría, porque bien que estaban todos atentos a lo que escribían esas señoras, con admiración.

Al pensar en nuestros tiempos, entra una leve melancolía. Hoy sería impensable que una mujer nos tomase así el pelo. Muy bien está la igualdad, sobre todo la estrictamente constitucional que celebramos hoy, pero a veces redunda, por énfasis, en un límite a la libertad. Ni en sueños, podría una mujer ponerse así ahora, como aparentemente por debajo, para mondarse de los miopes y de los vanidosos.

Curiosamente, eso lo podemos hacer, tal y como están las cosas, los hombres.

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