Carlos Colón

Fin de semana en Tombstone

La ciudad y los días

Quién sabe por qué el pasado fin de semana recordé algunas películas del Oeste

08 de abril 2024 - 00:00

Las películas del Oeste nos enseñaron, entre otras muchas, dos cosas. Una es que al mismo paso que avanzaba el tendido del ferrocarril se iban abriendo garitos, primero para sacar los cuartos a los trabajadores y después para estar entre los primeros cuando a lo largo de las vías fueran naciendo nuevas poblaciones. ¿Recuerdan Hasta que llegó su hora? Pues eso. En la famosa obra alegórica American Progress que John Gast pintó en 1872, una gigantesca figura vestida con una helénica túnica blanca avanza hacia el Oeste llevando en una mano un libro escolar (la educación) mientras con la otra va tendiendo los hilos del telégrafo (el progreso tecno-científico) mientras a sus pies minúsculas figuritas de colonos cultivan las tierras antes yermas y avanzan hacia el Oeste en caravanas, en diligencias o en el ferrocarril cuyas vías se van tendiendo haciendo huir a los indios y espantando a los búfalos. Se le olvidó al bueno de John Gast pintar que “el progreso”, además de otros males –¿recuerdan La balada de Cable Hogue?–, también llevaba con él a forajidos, tahúres y proxenetas. Es evidente que hay muchas formas de celebrar y entender el progreso y las fuentes de riqueza.

La otra lección que las películas del Oeste nos han dado –y quiero precisar que lo considero el género cinematográfico más puro, complejo, épico y trágico del cine americano– es que a la economía de las jóvenes ciudades que el progreso iba haciendo nacer no les venía mal la visita de los vaqueros que cada fin de semana, si había grandes ranchos cerca, o cuando concluían los transportes de ganado, las tomaban por asalto para gastar su paga. Es cierto que entraban por docenas al galope disparando al aire, que se emborrachaban en los muchos garitos abiertos para ellos montando trifulcas que a veces terminaban en tiroteos y que no pocos ciudadanos decentes protestaban por estos abusos enfrentándose a quienes explotaban la sed y las ganas de diversión de los vaqueros. Repasen la historia de cualquiera de estas ciudades nacientes, la de Tombstone por ejemplo, en homenaje a Pasión de los fuertes–allí se enfrentaron los Earp y los Clanton– y busquen quién era Big Nose Kate, dueña del primer burdel, o qué era el Bird Cage Theatre, conocido como “la más salvaje, vil y violenta taberna del Oeste”.

Quién sabe por qué caprichos de la memoria recordé estas películas del Oeste el pasado fin de semana.

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