Paisaje urbano

La Iglesia y el movimiento obrero

Siempre hubo hombres de Iglesia dispuestos a escuchar e intentar comprender las razones del otro

Mañana jueves el barrio sevillano de Bellavista tributa un merecido homenaje al sacerdote Don Pedro Ybarra Hidalgo, en forma de rotulación con su nombre de los jardines del Hogar del Pensionista, justo al lado de la Parroquia. Como tantos curas de su generación, Don Pedro sirvió desde esa privilegiada posición para conocer de cerca los problemas del hombre (poco se resalta la dedicación desinteresada de tantos párrocos en tan complicadas tareas como le son encomendadas) a los intereses de la comunidad, incluidos los de los obreros y trabajadores del campo. Y no solo en su etapa setentera de Bellavista, sino también antes en Morón y Umbrete, donde es igualmente querido y recordado.

Ayer mismo en estas páginas, el conocido activista y fundador de Comisiones Obreras, Francisco Acosta, desgranaba con detalle las numerosas colaboraciones, más o menos explícitas, entre ese incipiente movimiento sindical que se abría paso todavía en el tardofranquismo y las instituciones de la Iglesia (desde parroquias de pueblo hasta congregaciones de peso con la Compañía de Jesús al frente) con las cautelas propias de una relación que siempre mantuvo su intensidad pese a las reticencias de la Jerarquía. Pocos temas más apasionantes en nuestra historia contemporánea que las controvertidas relaciones de la Iglesia con movimientos de izquierda en principio contrarios a ella, con la influencia del Concilio al fondo. A quien pueda interesar, recomiendo la biografía del padre Díez Alegría (Un jesuita sin papeles, reza el sugerente subtítulo) de Pedro Miguel Lamet.

Aunque, a derecha e izquierda, todavía hay quien pone el grito en el cielo cuando la Iglesia, con la amplitud de miras que le dan los siglos y los diferentes carismas que en ella se contemplan, aborda los temas más espinosos con rigor y decisión, lo cierto que no hace otra cosa que seguir lo que marca el Evangelio, que aparte de servir de refugio de la fe, en no pocas ocasiones nos interroga sobre las cuestiones más lacerantes con las que diariamente convivimos. Ya en los setenta con los problemas del mundo obrero, como hoy con la inmigración u otros problemas de nuestro tiempo. Y siempre, siempre, hubo hombres de Iglesia dispuestos a escuchar e intentar comprender las razones del otro. En esta época donde prima justo contrario, no se me ocurre alguien mejor para dedicarle el nombre de unos jardines, o de una avenida entera.

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