Su propio afán

Leer o no leer

Si leer significase no atender el mundo o despreciarlo, no leeríamos nada de nada

El profesor Isidro Catela tecleó: "Leyendo un novelón frente al Mediterráneo. Igualadme la tarde en Twitter, venga ;)". El Atlántico tampoco es un charco, pero su novela sí era insuperable y casi inigualable: Laurus, de Evguene Vodolazki. Así que yo me limité a quitarme el sombrero, y puse mi foto con Guillermo el Travieso, con quien voy surfeando esta ola de calor con refrescantes carcajadas. Otros subieron sus fotos, y algunos, si no igualaron la apuesta, la rozaron, como la profesora Victoria Hernández Ruiz, que está leyendo Una Odisea, de Daniel Mendelsohn. Entonces, María Álvarez de las Asturias hizo el comentario definitivo: "Me admira que podáis leer en la playa, para mí imposible no estar mirando el mar".

Esa apuesta no sólo la veo, sino que la subo. La belleza del mundo debería distraernos igual en invierno, leer frente al fuego de la chimenea tiene también efectos hipnóticos; y en otoño, la lluvia en los cristales, donde cada gota parece que escribe un verso japonés; y en primavera bajo las flores de la glicinia que convocan un concierto de abejas y abejorros… También cuesta concentrarse si cruzan tus hijos por tu campo de visión. O tu mujer. Si leer significase no atender el mundo o despreciarlo, no leeríamos.

Sin embargo, es amarlo más. Álvarez de las Asturias puede distraerse viendo el mar porque es una excelente lectora y, mirándolo, se mece en el mar color vino de Homero y en las aventures de Stevenson y en qué se yo cuántos mares. Leer no es (como sugieren tantas campañas de fomento de lectura que, lógicamente, no fomentan nada) una escapatoria de la realidad, una fuga a los países de la fantasía y bla, bla, bla. Leer, ésa es la cuestión, consiste en cogerle a la vida la densidad auténtica que tiene.

El mismo Alonso Quijano, patrón de lectores de turbio en turbio, se pasa luego las dos partes de su novela sin abrir un volumen, porque haber leído le empuja a la acción, a los caminos y a la camaradería con Sancho, con los cabreros y con los duques, esto es, con todo quisqui.

Los mismos libros de María, sobre matrimonio y noviazgo, están para eso: para que seamos mejores cónyuges y mejores novios -los que aún estén en la edad-, no para distraernos ni de enamorarnos ni del amor. ¡Qué chapuzones profundos, épicos, emocionantes no se habrá dado Isidro Catela entre capítulo y capítulo deLaurus, donde hay, por cierto, un viaje maravilloso por el Mediterráneo!

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