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Ley de memoria contra la democracia

Es imposible imponer una lectura única, una "verdad" sobre cuarenta años de vida de una nación compleja

Si existe un partido político beneficiario de la Transición, ese es el PSOE. No es necesario recordar qué era el socialismo en España antes de ella -literalmente nada- y qué era a la altura de 1982. Por eso es una anomalía, que denota quiebras de identidad mucho más hondas, el desvío de ese partido respecto de un espíritu y un momento histórico que, en puridad, es el único que puede exhibir en su ya dilatada historia sin un esfuerzo grande de maquillaje o tergiversación.

No nos engañemos. No fue el franquismo el enemigo a batir en 2007 por la Ley de Memoria Histórica de Rodríguez Zapatero, como no lo es hoy para la de Memoria Democrática que se aprobará en el Congreso. El franquismo es ya historia pura, no solo como régimen que nadie reclama, sino como periodo cronológico que abarca medio siglo de España, no precisamente el peor. Si yo escribo aquí que entre 1960 y 1975 se extiende el periodo más expansivo en términos socioeconómicos desde que existen estadísticas, me limito a señalar lo que es un hecho incuestionable que no necesita referencia alguna a Franco. Las conclusiones que las haga el lector, son cosa suya. Quiero decir que es imposible imponer una lectura única, una "verdad" sobre cuarenta años de vida de una nación moderna y compleja. En ese aspecto, la Ley de Memoria Histórica es un fracaso como lo será su versión aún más sectaria y canallesca, la que ultiman Sánchez y sus socios, con especial protagonismo de Bildu, es decir de ETA.

¿Cuál es, pues, el verdadero objetivo de esas leyes? Sin duda, la Transición, y en especial la institución que la hizo posible, la Monarquía. La Monarquía española posee raíces milenarias que bastarían para sustentar un bosque, pero el viejo republicanismo triunfante en 1931 se las arregló para secarlas casi todas. La vena nutricia actual está directamente alimentada por el relato hasta ahora vigente de la Transición y sus consecuencias históricas, un relato que tuvo su pecado original en la torpe y equivocada damnatio, sin matiz, del periodo precedente. Cegar esa fuente, remontar todas las esperanzas de futuro a la frustrada II República y su frustrante memoria en busca de la III, he ahí todo el empeño de Sánchez y sus secuaces. Eso explica sus prisas en medio de su caótica acción de gobierno. ¿Qué hará el PP con esa ley? ¿Tampoco será capaz de derogarla cuando llegue un día al poder?

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